Diálogos, masas, repúblicas

SANTIAGO AIZARNA

Malos tiempos éstos para los que somos de natural tácitos (sin Césares de los que algo poder contar) o taciturnos (que viene a ser lo mismo, ya que si no se habla al menos se puede escribir dentro o al margen de la censura, que no he conocido tiempo que no la haya habido a lo largo de toda mi existencia ya no tan corta, que me acuerdo ahora, al escribir esta minucia, de aquella señora de tan buen porte pese a que estaba lidiando casi con la centena de calendarios con la que me topé en la panadería y se quejaba de que Dios, supongo que el Uno y Trino, se había olvidado de ella, confesión que impelía a que, acto seguido, descargase uno su memorial de rapsoda y si no con el «vivo sin vivir en mí», la emprendiese con aquel otro de «Ven muerte tan escondida que no te sienta venir, porque el placer de morir no me vuelva a dar la vida», principio y fin de una gran escaramuza poética entre vida y muerte que puede ser que suene como la mejor antífona del porvenir ultimado en sublime ‘ars moriendi’).

Y ¡qué dificultosa situación la creada por esas manifestaciones en las que las masas (que no sé por qué me hacen recordar ¡oh, gran Rabelais!, los carneros de Panurgo), tan proclives generalmente a que cualquier botarate con un poco de labia las conduzca a donde le dé la gana, piden que se hable y no veo yo de qué se pueda hablar cuando está ya todo dicho y hay algo que me resuena a címbalo, no sé si de triunfo o de derrota o de la razón o de la sinrazón, tanto monta, cuando el labio no se acuerda de hablar ni el oído de oír y en hablando de masas y de rebeliones, lo más que me resuena (y no sé bien si también lo único), a manera de caracola y sus laberintos sonoros, es un cognomen partido en dos aunque indehiscente el uno del otro, acervo o patrimonio casi exclusivo de un cierto y largo momento del pensamiento español que, defraudado en sus expectativas, quedó apresado, como en liga pajarera, en sólo una frase, eso sí, infinitas veces repetible y repetida, de ‘no es eso, no es eso’.

Ahora que tanto se está hablando de repúblicas disidentes y que tanto ansían ser independientes, la lectura de una novela de un querido amigo, Álvaro Bermejo, titulado ‘Como el bosque en la noche’, me hace recordar y al mismo tiempo recrearme en esa pequeña república que el Jaun de Itzea fundó a lo largo del Bidasoa. Si malo es que, a estas alturas de la vida todavía me ponga a leer novelas, que es mucha la razón que tenía mi señora madre en recriminarme por perder tanto tiempo, el hacerme recordar aquella pequeña república que viví hace unos 80 años y cuando en mi equipaje solamente contaba escasamente nada más que diez, es decir, el Bidasoa, sus aguas, sus salmones y truchas y variada fauna piscícola, sus gentes y tierras y hasta leyendas y fantasmas que refresca, moja y hasta ahoga según, río mítico por cuya ribera, al igual que el gran Arcipreste por la de Henares, sembramos algunos ‘avena loca’ y sigue estando de moda como siempre, eso sí que es algo que suliveya.

Más aún que cuando, a todo lo largo de ésa su ribera, la recorría, con estaciones y paradas (hasta de estupor por favores de buena compaña), por estaciones así clasificadas, por comienzo de los años cuarenta y ‘zona impermeabilizada’, aquel ‘tren txikito’ llamado también El expreso de Shanghai’ (por la imagen de Von Sternberg (1932), con Marlene Dietrich, Warner Oland y la exquisita Anna May Wong) por la turba estudiantil de los colegios de Oronoz y Lecároz (San Martín de Tours y su media capa en Amiens junto con Marcelino Champagnat (1789- 1840) y ‘Nuestra Sra. del Buen Consejo y los ‘Venerabilis Barba Capuccinorum’, un recuerdo incandescente todavía.

Y, en cuanto al río y sus gentes, cómo poder olvidar a alguna caravana errante de tórpido pero resistente jamelgo en descanso a lo gitano; o los nada caballeros por falta de caballo por supuesto como los ‘sui géneris al estilo del ‘Anchoca, el afilador’ barojiano y toda la faramalla troupe con que lo pobló ese gran Jaun de Alzate; y, en cuanto a noticias bidasotarras, nada mejor que mejor que meter nuestras luengas narices vascongadas en esa especie de Diccionario Histórico que dejó escrito un caballero irunés de ilustre prosapia como fue el autonominado Luis de Uranzu en su ‘Lo que el río vio’ a lo que añadiría yo, las crónicas de un querido colega, Juan Luis Seisdedos Bouzada, sin olvidarme por supuesto, ¡faltaría más!, de otro novelista al mismo tiempo que gran historiador, Mikel Azurmendi, insuperable en su ‘Las maléficas’, en adentrarnos en las mismas entrañas de un complejo alud de noticias del Pays de Labourd, con la excusa del terror brujeril allá por los años 1609-1614 en muy sonados procesos que destacan sobremanera en cualesquiera Historias de Brujeria, que las hay muchas.

Y, como nota algo más que simplemente ilustrativa por pertenecer a lo vivo inmediato del rascado memorial, ¿cómo no traer al retortero nombres gloriosos del arte pictórico como los de Bienabe Artía, Montes Iturrioz, Menchu Gal, Enrique Albizu , José Gracenea, etc?

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