de Enrique a sor Magdalena

El primer matrimonio entre dos mujeres causó gran escándalo en el siglo XIX en los dominios españoles# de América

JUAN AGUIRRE

Isabel Coixet anuncia que su próxima película tratará sobre la historia de Marcela y Elisa, «las primeras mujeres que se casaron en España y las únicas que consiguieron hacerlo por la Iglesia» el año 1901. Hemos de lamentar la inexactitud del dato. Pues casi un siglo antes ya hubo un matrimonio sacramental entre dos mujeres. Hecho que, al destaparse, causó gran escándalo en los dominios españoles de América.

Enriqueta Favez era una muchacha rubia y feúcha, menuda y con el rostro picado de viruela, nacida en Suiza de padres hispanos. Criada en ambiente castrense por un tío coronel, este se empeñó en ‘feminizarla’ obligándole a casarse muy joven con un oficial del Ejército francés. Enviudó a los 18 años y, sin explicaciones que dar a nadie, empezó una vida nueva bajo identidad masculina. En París, ‘Enrique’ sacó título de cirujano y como tal se enroló en la ‘Grande Armée’ napoleónica, participando en la campaña de Rusia y en la batalla de Vitoria al final de la guerra de Independencia.

En 1819 marcha a Cuba. Durante la práctica de su oficio conoce a una joven criolla, Juana de León, con la que ese mismo año contrae matrimonio religioso en la localidad guantanamera de Baracoa. Naturalizado español, Enrique empieza a subir como la espuma tanto en el medio profesional como en la élite social isleña donde despunta por su exquisita educación francesa y su filantropía. Tan rápido ascenso despierta envidias y, a su estela, se extienden las habladurías sobre su ambigüedad genérica. Durante una borrachera, Juan Antonio Gausarría, alias ‘el Vasco’, hurga en sus entretelas y descubre que el bulto que marcaba por encima del pantalón era «un muñeco fingido de algodón».

Por no ser acusada de complicidad, Juana denuncia a quien durante tres años consideró su marido. Declara que, engañada en su «estado de honestidad», mantuvieron contactos carnales pero «de un modo artificial que entonces no pude comprender». Enriqueta defenderá con coraje su «natural extraordinario», sin que ello le librara de una condena por delitos de inmoralidad y de depravación al haber desposado por la Iglesia y desvirgado a una doncella.

Despojada tanto de su título profesional como de sus atavíos masculinos, Enriqueta Favez penó años de condena en Cuba, al final de los cuales marchó a Nueva Orleans. Ingresó en las Hijas de la Caridad con el nombre de sor Magdalena. Otra vez brilló en tareas de enfermería y de beneficencia. Fue ascendida a superiora. Y hasta el final de sus días siguió escribiéndole cartas amorosas a Juana en las que evocaba los días más felices de su vida. Cartas que sor Magdalena siguió firmando como ‘Enrique’.

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