Dios en la Rambla

LUIS HARANBURU ALTUNA

En nombre de Alah, su dios, unos fanáticos criminales han sembrado la muerte y el dolor en la Rambla de Barcelona. Han matado para acceder a su peculiar paraíso. Han matado para mayor gloria de su dios. Un dios que no existe sino en sus atormentadas mentes... Y, sin embargo, también nosotros, hasta ayer, hemos creído en dioses que nos impulsaban a matar y odiar. Hace tan solo ochenta años en las trincheras de Elgeta, Bizcargui o Sollube, vascos con el escapulario al cuello y la imagen del Sagrado Corazón en el pecho, se mataban en nombre de Cristo Rey. Ayer mismo, ETA mataba en nombre de la nación deificada.

Hasta hace muy poco, los cristianos de occidente hemos vivido supeditados a una religión que regulaba nuestras vidas y establecía los principios del bien y del mal. Hemos sido rehenes de una religión que durante siglos nos ha mantenido sojuzgados, sin que el hombre fuera capaz de proclamar su autonomía moral y la libertad de decidir sobre sí mismo. Y aún así, nos podemos considerar afortunados. Según el filósofo francés Marcel Gauchet, el cristianismo posee la virtualidad de facilitar la salida de la religión. Es decir, el cristianismo sería la única religión capaz de superarse a sí misma, negando la utilidad de su tutelaje. La especial configuración del cristianismo que surgió de la confluencia del pensamiento griego y judío, posibilitaría llegar a la afirmación de la autonomía humana, sin por ello negar o afirmar la existencia de un Dios inmanente a la historia de la humanidad. Según esta perspectiva, los europeos seríamos cristianos que hemos logrado liberarnos del tutelaje de la religión.

Ha sido un largo trayecto el que ha conducido a la cultura occidental desde la sumisión religiosa a la libertad y a la autonomía. Han sido siglos de lento caminar, a tientas, liberándonos del absolutismo teológico que nos imponía la heteronomía de un más allá, que atenazaba nuestras conciencias. Pero para ello fue preciso que aconteciera el renacimiento con Leonardo y el Dante; que existiera el humanismo de Erasmo; que alumbrara el ingenio de Gutenberg y se sublevara Lutero ante Roma y, sobre todo, tuvieron que brillar los luces de Descartes, Spinoza, Leibnitz, Kant y Voltaire para que el Dios de los teólogos fuera recluido en el jardín privado de cada cual. Fue precisa la larga evolución de la cultura europea, para que la religión dejara paso a la edad adulta de la humanidad. Los europeos hemos salido de la religión, sin por ello renunciar a que cada cual en su intimidad, cultive la dimensión trascendental del hombre. La herencia del cristianismo es una rico legado que ha configurado nuestra cultura y nuestros modos de vida. Su aportación más preciada son los derechos del hombre que el cristianismo ha alumbrado, incluso a su pesar.

Al parecer, Jesús de Nazaret no vino a instaurar ninguna religión, sino que vino a liberar al hombre de la ley y de la heteronomía, para hacerlo autónomo y elevarlo al rango de la filiación divina. Fue un mensaje revolucionario que dejó al hombre como dueño de su destino y responsable de la humanidad de todos. Nos ha costado casi veinte siglos tomar conciencia de la dimensión de aquel mensaje y lo hemos hecho a pesar de la religión y liberándonos de su tutela. Somos libres, al fin, pero nos encontramos solos y desnudos ante un mundo que todavía cree en los dioses que matan y que exigen sacrificios humanos para demostrar su superioridad.

El Islam no ha tenido la suerte de atravesar las crisis y los avatares de la historia, que han conducido al cristianismo a su salida de la religión. Todavía permanece en la noche de su absolutismo teológico y concibe las relaciones humanas como relaciones de poder. El hombre manda sobre la mujer, el califa sobre los creyentes, el profeta sobre la fe y Alah sobre todos los hombres. Es una religión respetable, pero absolutamente discutible en sus postulados. No se trata de establecer un ranking de la religiones, pero ninguna debe escapar a la crítica de la historia ni al escrutinio de la razón. El Islam es mucho más y mejor que la caricatura que el yihadismo cruel y estúpido nos presenta, pero tiene el deber histórico de adecuarse a la hora de la humanidad que a todos nos atañe. Hans Küng ha dicho que no habrá paz entre las naciones hasta que nos se haga la paz entre las religiones. Es muy probable, pero la paz entre la religiones no advendrá hasta que los hombres no renunciemos cada cual a su dios. Un dios creado al albur de nuestras miserias. Lo único seguro es que Dios no estaba en la Rambla.

Mientras los dioses particulares ventilan sus diferencias, a los hombres no toca velar por la seguridad de nuestras vidas y de los nuestros. Los padres de la República que nació en la Revolución de 1789 en París, pusieron en el frontispicio de la nación el lema que decía: libertad, igualdad, fraternidad y seguridad. La seguridad decayó, pero ha llegado la hora de reivindicarla como la virtud republicana que un día fue.

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