El disco de Serrat

Las constituciones españolas derivaban siempre en golpes de estado o revoluciones, no en reformas pactadas. Es tiempo de terminar con esa maldición

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

Joan Manuel Serrat ha sido propuesto por el PSOE para que comparezca en la ponencia del Congreso de Diputados que va a debatir sobre la actual crisis del modelo territorial. En 1969, el cantautor catalán sacó un disco dedicado a Antonio Machado que recogía uno de sus versos universales: «Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón». Aquel poema sobre el pasado más traumático conserva una fuerza original en estos tiempos convulsos.

Quizá la ponencia parlamentaria, incluso, termine planteándose una reforma constitucional del texto aprobado en 1978. Por eso resulta curiosa la coincidencia en los sectores más radicales por despreciar esta revisión, bien porque apuestan por mantener el estatu quo -lo que es legítimo, pero puede ser inconveniente- o porque desean la ruptura sin calibrar las consecuencias. Algunos, incluso, prefieren corregir a la baja el modelo y suprimir la Disposición Adicional que reconoce y actualiza los derechos históricos de Euskadi y Navarra. En el fondo, esgrimen una verdadera contrarreforma que pasaría una factura muy desestabilizadora. Es otro de los efectos del procés secesionista catalán. Otros muchos sostienen que no hay que tener miedo al cambio y que es la única vía democrática que permitirá a largo plazo un sistema razonable de convivencia alejado de extremismos. Como en el resto de nuestro entorno civilizado. Ni más ni menos.

En su día, en plena Transición, la derecha aceptó a regañadientes este modelo constitucional que, a pesar de sus defectos, ha permitido un inédito período de estabilidad. Enterraba la disputa machadiana «entre una España que muere y una España que bosteza». El centro-izquierda, los conservadores, los liberales y los nacionalistas catalanes pactaban las reglas de juego. El nacionalismo vasco institucional decidió abstenerse en el referéndum al que se sometió el proyecto constitucional, aunque admitió los avances que implicaba. Aquel texto es hoy una garantía, por ejemplo, del Concierto Económico. Con el tiempo nos percataremos del error que supondría vetar el cambio natural en una Carta Magna que tiene ya materiales de fatiga. Porque las mutaciones son ley de vida, responden a una lógica adaptación que es fruto del cambio sociológico y generacional de España, con una amplia franja de población que no votó entonces aquel proyecto, que no conoce ni la canción de Serrat ni lo que significaba el poema de Machado. No se trata de forzar reajustes legales para dar satisfacción al independentismo. Lo que importa es tener en cuenta esa nueva realidad social, en la que hay independentistas.

La otra cara de la viabilidad de un cambio constitucional es que haya mayorías sociales suficientes para ello. Pero no es lo mismo el inicio del camino de la reforma o de la reformas constitucionales -que tienen sus procedimientos legales establecidos para salir adelante en las propias Cámaras legislativas- que la apertura de un nuevo proceso constituyente, que aconsejaría una mayoría cualificada muy amplia para ser factible. El inicio del debate no presupone un resultado de antemano, que deberá culminar en el máximo consenso posible. Se trata de buscar el mínimo común denominador.

Hay que desdramatizar pues la posibilidad de una reforma constitucional. La incapacidad de la política para encauzar tensiones y buscar reformas puede terminar por implosionar el propio sistema político. El reformismo es la mejor garantía para zanjar así la maldición congénita que arrastra el constitucionalismo español. Las reformas necesarias se han estrellado casi siempre en España contra el muro de la intransigencia, la radicalidad, el inmovilismo reaccionario y la inmadurez rupturista. O bien terminaban en revoluciones o en golpes de estado. La Constitución de 1978, con sus limitaciones, sirvió para superar esta leyenda negra de las dos Españas enfrentadas a garrotazos de aquel disco mítico de Serrat.

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