La duda

El misterio desaparece cuando lo oculto se da y se aprecian sus magnitudes

FELIPE JUARISTI

Dudo luego existo. Existir es dudar, y tanta es la duda como tanta es la existencia, y al final dudo porque no dudo. Parece contradictorio y paradójico. Desde el lugar que escribo se admira el mar y su porción de infinitud; más allá de la cual apenas sabemos nada. Intuimos, cavilamos, soñamos quizás. Trasladar los conceptos espaciales a dimensiones comprensibles es más difícil que hacerlo con los conceptos temporales. El tiempo se mide por el nivel de erosión que haya producido en esa suma de afectos y pasiones que componen la vida. El espacio es más visual que sentimental. Veo las montañas a lo lejos, los altos picos desnudos, sin el manto de nieve que hasta hace poco las protegía. Me pregunto qué sentirán los montes, cuando la nieve se funde y se va por su camino, hasta el mar, esa quimera. Hay un faro cerca, que domina un terreno suave, declive de prados y campos con su ganado pastando, y la cosecha de maíz, como en relieve. La luz del faro, me digo, es la certeza antigua, la metáfora recurrente, lo que alumbra hasta llegar a lo insoldable: lo que está sin mostrarse, pero está.

El misterio desaparece cuando lo oculto se da y se aprecian sus magnitudes. Dicen que es trabajo de la filosofía indagar sobre la verdad de las cosas y los seres, como es el de la poesía traer a las palabras esa realidad que, a veces, escapa a nuestra comprensión. En algún lugar he visto escrito que lo que quiere el poeta es ser leído y me he quedado huérfano de sentidos, como esas cimas sin nieve.

Pienso en Machado, 'Antoniomás' como lo llamaba Aresti; admiro su adscripción a un paisaje determinado: además de físico, moral. Escribía para su tiempo, que es, gracias a su sensibilidad, también el nuestro; escribía no para ser leído o admirado, no para adquirir poder y relevancia, como escriben muchos hoy en día. Tampoco escribía para que le entendiesen, como sí lo hacía Aresti; sino para entender a sus prójimos y, de esa manera, entenderse a sí mismo y salir de aquel mar de dudas que con cada marea lo cubría de espuma y sal.

Me cuentan la anécdota de un ministro del actual gobierno que, una vez asentado en su despacho, mandó retirar un retrato de don Miguel de Unamuno, que allí colgaba desde épocas anteriores. Y me digo que la fuerza del arte reside en su intemporalidad. El ministro se irá, no me cabe ninguna duda, pero el recuerdo de don Miguel permanecerá, con retrato o sin él. Como el de Machado, con calle o sin ella.

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