Ni épica, ni ética ni estética

El pulso va para largo y las proclamaciones solemnes deben llegar a cada localidad catalana

ANTONIO RIVERASAN SEBASTIÁN

El 18 de noviembre de 1976 las Cortes franquistas sometieron a votación la Ley para la Reforma Política. Suponía el inicio del fin de una larguísima dictadura. Los 531 procuradores, con nombres y apellidos, se pronunciaron. Tenemos la lista personal de los 59 que lo hicieron en contra. Ayer, poco más de la mitad de los parlamentarios catalanes votaron en secreto la declaración de independencia. De prosperar su empeño, sus nombres no podrán acabar en una lápida de honor. Nunca se sabrá quiénes lo hicieron. Dirán que es para preservar su integridad jurídica ante la previsible actuación de los poderes del Estado. Pero, ¿qué confianza expresan en la solidez de su decisión histórica si lo primero que hacen es poner sus personas a cubierto?, ¿creen o no que han hecho algo decisivo o piensan que todavía esa España de la que se han desconectado seguirá teniendo jurisdicción sobre sus decisiones? Los catalanes secesionistas se han quedado de momento sin imagen para la posteridad. Estaban ellos solos, los que cabían en la plaza Sant Jaume, haciéndose un selfie colectivo. Algunos pensarán que esa es la mejor foto, quizás la que corresponde al tipo de proceso que vienen protagonizando, pero cuesta creer que con ese pertrecho se vaya a llegar lejos.

La jornada de gloria del secesionismo catalán no ha tenido épica, porque no hay imagen de su provisional triunfo, más allá que otra más de una relativa multitud. Tampoco ética, porque ese mismo sector de la sociedad, constituido de manera autista como el todo Cataluña, lleva semanas obviando que junto a ellos hay otros tantos ciudadanos catalanes a los que han decidido no volver a ver. Y también ha faltado la estética, escondidos tras el voto secreto y tras una sucesión interminable de vulneraciones de su propia ley. Han decidido que se bastan consigo mismos y con la fuerza de su voluntad. No habrían podido encontrar más tenebrosos eslóganes.

Solo se tienen a sí mismos, a su capacidad para resistir y a la confianza en que el Estado vuelva a cometer nuevos errores. Su hoja de ruta remite a un pulso prolongado donde las imágenes de fuerza del contrario reblandezcan la posición de los llamados a reconocer su pretendida nueva condición: la ciudadanía española y los estados de la Unión Europea y de algunos países importantes del mundo.

Las cancillerías europeas lo han dejado muy claro: nada de reconocimiento, pero tengan cuidado con las imágenes de fuerza. Están pensando también en el impacto de las mismas en sus propios ciudadanos. A la política espectáculo que vivimos han fiado los secesionistas su posibilidad. No parece que haya mejor receta, entonces, para aplicar el 155. Proporcionalidad e inteligencia. El pulso va para largo y las proclamaciones solemnes en Madrid hay que ir a hacerlas prácticas a cada localidad catalana. El asunto resultará muy complicado y mejor será pecar por defecto que por exceso, así como hacer oídos sordos a las invitaciones de los fundamentalistas del orden y la ley, que aparecerán.

En ese sentido, la convocatoria fulminante de elecciones al Parlament puede ser una demostración de proactividad y decisión. Pero, por el contrario, un previsible boicot a las mismas por parte de un secesionismo todavía eufórico tras su machada de ayer volvería a dejarnos en una situación crítica: un Parlamento representativo de solo la mitad de los catalanes y otra vuelta al debate de lo legal y lo legítimo.

Está claro que la situación enfrenta al Estado con una contradicción esencial: si no es capaz de imponer su autoridad deja de ser tal. Pero el movimiento secesionista ha mandado la vieja definición de Estado de Max Weber al baúl de los recuerdos, aquello de organización territorial que posee en régimen de monopolio la capacidad para imponer legítimamente la fuerza de la ley. Su gran oportunidad es que ellos hablan la lengua del evanescente siglo XXI. No volvamos ingenuos a la hoy inservible rotundidad del XIX. Si se va por ahí, no hay nada que hacer.

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