Ser 'distinto' de los demás

IGNACIO SUÁREZ-ZULOAGA

Se sabe usted aquel de la aparición de Dios a un aldeano? Pues se trata de un chiste que, con pequeñas variantes, se repite en numerosas naciones: «un día se aparece Dios a uno, al que le dice que ha sido cuidadosamente elegido para obtener cualquier favor que desee; y cuando el campesino ya empieza a regodearse con todas sus opciones, Dios interrumpe sus pensamientos con una nueva instrucción: 'que sepas, que cualquier cosa que pidas, el doble le daré a tu vecino'; y tras pensárselo detenidamente, el afortunado eligió que le arrancase uno de sus ojos». Con esta humorada se resume la inevitable tendencia humana a tratar de ser más que los demás, incluso a costa de un grave perjuicio. Y cuando se es incapaz de destacar por servicialidad, humor, creatividad u otra característica enaltecedora del individuo; pues se recurre a rasgos identitarios, como pretender ser 'distinto'.

Hace milenios que los seres humanos venimos inventando fórmulas para colocarnos por encima de los demás. Algunas se derivan del nacimiento, como lo son las físicas: nacer macho, mayor altura, coincidir con los cánones estéticos de la época, tener los genes de la etnia dominante… dan ventaja desde la cuna. Más modificables son las diferencias por clase social y dinero. Incluso dentro de la riqueza se distingue entre la heredada y la adquirida con el propio esfuerzo; valorándose socialmente más la 'antigua'. Debería de ser lo contrario, pero lo que ha perdurado suele ser más apreciado que lo adquirido recientemente; sea lo que sea. Más escurridiza es la diferencia del linaje o apellido; pues aunque sea una especie de 'marca comercial' que trata de predecir educación y valores familiares, lo cierto es que poco aporta. Muchos hermanos son radicalmente distintos entre sí y respecto de sus progenitores; es más, algunos ni siquiera tienen el parentesco que el apellido indica, porque el padre es otro. Pero funciona, y de qué manera. En materia de linaje, el nivel superior es el título nobiliario, que conlleva también primogenitura -y hasta hace poco, masculinidad-; el noble titulado debería destacar por su ejemplaridad, por personificar los valores del antepasado que se ganó esa distinción. Pero… ¿cuántos nobles de esos hay en la práctica?

El poderoso influjo de la sangre compartida estuvo históricamente asociado a la nacionalidad; a la pertenencia a una comunidad con homogeneidad étnica, lingüística y religiosa. Se entiende que quienes comparten elementos identificativos se sientan distintos de otros. Y dado que ese territorio es producto del sacrificio de generaciones de antepasados, resulta lógico considerarse 'patriotas' los custodios de un legado histórico. Por eso suelen sentirse llamados a luchar por mantener ese patrimonio ideológico, cultural, económico y medioambiental. Menos entendible es que un colectivo muy heterogéneo se considere nacionalista; choca que se sientan distintos -y mejores, pues lo uno suele ir con lo otro- que los demás quienes no comparten una historia común y unos valores. Más aún cuando ni ellos ni sus antepasados han contribuido a producir el patrimonio material e inmaterial del territorio en cuestión; y es que hay quienes con solo empadronarse -sin siquiera haber pagado impuestos- ya se consideran no solo ciudadanos, sino incluso patriotas de su nueva tierra. Tal identificación con el imaginario y ancestros de la nación de acogida puede ser resultado de un cálculo interesado. Leí en internet que el dirigente de la Asamblea Nacional Catalana Saoka Kingolo argumenta su independentismo con que una república catalana trataría todavía mejor a su gente que España; solo faltaba que pensase que los africanos, hindús y marroquíes de su colectivo encajen mejor en la nueva república que los aragoneses.

Singular es el caso de la identidad nacional de Canadá, donde la valoración de la diversidad es el principal signo distintivo. Desde el abierto rechazo a la 'superioridad' respecto de otras naciones, lo único que se pide al inmigrante es que viva según las normas que ellos se han dado. Gran contraste con su vecino del Sur -país con similar configuración demográfica- que actualmente se rige por valores nacionales opuestos: supremacistas, xenófobos y aislacionistas. Los canadienses -meritocráticos, solidarios, medioambientalistas, abiertos y multiculturalistas- nos marcan el futuro. Tan poca importancia dan a 'lo de la nación' que hasta establecieron como acceder a la secesión -incluida la secesión del secesionista, como Tabarnia de Catalunya-. Allí ser distinto no es un mérito, porque todos son distintos; por eso no creo que se dividan, y tal vez habría que pedir unirse a ellos.

Más lógico me resulta el sentimiento de 'diferencia' de las minorías perseguidas secularmente. Se critica que judíos, gitanos y homosexuales conformen 'mafias' por el hecho de apoyarse los unos en los otros. ¿Y qué otra cosa cabe hacer cuando son discriminados desde hace siglos? Pues confiar más en quien no te rechaza, y solidarizarse con los más semejantes. Conforme se normalice el trato hacia todos los marginados, esas vinculaciones irán diluyéndose naturalmente. Y para esa mayoría que se siente incapaz de destacar por sus propios actos, la opción más socorrida sigue siendo aparentar la distinción mediante un coche caro o ropa de lujo. En tanto quienes no lo pueden pagar -especialmente los jóvenes- acuden a diferenciaciones como incorporarse a una pandilla, adoptar vestimentas 'tribales' o tatuarse. Y efectivamente su aspecto es 'distinto'; pero no son 'mejores', incluso -posiblemente- puedan en realidad ser 'peores', porque tratan de destacar por lo que parecen, no por lo que efectivamente son.

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