Esos días de agosto

MILA BELDARRAIN

Aquellos días de agosto, concretamente los días 6 y 9 de 1945, la bola del mundo, vista desde el espacio exterior, se tambaleó tanto, que parecía que iba a desintegrarse. Europa, por entonces, se lamía las heridas de una guerra, que acababa de terminar en el Viejo Continente y que le había dejado hecha trizas. Ahora, unos y otros se repartían los despojos. En España, Franco promulgaba en 1945 el Fuero de los Españoles, Falange Española se iba descafeinando en el Movimiento y los españoles sobrevivían como buenamente podían a las dentelladas del hambre. El estraperlo campaba alegremente por sus respetos, enriqueciendo a buitres, que sacaban buen provecho de la necesidad.

El acrónimo se creó en 1934 a partir de los apellidos de Strauss, Perel y Lowann, la esposa de Strauss, introductores de una ruleta eléctrica fraudulenta en el Casino de San Sebastián con el apoyo del Partido Radical durante la Segunda República. Tres meses antes de aquellos días de agosto en que el mundo se puso a temblar, el 7 de mayo, a las 02.41 de la mañana, el jefe del Estado Mayor del Alto Mando de las Fuerzas Armadas alemanas (Oberkommando der Wehrmacht, OKW), el general Alfred Jodl, firmaba el acta de rendición de Alemania en los cuarteles del Cuartel General Supremo de la Fuerza Expedicionaria Aliada (SHAEF) en Reims. Pero la Segunda Guerra Mundial no había acabado.

A las 8.15 horas de la mañana del 6 de agosto, los japoneses de Hiroshima empezaban una nueva jornada, miraban al cielo para ver qué tiempo iba a hacer, desayunaban, se dirigían al trabajo, discutían con su pareja o remoloneaban en la cama. Y entonces fue. Entonces ocurrió. Todos los relojes de Hiroshima se detuvieron para siempre a las 8.15 de esa mañana, uno de ellos, un reloj de pulsera, fue encontrado entre las ruinas, quieto, muerto, la aguja pequeña quedó abrasada marcando una sombra sobre la esfera, que le hacía parecer una aguja grande y macabra. El coronel Paul W. Tibbets pilotaba el bombardero B-29, bautizado Enola Gay en honor a su madre, y George R. Caron, 'Bob', un inocente guaperas con la gorra ladeada, al menos en la foto que yo he visto, lanzó a Little Boy. Así llamaron a la bomba de uranio-235, de 4.400 kilogramos de peso, 3 metros de longitud, 75cm. de diámetro y una potencia explosiva de 16 kilotones, equivalente a 1.600 toneladas de dinamita. Era de color verde, como un ramo de olivo.

Una columna de 6 kilómetros de altura se elevó desde la zona cero sobre las ruinas de la ciudad. George Caron tomó esa fotografía que sobrecoge. Con la explosión llegó el infierno y la muerte instantánea de 50.000 personas, luego fueron más. Los efectos de la radiación aún perduran. A partir de aquella columna de humo surgió la cámara de los horrores nunca vista, una mujer, dichosa de haber sobrevivido, vio el estampado del kimono, que se había puesto esa mañana, grabado en su propia carne. El 9 de agosto, se repite el infierno.

El bombardero B-29, apodado, 'Bockscar', sobrevuela Nagasaki, el bastión católico de Japón. Va al mando el comandante Charles Sweeney y, a las 11.01, el mayor Tomás Ferebee lanza la bomba, llamada Fat Mann. A diferencia de la de Hiroshima, es una bomba de plutonio. A las 11.02, una columna de humo con forma de seta gigante se levanta 18,5 kilómetros cielo adentro. Un viento de 1.500 km/hora arranca casas, árboles, chupa a la gente y los transporta a 4 kilómetros de distancia, y un destello inicial superior al del sol deja ciegos a los habitantes. Mueren 70.000 personas en el acto. Y mueren, también, 8 soldados aliados y 7 militares holandeses, presos en la cárcel de Nagasaki. El doctor en física J. Robert Oppenheimer había sido el creador y director científico del proyecto 'Manhattan', que se desarrolló con sumo secreto en Alamogordo, en el condado de Otero, en el estado de Nuevo México.

El 16 de julio de 1945 se detonó con éxito la bomba de prueba en Trinity Site, concretamente en el desierto Jornada del Muerto, en lo que ahora es la base White Sands Missile Range. Dicen que Oppenheimer, después de ver los efectos destructores de su criatura, se refirió a sí mismo utilizando una cita de Bhagavad Gita, el texto sagrado hinduista: «Me he convertido en muerte, en destructor de mundos».

Cinco días después del lanzamiento de las bombas atómicas, el 15 de agosto, el emperador Hirohito hizo pública la rendición de Japón a través de la radio nacional nipona, eso sí, en un japonés tan arcaico, que mucha gente no le entendió -la Casa Imperial nipona siempre marcando distancias, incluso en aquellos momentos dramáticos-. El 2 de septiembre, Japón firmaba la rendición oficial a bordo del USS Missouri en Bahía de Tokio, poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial. Y el mundo siguió girando.

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