Egipto y los retos de al-Sisi

Si consigue éxitos económicos y en la lucha contra el terrorismo el nuevo rais verá cómo se palía el déficit de legitimidad con el que afronta su nuevo mandato

CARLOS LARRÍNAGAHistoriador

Publicados los resultados definitivos de las elecciones presidenciales de Egipto, los pronósticos se han cumplido: triunfo aplastante de Abdelfatah-al-Sisi. Algo sobre lo que no había ninguna duda. El otro contrincante, Musa Mustafá Musa, no ha logrado ni 700.000 sufragios, no siendo extraño si tenemos en cuenta los siguientes aspectos. Uno, que prácticamente no ha hecho campaña electoral y la inmensa mayoría de los votantes ni lo conocían. Dos, que, en realidad, es un seguidor del propio exgeneral. De ahí que muchos analistas hayan interpretado su candidatura como un mero instrumento al servicio de los intereses de al-Sisi, con vistas, precisamente, a hacer presentables unos comicios en los que la verdadera oposición no ha tenido oportunidad de medir sus fuerzas. Máxime, los Hermanos Musulmanes, que, como tantas veces en la historia de este país, tienen cercenados sus derechos políticos y viven en la clandestinidad. Pero incluso aquellos otros presidenciables que le podían haber hecho algo de sombra terminaron renunciando a presentarse. Entre ellos, el nieto de Anuar al-Sadat, que denunció amenazas.

Por tanto, el quid de estas elecciones no radicaba en quién las ganaría, sino en cómo. El triunfo con el 97,08% de las papeletas emitidas estaba cantado. El problema, pues, se reducía a la participación y es aquí donde el fracaso ha sido rotundo, al haberse quedado en el 41% del censo electoral, cuando, en casos como éste, se suele estimar como conveniente un concurso de al menos el 60%. Esto ha sucedido recientemente con Vladímir Putin, que ha superado esta barrera sin problema. De manera que, para al-Sisi, el desafío inminente que tenía planteado, el de la legitimidad, ha quedado en cuestión. Y esto tiene una relevancia particular por varios motivos. Primero, debido a que las votaciones de 2014 las ganó tras el golpe de Estado de 2013 contra Morsi (presidente elegido democráticamente tras el derrocamiento de Mubarak), aprovechando la ola de popularidad de la que entonces gozaba. Y segundo, ya que la baja participación mencionada indica el fuerte malestar existente en Egipto en estos momentos. Malestar, por un lado, de los seguidores de la Cofradía, que no perdonan cómo Morsi fue derrocado por los militares con la intervención directa de al-Sisi. Por consiguiente, sería bueno que tratase de arbitrar ciertas fórmulas para dar voz a la Hermandad para integrarlos en el sistema. Por otro, el de quienes ven que su vida diaria no mejora, a pesar de las promesas del dignatario y de las obras faraónicas impulsadas por su gobierno.

Así, los datos macroeconómicos de los últimos años presentan ambas caras, la buena y la mala. Por ejemplo, cabe hablar del crecimiento del PIB, que ha pasado del 2,9% en 2013-14 al 4,2 en 2016-17. También la tasa de desempleo ha descendido del 13,4 al 12,1 en el mismo periodo. Asimismo, la Administración al-Sisi ha conseguido rebajar el déficit público. Por el contrario, la libra egipcia se ha depreciado considerablemente, al establecerse el tipo de cambio de 7,1 dólares a 14,8; la deuda externa se ha disparado y la tasa de inflación se ha desbocado, pasando del 10,1 al 23,5. Sin duda, este último dato es demoledor y hace que el coste de la vida se haga insoportable para un sector muy amplio de la sociedad. Al ser los servicios el motor de su economía, la situación política de los últimos años, y mayormente el terrorismo yihadista, han supuesto un duro golpe para un ramo del que tradicionalmente han vivido muchos egipcios: el turismo. En consecuencia, uno de los principales objetivos de esta segunda presidencia de al-Sisi debe ser necesariamente consolidar ese crecimiento ya mencionado, atraer más inversiones extranjeras (a pesar de situarse en el quinto lugar a nivel mundial a finales de 2016), combatir la pobreza y recuperar el terreno perdido en materia turística. La inauguración, en este 2018, de la fase inicial del Gran Museo Egipcio, próximo a las Pirámides, puede ser una buena ocasión para ello, porque aspira a atraer a unos cinco millones de visitantes al año.

Pero para lograrlo es fundamental conseguir otro de los propósitos importantes que tiene planteado Egipto actualmente: la seguridad interior y la lucha contra el Dáesh. Los atentados producidos en el norte del Sinaí y los ataques contra iglesias coptas, incluso en El Cairo o en Alejandría, son un buen termómetro de la situación. Los progresos en este campo no están siendo desdeñables, claro, pero aún queda bastante por hacer. De hecho, el turismo se ha visto afectado considerablemente como consecuencia de la violencia terrorista, puesto que los mercados turísticos son muy sensibles a este tipo de actos. Lógicamente, éste es un empeño mundial, no exclusivamente de Egipto, siendo necesario un consenso internacional. A este respecto, la ayuda de Estados Unidos, valedor de al-Sisi, está garantizada, aunque es insuficiente y deberá contar también con el apoyo de otros estados próximos. De suerte que buena parte de los éxitos del nuevo rais estará condicionada por los progresos hechos en economía y en materia terrorista, aspectos, como se ha visto, estrechamente vinculados, en especial en cuanto al turismo se refiere. Si los consigue, al-Sisi verá cómo se palía el déficit de legitimidad con el que afronta este mandato; si no, es probable que aquél aumente. Por último, otra cosa es cómo actuar respecto de los Hermanos Musulmanes, a quienes tarde o temprano habrá que buscar una salida política por el bien de la estabilidad de esta República árabe.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos