Doscientos años sin Jane Austen

ISABEL CELAÁEXCONSEJERA DE EDUCACIÓN. CATEDRÁTICA DE LENGUA Y LITERATURA INGLESA

El 18 de julio de 1817, Jane Austen, extenuada, moría a los 41 años, en Winchester, víctima de una larga enfermedad que la había dejado durante meses sin fuerzas para sostener, siquiera, la pluma. Enterrada en la catedral gótica de Winchester, una de las más bellas y elegantes de Inglaterra, las causas de su muerte permanecen hoy no aclaradas. Tuberculosis pulmonar, enfermedad de Addison, cáncer o incluso envenenamiento por arsénico, entonces recetado para tratar el reumatismo. Su epitafio, en línea con su vida, tampoco aclara su condición de 'escritora'. Hoy, sin embargo, la reconocemos como una de las más grandes novelistas de habla inglesa. La pionera de «la gran tradición» de la que hablaba F. R. Leavis en 1948 y que luego seguirían George Eliot, Henry James, Joseph Conrad, D.H. Lawrence...

Jane Austen poseía un gran talento, una habitación propia para mirar la vida. Ni Coleridge, ni Wordsworth, ni Keats, no tuvo ningún romántico de referencia. Solo una vez menciona a Byron, el poeta más famoso de la época. Apenas una mirada escueta a la poesía de Pope y a la elegante prosa de Samuel Johnson. Por lo demás, la impresionante humanidad de Shakespeare en el viaje de sus personajes hacia la madurez por la vía de la experiencia y el sufrimiento configura el extraordinario trasfondo moral de todas sus novelas.

Su vida transcurrió durante el reinado de Jorge III el Loco y la regencia de su hijo, más tarde coronado como Jorge IV. Finales del siglo XVIII y principios del XIX, tiempos en los que las mujeres afortunadas bordaban, aprendían a dibujar y, en todo caso, francés o italiano. Una época en la que el matrimonio constituía su mayor preocupación. Austen nunca se casó. El matrimonio, un tema entonces socialmente dramático y para ella trivial, es el cristal desde el que observa a todos sus personajes y sonríe.

La vida es tragedia para los sentimentales y comedia para los inteligentes, decía; y es desde el humor, a veces con un toque satírico, como compone sus personajes, ninguno de ellos íntegramente santo, ni malvado. Sabemos más de ellos por lo que hacen que por lo que dicen. El análisis de su incongruencia queda para el lector. Algunos son grandes oradores de pequeñas cosas y otros arrogantes, presumidos, ignorantes y mal educados expuestos a la mofa. Austen respeta el sentido común, la moderación, la bondad, la virtud en el término medio, como corresponde al neoclasicismo de una época que se le queda pequeña. La ironía de Austen tiene un trasfondo serio, no es solo una expresión de civilización. Y con un trabajo miniaturista logra retratar el universo de la complejidad humana. No sacrifica la realidad que observa a los requerimientos del arte, sino que identifica arte y vida logrando una composición original a la que no le sobra ni le falta nada.

Austen admiraba la Clarissa de Richardson y bebió también de Henry Fielding, fundador de la novela inglesa, pero lo hizo superando la inspiración, ofreciendo un valor estético con significado moral. Escribía en un rincón del salón, sobre su mesa junto a una ventana. La puerta de aquella casa de Chawton, intencionadamente no engrasada, avisaba con su chirrido de las visitas inoportunas para, así, darle tiempo de cambiar la pluma por el bordado. No era respetable que una mujer se dedicara a escribir. A fin de cuentas las mujeres apenas habíamos aparecido como las heroínas o las brujas de los relatos. Pero no habíamos existido en la historia, como un siglo más tarde reconocería Virginia Woolf. En 1811 Austen publicó 'Sentido y sensibilidad', su primera novela, de forma anónima. Apareció firmado «por una dama». Y 'Orgullo y prejuicio', en 1813, «por la autora de 'Sentido y sensibilidad».

La novela tampoco era considerada un género literario respetable. Solo quienes no tenían fortuna se habían dedicado a ella. Defoe, Fielding, Sterne, Richardson... Y esta era la percepción social que contrasta con el respeto que para Austen merecía «un trabajo en el que se conjugan los más grandes poderes de la mente, el conocimiento más completo de la naturaleza humana... emociones, humor, ingenio, y todo ello comunicado al mundo en el lenguaje mejor elegido, más exquisito».

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