La década prodigiosa

La década prodigiosa
IÑAKI ADÚRIZDoctor en Filosofía y Letras

Ahora que dicen que la poesía está en boga, y releyendo al poeta barcelonés, Jaime Gil de Biedma, descubro una suerte de homenaje necesario a su escritura y a la generación literaria a la que algunos le adscribieron, la de los cincuenta (con él, Ángel González, J. M. Caballero Bonald, J. M. Valverde, Claudio Rodríguez y otros), década del siglo pasado en que publican sus primeros libros. Y todo ello sabiendo que, paradójicamente, su visión del valor de la literatura y, más en concreto, de la poesía, se fue, poco a poco, apagando. Previamente a esto, en su caso, se había ubicado bastante lejos de lo que algunos le identificaban, como, acaso, poeta social en sus primeros años. Ya, cuando apenas le quedaba poco para cumplir los cuarenta, escribió su último libro de poemas -de ahí la denominación, ‘Poemas póstumos (1968)’- y, a partir de 1981, con cincuenta y dos años, dejó de escribir prosa, hasta su muerte, en enero de 1990. Con todo, como digo, el homenaje se hace obligado, más que nada, porque se convirtió en un valor cultural irrepetible, porque capitalizó, con otros -incluso, los más cercanos geográficamente a él, así, el grupo barcelonés, con Gabriel Ferrater y Carlos Barral a la cabeza-, el legado poético transmitido, tras superar años de pernicioso letargo cultural español, desde una tierra, como la catalana, que con frecuencia ha sido pródiga en contrarrestarlo.

Es, sobre todo, ese último poemario, escrito hace ahora cincuenta años, el que puede dar su sello particular y, a la vez, el que compendia temas más o menos comunes de los poetas de dicha generación. Curiosamente, poco tiene que ver el aire de contención, despedida y finalización que se refleja en ellos, con el protagonismo, colorido y aires de apertura que adquieren la imaginación, el verso y la palabra, en la romántica y parisina Revolución de mayo del 68. Y si hay alguna coincidencia es porque ya estaba dada de antemano, en una obra anterior de búsqueda de la condición humana con aires existencialistas. Curiosamente, también, son, como su nombre, ‘poemas póstumos’, una despedida y una muerte, pero, artificiales, retóricas, que explican, no que el autor fallece, de veras, sino que el sujeto poético que los crea ya no a va a existir más. De alguna manera, es una explicación al lector de que el creador poético muere (hablo del poema ‘Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma’), aunque la persona siga viviendo. Y con ese morir creador, también, fenecen su proyección cultural y artística, y los temas incorporados a ella, cantados o poetizados, a lo largo de su vida.

De estos, imposible no señalar el de la memoria, el del recuerdo de los acontecimientos vividos, de las anécdotas familiares, el de la rememoración de encuentros difíciles de soslayar en la vida de cualquiera, de los hechos históricos para la obligada reflexión, de los hábitos continuados o ya dejados. Si en la poesía el paso del tiempo es un instrumento esencial, ahora se vuelve significativo y, en unos años de enorme sequía intelectual, la memoria se transforma, así, en una especie de herramienta revolucionaria que pasa inadvertida, para la mayoría de una población empeñada en mirar a un futuro que le aleje del drama vivido, al final de los años treinta. Fue, o fueron, pues, los primeros -niños de la retaguardia de la Guerra Civil- en reivindicar una memoria vital, relevante para la macha de un país, ya cantada para los que habían padecido el exilio, que luego, con el transcurso del tiempo se iba a oficializar en lo que hoy se conoce como ‘memoria histórica’. Nada mejor que, para atesorar esta, empezar a leer, por ejemplo, algún poema de Jaime Gil de Biedma, de aquellos años, acaso, ‘Apología y petición’ (Moralidades, 1966), alejado sin duda de la falacia metafísica, dada en torno a los ‘males de la patria’ y al tema de España, de cualquier aldeanismo o de «entelequias privilegiadas por alguna gracia de la que están excluidos el resto de los humanos» (J. García Hortelano).

Unido a este tema, tampoco resulta fácil no subrayar otro, o sea, el efecto corrosivo del paso del tiempo en las personas. Aunque, sin alardes efusivos, con ironía, sarcasmo y socarronería, estos líderes del intelecto poético lo supieron racionalizar e innovar. El inevitable declive del ser humano no se queda en eso, solamente, sino que hace germinar nuevas sensaciones, «una segunda naturaleza», de mayores, que hacen que la vida no se agote por serlo, sino que se vea la prórroga dada de la ancianidad, como una nueva y dilatada dimensión vital. En el caso, otra vez, de Gil de Biedma, la gravedad de un poema como ‘De senectute’ (último verso: «de la vida me acuerdo, pero dónde está») recupera su equilibrio en el titulado ‘Artes de ser maduro’, en el que, tras la tentación placentera, se sabe asumirla y perdurarla, hasta que, en la última estrofa, termina diciendo que «envejecer tiene su gracia y es igual que de joven aprender a bailar…».

Tras esto, el lector habrá deducido sin esfuerzos el valor dado a la lengua y, en general, a la obra bien hecha, por parte de estos autores. Algo, esto último, también, que obliga a meditar, ante la gratificación concedida hoy día a lo micro y urgente de los discursos.

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