El desayuno

SANTIAGO AIZARNA

Leer cada día el texto correspondiente del Año Cristiano era -por aquellos tiempos ya tan añejos- una pía costumbre que algunas veces hasta nos levitaba en maravillas. Servía sobre todo para mantener a los colegiales en el debido silencio durante los momentos alimenticios (digamos que, en las tres canónicas del día, es decir, desayuno, comida y cena). Y, como es sabido que, en ocasiones, la costumbre se vierte en el matraz de la devoción y viceversea luego, purificada ya, de nuevo en costumbre, una vez fuera del recinto colegial no era nada raro que, allá por la hora tertia (que diría el romano) acogiéramos en manos y ojos y mente, ese libro de hagiografías de tan incandescentes como miríficas aventuras y proezas mientras escarbábamos con la cuchara en el tazón de ‘café con leche and sopas’.

Era la hora del desayuno. Posiblemente la más sagrada y consagrada de cada día. En mi caso particular, esa lectura podía diversificarse hacia tres puentes (o, quién sabe cuántas más), es decir: el de la BAC (Biblioteca de Autores Cristianos, 4 vols), el de fray Justo Pérez de Urbel (Ediciones Fax, 1933, 5 vols) y ‘La leyenda dorada’ de Jacobo de la Vorágine en unos cuantos volúmenes también y bastantes repetidos, uno de los últimos con prólogo y selección de Alberto Manguel (Alianza Editorial, 2004). Junto a ellos me ha permanecido también, durante muchos años, de manera tan asequible y consultable, el llamado ‘Diccionario de Milagros’ de Eça de Queiroz (Mondadori, 1990). Sin duda, las algunas veces escalofriantes aventuras de la hagiografía -en otras ocasiones simplicísimas maravillas- dan para mucho pero habrá que convenir, pese a todas esas algarabías tan milagrosas como épicas, tan poco realistas y sí en cambio tan legendarias, que han sido sobrepasadas con ágil holgura por las páginas del periódico diario que en leyéndolas, apura uno su tiempo mañanero mientras degusta la parva ración que se concede una vez que se apea de la cama, hace sus abluciones, etc, etc, y deja que alguna chispa de su fumarola nos haga desentumecer los dedos ante el teclado como ese día cualquiera de cualquier semana en la que me prende la brasa del mechero de algodón y pedernal -el más efectivo en tiempos de tormentas y ventiscas- y la imaginación comienza a echar humo que no veas, como en este caso sobre ese tema de tan arduo proceder como es el de felicitar a las gentes, que felicitar a una persona por su cumpleaños (por ejemplo) es como provocar una gran colisión: la de dos polos del mismo signo no sé si pugnando el uno sobre el otro en atroz contienda a chispazos, que eso, en sí o en no, habría que preguntarlo al perito en electricidades o magnetismos y no a mí que ni siquiera lo soy ‘en lunas’ como el poeta. El nacer y el vivir son dos grandes cargas y el mutuo roce deviene en tragedias tales que, felicitar por ello, pudiera desbordar caudales de pugnacidad mutua.

En mi caso, que soy policroto subyacente, con una pulsación que titila como en sarpullidos inconscientes en aguda pendiente hacia la baja, esa conjunción de dos fuerzas interactuando una sobre la otra puede ser como la extenuación del latido en el cénit de la angustia.

Ese mismo día (o, en otro, ¡qué más da!) leo algo o mucho sobre el bullying, y el escenario mental se monta en un abrir y cerrar de ojos, que uno recuerda un breve jardín con una efigie mariana en el centro, una especie de profesor-maestrillo herido de diletantismo entre los alumnos de ultimísimo grado, la huidiza fugitiva sombra de un autor (Rojas Zorrilla) perdida ya de manera inencontrable per saecula seculorum en los laberintos de la memoria de ellos (si alguna llegó a pernoctar en sus meninges que sería mucho suponer) pernotando sin embargo y pese a todo en la mía y el gangoso cloquear del jesuitingo que conculca el supremo mandato de su Orden en sus mejores tiempos -aquellos del generalato de Acquaviva se supone, cuarto en los Anales loyolensis que propugnaba el ‘suaviter in modo, fortiter in re’- que abre ahora su boquita de pitiminí rosáceo y es él el que suelta el rebuzno de ¡Hombre, el burro!, que hay como un trepidar de horizontes, un estridor, el pobre remedo de Platero, ya no «pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos» que ni «sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro», y ya nadie le llama ni dulce ni agriamente y es que ha perdido su ‘trotecillo alegre’, y, a la manera de la princesa sonatinera de Rubén, «ha perdido la risa, ha perdido el color», y «el jardín puebla el triunfo de los pavos reales», y qué y cómo decir, se siguen diciendo ‘cosas banales’, y ‘vestido de negro piruetea el bufón’, y ‘sensu lato’, el bulling estaba ahí antes de que nadie supiese nada de esa palabreja, que ya ese burro de la interdicción mostrenca había inserto su cabeza en los cabestros o el ronzal y se ponía, en amarga paciencia a degustar, en ominosa soledad, su peligroso conocimiento de Rojas Zorrilla, en lugar donde nadie se acordaba de ese nombre y de sus obras literarias.

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