El rey desnudo

ELENA MARTÍNEZ DE MADINA SALAZAR

En estos días en que el procés catalán ocupa (y preocupa) prácticamente todo el ámbito de la información del país, necesitamos imperiosamente suficiente conocimiento e información veraz y contrastada para poder discernir y discriminar los datos y analizar los hechos que acontecen minuto a minuto. Necesitamos tiempo para reflexionar y así poder sacar nuestras propias conclusiones. Pero esto parece tarea casi imposible. La velocidad de los acontecimientos, por un lado, y el empeño de nuestros dirigentes de llevarnos agarraditos de la mano, a su vera, por otro, nos llevan, irremediablemente, a un caos mental, e intrínsecamente a una falta de libertad.

Ustedes se acordarán del cuento de Hans Christian Andersen titulado ‘El traje nuevo del emperador’, en otras ocasiones también traducido como ‘El rey desnudo’. La historia es un apólogo en el que se presentan no una sino varias moralejas. La historia es sencilla y conocida, pero que nos viene al pelo a tenor de la situación actual; nos relata que hace muchos años había un emperador cuya mayor preocupación y ocupación eran sus trajes nuevos, gastando todas sus rentas en fabulosa telas y confecciones. Hete ahí que aparecen dos pícaros en acción que le aseguran que le tejerán la mejor y más bella tela jamás fabricada en el imperio. El emperador, inseguro que era, mandó a su fiel consejero ministro a ver cómo iba el asunto de la tela, y para su sorpresa, no vio nada en el telar. Los pícaros, por su parte, le enseñaban ‘la nada’: su color, su textura… y le preguntan a ver qué le parecía. El ministro empezaba a pensar que era tonto, pues él no veía nada, pero ante su propia inseguridad y a sabiendas de lo ilusionado y expectante que estaba su emperador, dice que ‘la nada’ es ¡una tela maravillosa! Los pícaros, entonces, piden más dinero para seguir tejiendo. Una vez finalizado el traje y presentado al emperador, éste tampoco ve nada, pero ante el temor que los demás le consideren tonto y vencido por su vanidad, no dice nada, se desnuda y se pone el traje de ‘nada’. Y llega la hora de dar el paseo ante sus súbditos con el traje nuevo. Nadie veía nada, pero todo el mundo decía: «Qué preciosidad de traje», hasta que un niño, grita: ¡Pero si no lleva nada, va desnudo! Y todo el pueblo gritó al unísono lo mismo. Pero el emperador siguió como si nada, henchido. Había que aguantar.

En realidad esta historia ya estaba escrita, con diferentes matices, en el siglo XIV por Don Juan Manuel, y corresponde a un cuento de la obra ‘Libro de los ejemplos del Conde de Lucanor y Patronio’.

Les avisaba que son varias las moralejas que se pueden deducir de esta historia, y se pueden aplicar en diferentes ámbitos y con diferentes personajes. Pero quisiera poner el foco en la labor de los profesionales de la información.

Corre «mala prensa» para la prensa. En este tumulto que estamos viviendo se ha vuelto a cargar contra los periodistas. Y esta vía que se reabre, otra vez, contra el trabajo de los informadores es un camino peligroso que puede llevarnos a la desinformación, vieja conocida en todos los lugares del mundo. Es indiscutible la labor del periodismo, de la información seria y rigurosa, en el desarrollo de la libertad individual y por ende, de la colectiva, como lo es que nunca antes hubo tanta información y de tan fácil acceso como ahora. Y sabido es, asimismo, las ventajas e inconvenientes que este exceso de accesibilidad está acarreando, fenómeno estudiado y desgranado por los expertos en comunicación. Pero no carguemos contra el mensajero-periodista. No carguemos contra el niño que gritó: «¡El rey va desnudo!». Somos nosotros, los consumidores de la información, tanto si la recibimos por los ojos (imagen o escritura) como por los oídos, quienes tenemos que sacar las conclusiones, y discernir lo real de lo irreal. Y muchos de los que nos dirigen, siguen empeñándose en darnos la información irreal, la que ellos quieren, ocultando y menospreciando la que el informador profesional quiere dar. Y digo el informador profesional, no el informador cortesano.

A Thomas Jefferson (1743-1826) se le debe la famosísima frase de que si se tuviera que elegir entre un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, él elegiría la segunda opción. Pero también años más tarde, en otro momento de su vida, escribió que: «un hombre que jamás mire un periódico estará mejor informado que quienes los leen, por lo mismo que quien no sabe nada está más cerca de la verdad que quien tiene la mente repleta de falsedades y errores». Es obvio que su relación con la prensa había pasado de buena a mala.

No nos queda otra que pedir ¡tiempo!, para aprender, pensar, reflexionar y cotejar todo lo que entra por nuestros sentidos. Para poder decir, que si va desnudo, va, y punto. El resto de moralejas del cuentito se las dejo a ustedes, y estoy segura de que no van a dar abasto.

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