Elogio de una heroína

María Teresa Castells y José Ramón Recalde nunca estaban en primera fila, pero siempre estaban

CONSUELO ORDÓÑEZPRESIDENTA DE COVITE IN MEMORIAM

La última vez que vi a María Teresa Castells fue en abril. ETA estaba a punto de escenificar la pantomima de su desarme y varios intelectuales -Fernando Savater, Luis Castells, Martín Alonso o Maite Pagaza-, bajo el paraguas de COVITE, se habían unido para firmar un manifiesto por un final de ETA sin impunidad. Se trataba, al fin y al cabo, de recordarle a la ciudadanía que los terroristas no sólo tenían en su poder armas de matar, sino también armas políticas que les habían servido para articular la mentira y el odio, y que les podían seguir sirviendo.

Al acto no faltó María Teresa. Ella conocía bien las consecuencias del odio, al que había sobrevivido incluso después de que ETA intentara matar a su marido, José Ramón Recalde. Para entonces él ya había fallecido, por eso, aunque segura de que a María Teresa una parte de su vida se le había ido con él, me alegré de verla como siempre: menuda, dulce, esbozando una sonrisa y llena de coraje.

Al recorrer una a una las caras de los allí reunidos se me vinieron a la cabeza imágenes de las concentraciones que ¡Basta Ya! convocaba el primer jueves de cada mes en los jardines del Alderdi Eder. A un lado estaban los que mataban; al otro, los que podíamos morir. Y en medio agentes de la Ertzaintza que, dada su equidistancia, cualquier paracaidista habría dudado de a qué grupo defendían. María Teresa y su marido, José Ramón Recalde, nunca estaban en primera fila, pero siempre estaban. Se habían acostumbrado a una vida en las trincheras, a sabiendas de que podían ser los próximos en caer y sin protección alguna que les confortara, quizá, con cierta tranquilidad.

Probablemente Lagun sea la librería más bombardeada de Europa. Durante las Navidades de 1996 no hubo un solo día que no fuera objeto de un ataque con cócteles molotov, de pintadas o de cristales rotos. La Ertzaintza ni siquiera se quedó haciendo guardia las noches en las que los escaparates habían saltado por los aires y el negocio estaba vendido. Los ataques fueron una constante durante años. Los radicales llegaron, incluso, a entrar y quemar una pila de libros. Para ellos, imagino, era mejor meterles fuego antes de que pudieran leer algo que tambaleara su radicalismo.

Tras el atentado contra José Ramón Recalde, el negocio cerró. Pero aquello, más que un negocio, era un símbolo y, después de años resistiendo a la violencia, era inconcebible permitir que ETA ganara la partida y una bala fuera suficiente para bajar la persiana para siempre.

El día que María Teresa, Ignacio Latierro y su esposa, Rosa, reabrieron la librería Lagun después del atentado con el que ETA le intentó quitar la vida a José Ramón Recalde, la cola para entrar llegaba a la calle.

Ojalá esta sociedad vasca que a veces parece deseosa de pasar página se detenga en el capítulo que, sin duda, el relato del terrorismo le dedicará a Lagun y lo lea, aunque sólo sea para no caer en la paradoja de evitar leer la página de una librería, y reconozca que entre todas las historias que guardan esas paredes, la de una de sus dueñas merecería una novela en la que ella interpretaría el papel de heroína.

Ojalá mañana se formara, aunque fuera escueta, una cola en la puerta de Lagun.

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