El Dios de la Guerra

HELENA MALENO GARZÓN

Hace unos días el juzgado número 6 de Ceuta decretaba el archivo provisional de la causa que investiga la muerte de 14 personas el 6 de febrero de 2014 en la playa de Tarajal. No hay espacio suficiente para transmitir la desolación de las familias de estas víctimas, que a casi cuatro años del aniversario de la tragedia, siguen clamando justicia. El auto de la magistrada es, según Feric, portavoz de la Asociación de Familias de las Víctimas en Camerún, una burla y un daño a la memoria de sus seres queridos. Dice la jueza que preguntó a la Guardia Civil por los testigos presentados por una de las organizaciones que forma parte de la acusación popular, y que la Benemérita, cuya acción es objeto de investigación, dijo que no les constaba que estas personas hubiesen atravesado la frontera española los días cercanos al 6 de febrero de 2014.

Y efectivamente es cierto, porque todas las víctimas y testigos de la tragedia fueron desaparecidos mediante devoluciones en caliente a Marruecos. Pero eso no quiere decir que no estuviesen el 6 de febrero en aquella playa. Aquel día que se utilizó material antidisturbios en el agua, aquel día donde además no se activaron servicios de emergencia y rescate a pesar de que había seres humanos ahogándose. «Si así se investigan en Europa las muertes de personas, es que Europa no está tan lejos de muchos países de África cuando hablan del respeto de los derechos humanos», declara Koro, una de las víctimas que estuvo a punto de perder un ojo ese día.

Koro tiene razón. En las fronteras europeas los derechos humanos han ido cediendo espacio a las empresas vinculadas a la venta de armamento y el control. Grandes negocios que deciden las políticas migratorias y definen los contextos fronterizos como espacios de no derecho, donde incluso la defensa de los mismos se ha sacrificado y criminalizado. Como un día me dijo Saliou, un adolescente de 13 años en los bosques colindantes a Ceuta, «aquí quien manda es el Dios de la Guerra». Saliou ponía nombre a la estrategia de la disuasión, que supone aumentar los riesgos para las personas que intentan cruzar las fronteras como forma de prevención ante otras que lo intentarían en un futuro. Sacrificar a las 14 personas que murieron el 6 de febrero de 2014 serviría, en la lógica del control migratorio, para evitar que intentasen llegar más por aquella playa. El pasado 29 de diciembre la disuasión se cobró una víctima más. Mohamed Bouderbala de 36 años moría en una celda de aislamiento de la cárcel de Archidona en Málaga. Estas instalaciones penitenciarias fueron habilitadas para privar de libertad a más de 500 personas que habían llegado en patera desde Argelia. Respecto a su muerte el juez concluyó que se había suicidado durante el aislamiento y que, por tanto, no había responsabilidades a investigar.

Estas políticas se cobran víctimas por acción directa, pero también a través de acuerdos de colaboración con terceros países. Es lo que se ha llamado la externalización de fronteras. Las familias de las siete mujeres que se ahogaron en una devolución en caliente el 31 de agosto en una playa de Melilla saben bien lo que eso significa. «Al menos pudimos identificar sus cuerpos y enterrarlos como nuestras tradiciones lo piden. Sabemos que pedir justicia será muy difícil. Sólo tenemos la palabra de los supervivientes contra la de las autoridades. La palabra de las personas migrantes no vale para Europa», declara la hermana de una de las fallecidas.

Porque el Dios de la guerra es tan cruel que despoja a las víctimas de las fronteras y a sus familias de cualquier esperanza de obtener la verdad, la reparación y la justicia. Para las políticas de control migratorio no son personas aquellas que mueren en las fronteras. «La paciencia de una madre es infinita, seguiré luchando mientras esté viva», dice la mamá de una de las víctimas de Tarajal. Porque las familias han decidido recurrir el archivo de la jueza y no rendirse jamás. Y es en esa lucha digna y silenciosa contra el Dios de la guerra que las organizaciones y el pueblo tenemos que estar al lado de las familias y las supervivientes. Porque al Dios de la guerra se le gana cuando defendemos la dignidad, cuando apostamos por la humanidad.

No le gusta que se grite por el derecho a la vida en la frontera, odia que se pongan nombres a las personas muertas, intenta que no busquemos a las desaparecidas. Y sobre todo teme encontrarse cara a cara con la lucha de las familias y las supervivientes que intentan transformar su dolor en justicia. Y todo esto lo sé también por experiencia propia. El día 10 tuve que declarar ante un juez marroquí por haber salvado vidas, y acompañado en la búsqueda de justicia a las víctimas y sus familias. La acusación proviene de un dossier criminal construido por la UCRIF, la policía de fronteras española.

Paradójicamente ese mismo dossier fue enviado por la policía a la Audiencia Nacional y un fiscal español dijo que no había delito en las actividades que hago en defensa de los derechos de las personas migrantes. Desgraciadamente, el informe policial sí llegó a Marruecos pero el archivo de la Fiscalía española nunca fue notificado. De nuevo la estrategia de la disuasión y la externalización. Y es que condenarme por estos hechos sería una llamada de atención a muchas organizaciones y personas que plantan cara estos días a las políticas de control migratorio. Mañana volveré de nuevo al juzgado con la fuerza que da la lucha de las familias y las supervivientes, sabiendo que el Dios de la guerra no puede ganarnos la batalla. Por la memoria de las víctimas de Tarajal, por las de la cárcel de Archidona, por las de las devoluciones en caliente, y por tantas otras, hay que recuperar la dignidad democrática en las fronteras.

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