Nosotras, las díscolas

Decía Joseba Arregi que la memoria es incómoda y precisamente de esa incomodidad es de la que ha huido el Parlamento vasco

Nosotras, las díscolas
CONSUELO ORDOÑEZPresidenta de Covite

Han sido dos testimonios con apariencia de calma y con un trasfondo de angustia. Me refiero a los de Coral Rodríguez, sobrina de Humberto Fouz, uno de los tres jóvenes gallegos desaparecidos a manos de ETA en 1973, y el de Maider García Martín, la hija de Juan Carlos García Goena, objetor de conciencia asesinado por los GAL en 1987. Sus familias llevan décadas viviendo con la convicción de que hay personas que conocen la verdad de lo que les ocurrió a sus familiares y que se niegan a articular el más mínimo dato, la más escueta información que pueda aportarles alguna dosis de sosiego. En el caso de los parientes de los jóvenes gallegos, ni siquiera han podido darles un entierro digno porque sus cuerpos nunca han aparecido. Las dos historias se han escuchado en la última sesión con testimonios de víctimas de la Ponencia de Memoria del Parlamento Vasco.

Poco antes Fernando Aramburu recogía el Premio Euskadi de Literatura y afirmaba que no teníamos por qué dejar la memoria en manos de los políticos. Él se refería a la labor de los literatos, pero a mí me recordó precisamente a la Ponencia de Memoria, esa en la que se han escuchados testimonios valiosos como los de Maider y Coral, pero se han echado de menos otros que quizá hubieran removido en sus asientos a algunos de los presentes y les hubiera refrescado la memoria con pasajes de sus biografías que ahora prefieren olvidar. A decir verdad, nadie podía esperar algo parecido teniendo en cuenta quién ha llevado las riendas de la ponencia. Exacto: la izquierda abertzale.

Desde el minuto uno EH Bildu ha marcado la senda de las sesiones y el resto de partidos se han limitado a acatar. Primero fue la presencia de Unai González, miembro de ETA condenado por pertenencia a Segi cuya suegra falleció en un accidente de tráfico cuando iba a visitarle a la cárcel. González, sin hacer la más mínima referencia a su trayectoria terrorista, se sentó en calidad de víctima para decirnos a los que nos han perseguido, amenazado, secuestrado, herido de por vida y asesinado a nuestros familiares que no podíamos «patrimonializar el sufrimiento». Imagino que EH Bildu aplaudiría, aunque fuera en silencio: las «víctimas de la dispersión» por fin igualadas a las de terrorismo. El resto de partidos calló. Covite envió a cada parlamentario presente una carta preguntándole explícitamente si consideraba equiparable un asesinato y un accidente de tráfico. Sólo Podemos se ha tomado la molestia de contestarnos.

Poco después, una parlamentaria navarra de EH Bildu acusó a Covite de ser una organización «incitadora del odio» y de habernos negado a participar en la ponencia. No es que aquello fuera una falsedad, que lo era, sino que además ponía de manifiesto el desconocimiento de la estrategia de su propio partido. Manejando EH Bildu las riendas de la Ponencia de Memoria, ¿para qué invitar a una víctima que los pusiera en apuros? ¿Para recordarles la indignidad de querer hacer memoria de un terrorismo que no condenan? ¿Para echarles en cara que son los herederos de un partido encuadrado en la estrategia de ETA, que pedía a boca llena que nos matara? ¿Para espetarles que antes que hacer memoria es necesario hacer examen de conciencia?

Decía Joseba Arregi que la memoria es incómoda y precisamente de esa incomodidad es de la que ha huido el Parlamento vasco. Una Ponencia de Memoria que aspire a ser un instrumento útil para la sociedad no puede utilizar a las víctimas para la lavarse la cara y evitar ir al fondo del asunto. Eso significa empezar la casa por el tejado y pasar por alto los cimientos. Es ahí, en el fondo, donde residen las razones que han cultivado el odio, donde se ha cuajado durante décadas un proyecto político nacionalista y excluyente y donde un día se decidió que perseguir, amenazar y matar era una herramienta válida para alcanzar determinados objetivos políticos. Después y solo después vinieron las víctimas. Saltarnos la lógica de los acontecimientos implica también pasar por alto las responsabilidades de sus protagonistas. O en otras palabras, supone blanquear a ETA.

Escribía recientemente el historiador Luis Castells que la Administración tiene en su mano una forma de maltratar a las víctimas: contar con aquellas más conformes o indulgentes con las políticas oficiales, «en tanto que se margina a las más díscolas con ese discurso memorial». Es exactamente lo que ha ocurrido en las últimas semanas en el Parlamento vasco. Para desgracia de los que han impulsado esta marginación, y como apelaba Fernando Aramburu, no sólo los políticos tienen en su mano construir la memoria del terrorismo. Nosotras, las díscolas, seguiremos trabajando conscientes de que nuestra verdad y nuestro testimonio permanecerán por encima de un teatrillo político que ni siquiera se ha esforzado en disimular que no nos quería ni para abrir el telón.

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