Efemérides

Juan Mari Jauregi fue uno de los que trabajaron hace 40 años para que hubiera elecciones democráticas junto a mucha gente, con años de cárcel, que defendía la reconciliación nacional

IGNACIO LATIERRO

En memoria de Juan Mari Jauregi

Hace pocas fechas hemos conmemorado el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco perpetrado por ETA hace 20 años. No era la primera vez que ETA asesinaba a un hombre tras haberlo mantenido un tiempo secuestrado y sometida su suerte a ultimátum: en 1981 el ingeniero de la central nuclear de Lemóniz José María Ryan y en 1983 el capitán de Farmacia Alberto Martín Barrios habían padecido del mismo procedimiento y destino. Lo que, sin embargo, singulariza lo ocurrido en 1997 es la intensidad y amplitud de la respuesta ciudadana en toda España, pero muy particularmente en el País Vasco. También los asesinatos de Ryan y Martin Barrios habían provocado manifestaciones importantes (sobre todo el primero), pero el de Miguel Ángel Blanco dio lugar a la más grande e intensa movilización ciudadana contra ETA y su entorno de toda su historia. Sin duda la crueldad que expresaba la acción, reforzada con la exhibida poco antes con la imagen del funcionario de prisiones Ortega Lara liberado por la Guardia Civil después de 532 días secuestrado en las más inhumanas condiciones desató las energías de sectores muy amplios de la población, hasta entonces constreñidas por la indiferencia que producían tanto el miedo como un cierto sentimiento de que tras las prácticas terroristas existía un problema político que debía ser resuelto en el ámbito de una negociación.

En alguna manera todo esto cambió con el asesinato de Miguel Ángel Blanco y la explosión de ira que brotó en las calles de Euskadi. No se produjo por generación espontánea; antes, las organizaciones pacifistas y los primeros movimientos de víctimas con sus tan tenaces como minoritarias acciones, la pedagogía democrática ejercida por diversos sectores intelectuales y el Pacto de Ajuria Enea en el marco más estrictamente político, habían sembrado el terreno. Pero el 'espíritu de Ermua' supuso un paso cualitativo para la derrota de ETA. Hasta entonces predominaba una cierta idea de que ETA formaba parte irremediable del paisaje vasco; a partir de Ermua y poco a poco, según sectores, la idea de que ETA estaba destinada a la desaparición se generalizó. No todos recorrimos este camino de la misma manera y esa es una de las causas de que resistiese demasiados años y demasiadas muertes, hasta que la policía pudo desmantelarla.

Pero ese nos el tema de esta efemérides. Hasta quienes a lo largo de tanto tiempo se enorgullecían de formar binomio con ella tuvieron que buscar las formas de desligarse. Fue por aquellas fechas, hace 20 años, cuando el carácter de ETA quedó al desnudo para la mayoría de la población.

Miguel Ángel Blanco era un joven concejal del Partido Popular en el Ayuntamiento de Ermua. Ya con anterioridad ETA había asesinado a cargos electos y representantes de partidos políticos, práctica que incrementó en los años posteriores. En el año 2000 se ensañó particularmente con los socialistas. Asesinó a Fernando Buesa, José Luis López de Lacalle, Juan Mari Jauregi, Ernest Lluch y lo intentó con José Ramón Recalde. En aquel tiempo el PSOE y el PSE no gobernaban ni en España ni en Euskadi. En la deriva que siguió a Ermua, ETA había decidido que su supervivencia amenazada pasaba por la eliminación física de su adversario político, es decir por la eliminación de la democracia representativa.

Hoy hace 17 años ETA asesinó a Juan Mari Jauregi y como todos los años desde entonces sus amigos nos vamos a reunir con su compañera Maixabel para homenajearlo.

Y este año queremos aprovechar otra efemérides, el 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas tras 40 años de dictadura, para recordar que Juan Mari Jauregi fue uno de los que trabajaron para lograr que hubiese elecciones, que todo el mundo se expresara en libertad, que viviésemos en una sociedad democrática. Juan Mari Jauregi lo hizo entonces desde el Partido Comunista de Euskadi y aquel 15 de junio de 1977 no estuvo exento de disgustos porque los resultados partidarios no le acompañaron. Pero no era eso lo importante. Lo importante es que aquello abrió el camino de la libertad y la pluralidad, de una sociedad civilmente organizada. Y lo hizo compartiendo esa voluntad con muchas gentes, algunas de ellas con muchos años de cárcel, pero que defendían la Reconciliación Nacional solo posible en un marco político inspirado en la justicia y abierto a todas las ideas democráticas. Su posterior actividad política e institucional siempre siguió ese camino y nunca podremos olvidar que precisamente por eso fue asesinado.

Ahora que la pesadilla ha pasado, ahora que nos preguntamos cómo fue posible esto, ahora que, como en toda sociedad que ha vivido un trauma colectivo grave empiezan a planteársenos los problemas de la memoria y el olvido, nos parece del todo conveniente recoger el espíritu que animaba a Juan Mari en el 77, el que animaba a construir una sociedad política plural en la que la pertenencia deriva de la condición de ciudadano y no de ninguna adscripción identitaria y en la que el conflicto se resuelve en el marco de la ley y la democracia. Lo que durante tanto tiempo no se ejerció plenamente entre nosotros.

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