El desamor del amor

A medida en que se encone el conflicto catalán, la desconexión emocional de ida y vuelta que provoca dejará más secuelas

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

Llega el verano en su plenitud de luz y- calor y la gente se marcha de vacaciones y, si puede, desconecta. Los últimos acontecimientos de la semana han servido en bandeja algunos argumentos para echar la persiana. El Congreso de los Diputados ha sido incapaz de alcanzar una declaración unánime en el 20 aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco. ¡Qué poco hemos aprendido en 20 años!

Frente a esta imagen de desunión, la mayoría de la Cámara ha podido negociar un acuerdo sobre el techo de gasto enviando, como se dice, un mensaje de 'orden' a Bruselas sobre el control del déficit público. La diferencia entre los cuentos y las cuentas, ya se sabe. Pero esa ausencia de consensos básicos exhibe un punto de frívola estabilidad. Mal presagio para plantearse en estas circunstancias una reforma constitucional que necesitaría una palabra que parece que ha desaparecido del vocabulario: generosidad.

Si miramos a Cataluña, la percepción de esta quiebra se antoja más inquietante si cabe, aunque es una inflamación que, al menos por ahora, no ha alterado la vida social, ni en Cataluña ni en el resto de España, sobre todo, porque no es violenta. Pero el odio es un veneno muy nocivo y se esparce con pasmosa facilidad. La situación se está tensando al máximo, con Carles Puigdemont y su Govern lanzados al órdago de la secesión unilateral, tras una drástica purga de su Ejecutivo; con el Gobierno central dispuesto a impedir a toda costa el referéndum de independencia, como si la fuerza del Código Penal o la amenaza sobre el patrimonio personal de los cargos soberanistas, con lo eficaz que parece resultar, fuera la única panacea milagrosa para que se respete el principio de legalidad. Y con el Partido Socialista en busca afanosa de una 'tercera vía' que le permita ocupar un espacio en el tablero catalán y arrebatárselo a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. Pocos dudan que, más temprano que tarde, los que defienden los puentes serán clave para alumbrar una salida negociada y que los 'comunes' y los socialistas de Iceta tendrán un papel al respecto. Pero, por ahora, las buenas intenciones se estrellan ante un tren que se presenta desbocado y sin frenos.

Asistimos a una ruptura, a un desgarro que encierra una grave dimensión política y en el que, como en todo proceso de divorcio, el reparto de culpas y miserias se presenta airado y controvertido. El factor humano nos remite a una desconexión emocional de ida y vuelta. Una resaca de sentimientos encontrados como si fueran los restos de un naufragio depositados sobre la orilla de la playa vacía cuando baja la marea; troncos y maderas que quedan al descubierto. Una desconexión, no solo de los soberanistas catalanes con España, que se da por descontado, sino de un amplio sector de la sociedad española con 'lo catalán', que se asocia de manera injusta a la etiqueta independentista. y a la arrogancia insufrible de algunos mensajes. Una distancia penosa porque deja a los catalanes que no quieren romper con España un tanto huérfanos de afectos cómplices. Más que nunca, necesitan sentirse arropados y romper las cadenas del silencio.

La función atractiva de vanguardia que ejerció Cataluña durante años parece retroceder hoy con la reaparición de prejuicios y tópicos y el choque de nacionalismos como una pelea de carneros. Una vuelta atrás que produce una pereza cósmica, más aún en un país que condensaba lo contrario por su talante mediterráneo, abierto a la diversidad, al comercio, a la industria, a la síntesis de culturas, a Europa... ¿Dónde ha quedado aquel poético espíritu de mezcla o aquella Cataluña de Serrat con sus 'Paraules de amor? Aquella Cataluña se identificaba con la polis, nunca con la tribu.

Sabemos que la nostalgia es una rentable fábrica de sentimientos y que ahora, quizá, ya sea demasiado tarde para reconstruir aquel paisaje de seducción del pasado. De entrada, las ramas de los agravios nos impiden ver un bosque en el que una variada fauna de pirómanos de todo pelaje y condición ha prendido fuego. En este paisaje semicalcinado se libra la partida del verano como un ajedrez extraño. Algunos dicen que nos faltan emociones fuertes. Hay desamores que, aunque sean civilizados por fuera, queman por dentro como si se tratara de un devastador incendio que deja una seca y triste herencia de fracaso.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos