Democracia de negociación

La creciente polarización y desconfianza que desde hace años han ido ganando en el terreno político contribuyen a dificultar las posibilidad de consenso

DANIEL INNENARITYCatedrático de Filosofía Política e investigador de Ikerbasque en la UPV/EHU

Buena parte de los problemas políticos a los que se enfrentan nuestras sociedades democráticas requieren instituciones y hábitos de negociación. Hay problemas que se solucionan votando y otros que exigen algo más o algo diferente de lo que se consigue cuando una votación configura una mayoría. En estos casos no se trata tanto de votar como de construir ese tipo de voluntad popular que se fracturaría si hubiera que votar, es decir, una victoria de unos contra otros. Hay cuestiones que pueden resolverse simplemente contando los votos, pero hay otras -las más decisivas, las que afectan a las condiciones de la convivencia- para las que hace falta un acuerdo más amplio, es decir, una voluntad política más integradora. Si pasáramos el día contando votos pero sin hablar no tendríamos una verdadera democracia, lo mismo que si estuviéramos continuamente discutiendo y fuéramos incapaces de poner punto final a la discusión y tomar decisiones. La democracia no es ni el reino de los votos ni el de los vetos. Apelar al consenso para ciertas decisiones carece de sentido, pero jugárselo todo a una mayoría accidental puede ser una temeridad política. Para determinadas cuestiones es bueno que las diferencias ideológicas sean nítidas (cuando se trata de elegir, por ejemplo); para otras es mejor que las diferencias hayan sido atenuadas con una negociación previa (a la hora de establecer o modificar las reglas del juego que dotan de estabilidad a nuestra convivencia). La democracia es un sistema político que equilibra discusión y decisión, negociación y resolución, acuerdo y disenso.

Hasta tal punto nos hemos acostumbrado a identificar la democracia con decisiones nítidas -elecciones, plebiscitos- y binarias -entre sí y no, el dentro o fuera, con una estructura antagonista, o decidimos o nos sometemos, o formas parte de la mayoría o de la minoría- que cualquier otro proceso político del que no resulte un campo de batalla sembrado de cadáveres y con unos pocos que se alzan con la victoria total nos parece una pantomima.

Esta manera de ver las cosas se acentúa con la exaltación sin matices del concepto y la práctica de la transparencia cuya absolutización nos lleva a suponer que la discreción equivale a una opacidad injustificada. La creciente polarización y desconfianza que desde hace años han ido ganando terreno en los sistemas políticos contribuyen a dificultar las posibilidades de negociación. Si la democracia es un combate antagonista desarrollado en un escenario público que todos podemos contemplar en cada uno de sus momentos, entonces no hay espacio para la negociación discreta que exigiría cualquier construcción negociada de mayorías más inclusivas. El lenguaje del pacto, la cooperación, el compromiso y la transacción no equivalen necesariamente a la conspiración de las élites contra la lógica democrática, sino, en determinadas ocasiones y para ciertos temas, procedimientos que permiten una mayor inclusividad democrática.

Hay una dimensión competitiva de la democracia, en la que rigen criterios mayoritarios y donde unos ganan y otros pierden, pero también hay una democracia de negociación necesaria para algunos asuntos y que permite una mejor construcción de la voluntad popular que la democracia mayoritaria. Las democracias tienen dimensión competitiva (las elecciones y referendos, las instituciones del antagonismo y el desacuerdo, los juegos de suma cero), pero también otra de negociación (en la que se construyen acuerdos y consensos, los juegos de suma positiva); la primera, que decide según criterios mayoritarios y con procedimientos públicos, está sobrevalorada frente a la segunda, en la que se minimiza e incluso evita la decisión y los procedimientos son más bien discretos. El momento competitivo está eclipsando la dimensión colaborativa de la democracia. El triángulo competición/mayoría/publicidad está infravalorando otros instrumentos del proceso político donde habría más bien cooperación/acuerdo/negociación, que son especialmente apropiados para los problemas que plantean, por ejemplo, las sociedades territorialmente compuestas. Con el pacto no sólo se arbitra entre posiciones contrapuestas, sino que se lleva a cabo una modulación de tales posiciones que permite mayores variaciones que el sí o el no, es decir, que en el fondo refleja mejor la pluralidad social y proporciona a la ciudadanía posibilidades de elección más ajustadas a sus preferencias. ¿Por qué es más democrático votar cuando negociar es una operación que permite integrar más personas en la voluntad popular? ¿Es más democrático optar entre posiciones contrapuestas que para ratificar o no un acuerdo en el que se han integrado múltiples matices?

Algo de esto ha pasado en Cataluña: se han usado instrumentos inadecuados para los fines perseguidos, procedimientos de tipo mayoritario para resolver temas que requieren estrategias de negociación. No era una cuestión de orden público ni judicial, pero tampoco algo que pudiera resolverse con una votación. El hecho de que se haya confiado todo a la aritmética (referéndum o nuevas elecciones) es consecuencia de lo poco que se confía en la posibilidad de arbitrar otros procedimientos políticos más inclusivos. Pensar que un referéndum, con condiciones no pactadas, es capaz de definir un nuevo estatus político resulta tan ilusorio como creer que unas elecciones normales, que como mucho sirven para cambiar de gobierno, iban a disolver un conflicto político cuya verdadera naturaleza no se quiere reconocer. En uno y otro caso se comete el error de confiar a un instrumento para la construcción de mayorías la solución de un problema que requiere la construcción de amplios acuerdos. La democracia mayoritaria es incapaz de lograr lo que en el mejor de los casos se alcanza por medio de la democracia de negociación. No hay atajos para la democracia inclusiva. Dado el nivel ínfimo de diálogo que tenemos, con la confianza por los suelos y una mínima capacidad de transacción por parte de los principales actores políticos, es previsible que nos lleve bastante tiempo recomponer una cultura política de negociación. A quien insista en que ese objetivo es muy difícil o imposible habría que preguntarle si conoce algún milagro más probable.

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