Ecos del ‘Leviatán’

IÑAKI ADÚRIZDoctor en Filosofía y Letras

¿Es resultado de una forma de mirar el mundo o existe causa justificada para que el miedo no deje de acosar a la sociedad de hoy en día? Visto lo visto, es cierto que, en mayor o menor medida, son reales determinadas amenazas y angustias instaladas entre los ciudadanos de los países más desarrollados. Omito por obvias las de los que sobreviven en la hambruna, la guerra y los cataclismos. Ahora mismo, -en realidad, viene de lejos-, entre nosotros, tercia el grave problema de la desconexión catalana, así como la incertidumbre que genera a los que no la apoyan. Junto a él, la sola vida diaria y sus quehaceres, que, por si no fuera poco, alternan con la existencia de una amenaza constante del terrorismo yihadista -aún está reciente el padecido en Barcelona y su inmediata reacción, «no tinc por»-, causan no menos desconciertos. Sin olvidar, en el tablero internacional, las bravatas nucleares de Corea del Norte. Sí, desde luego, podríamos decir que se ha sucumbido al temor generalizado, ante una realidad poco halagüeña.

En este contexto, en pos de un nuevo papel para la ciencia sociológica, acude el alemán Heinz Bude, en su último trabajo, ‘La sociedad del miedo’ (2017), al indicarle a aquella que ha de fijarse en la experiencia como referente principal de su saber. Y, miren por dónde, se encuentra con eso que llamamos miedo. Así, no puede desperdiciar algo que es muy actual en la sociedad de hoy en día: la experiencia del miedo. ¿Los distintos casos relacionados con él no nos ilustrarán acerca de la sociedad en que vivimos? Interesante, pero, a la vez, preocupante resulta esta pregunta. Más, si, cuando, en medio de muchos de los principios éticos, religiosos, políticos o ideológicos, a menudo vueltos estos relativos, y que proporcionan tantas discrepancias, se observa que hay uno, como el del miedo, «que se puede adoptar como principio común a todos» (N. Luhmann), con validez absoluta.

Si habría que decir algo de la sociedad actual es que nos encontramos, además de en una crisis que no termina de despejarse, en un proceso de cambio en que las referencias, principios, valores y normas que nos han guiado hasta no hace mucho han de meditarse y a veces replantearse con tiento, antes de que se produzcan situaciones irremediables, como nos alecciona la historia, para lo cual, buenas dosis de cordura, prudencia, justicia, respeto y solidaridad no se echarían de menos. Son conocidos la crisis y el miedo que azotaban Alemania, poco antes del triunfo del nacionalsocialismo. La clásica obra de Theodor Geiger, ‘La estratificación social del pueblo alemán’, 1932, ilustra a Heinz Bude sobre ello. Pequeños comerciantes, asalariados, mineros, funcionarios, campesinos con hacienda, grandes empresarios, mayoristas, parados afectados por la crisis mundial de aquellos años, estudiantes y recién licenciados no se libran de ciertas dosis de pánico. Los del último grupo, por ejemplo, «experimentan que su formación se está devaluando, que su estamento se está desintegrando y que el mundo profesional se les está cerrando». Como consecuencia de ese malestar, pocos de los citados encuentran un encaje social y político con el que identificarse, con el que dar cobijo a sus miedos, hasta que, un año antes de que el poder pasara a manos de Hitler, conforman «el significado vanguardista de una generación joven que se apea de la historia y se pone en escena como portadora de un activismo nacional, convirtiendo así el miedo desasosegante en motor de una nueva época». Ya conocemos los resultados.

Con las reservas que merece el hablar de otro contexto histórico vivido hace más de ochenta años, los paralelismos con el presente son evidentes. Y no solo por lo que atañe a las precarias salidas que ofrece el campo del saber y del conocimiento a las nuevas generaciones. A ello hay que añadir un componente en curso que tiene que ver con los miedos provenientes de las demandas de una sociedad enormemente competitiva y masificada en la que es difícil ir superando peldaños -«se ha pasado de la promesa de ascenso a la amenaza de exclusión»-, más, si se carece de una buena base personal que evite que a las personas las «guíen desde fuera» (D. Riesman y otros). ¿Influirá de nuevo este malestar social lleno de recelos y esta desorientación política en el enrolamiento de ‘ilusionantes’ proyectos independentistas como el catalán?. Del mismo modo, no es difícil intuir que el miedo fundado como principio dé paso a que el prójimo, los otros, sean considerados como una amenaza y, de nuevo, como una fuente segura de miedo. Heinz Bude indaga en una obligada reflexión, en el contexto de la sociedad plural actual, sobre eso que llamamos ‘nosotros’ y, en última instancia, en lo que al final consideramos que han de ser los ‘otros’. Preocupa que el pueblo no represente a la totalidad de la sociedad (Appadurai). Actuales minorías como los refugiados, que se pueden convertir en mayorías que algún día nos desplazarán o una relación con el extranjero trufada con el miedo a un islam fundamentalista materializan dicha preocupación. En fin, ecos iniciales, todo ello, del ‘Leviatán’ (1651, T. Hobbes) en esta alborada del nuevo siglo.

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