Deberes para los nuevos tiempos

Al final, algunos tendrán que elegir de una vez y desnivelar la balanza, porque jugar a dos barajas acaba por no ser eternamente posible

ANTONIO RIVERA

Cuántas personas y grupos organizados de personas (partidos, sindicatos, asociaciones…) hemos cambiado de opinión desde aquel ya lejano 20 de octubre de 2011 o desde el más cercano 3 de mayo pasado? Se atribuye al economista John M. Keynes aquello de que «cuando las circunstancias cambian, yo cambio de opinión». Parece tan lógico como elemental, pero es también inhabitual. En nuestro caso, han cambiado las circunstancias y contextos -la banda terrorista, definitivamente, no existe-, pero los agentes y su disposición no se nota que hayan variado. Tampoco lo han hecho los ciudadanos; seguro que yo el primero que no lo ha hecho. De manera que las anteriores situaciones se avistan hoy de la misma manera que si el factor determinante -la existencia de ETA- persistiera. Y no es así.

El mundo de ETA, la izquierda abertzale, continúa apegado al recuerdo vivo de su madre nutricia, la banda terrorista. Se despide de ella en un funeral con honores y agradecimientos, e incluso con entusiasmo forzado, como si hubiera ganado. No renuncia a ese pasado y lo sostiene como quintaesencia de su ser. Más allá de pedir disculpas no se atisba mayor autocrítica. Posiblemente sea todavía pronto; lo peor es tener que pensar que vaya a ser finalmente imposible. Sus adeptos se debaten entre los que estimularán algún reconocimiento para poder entrar de una vez con todas las posibilidades en el juego de poder resultante de las elecciones y los que enseguida se alterarán al ver que en esta democracia liberal todos los sueños tardan en realizarse.

Los nacionalistas no violentos y gubernamentales le ponen una vela a Dios y otra a Satanás. Unos van a Cambo por si acaso la inasistencia al funeral descuenta puntos entre la parroquia patriótica y otro se rasga las vestiduras ante la tardanza en los cambios de los abertzales. En misa y en la procesión. Una estrategia rentable y reconocida solo para el PNV; similares expresiones en el resto son muestra de división interna y debilidad. El lehendakari reclama solemne una democracia pluralista que respete la memoria de las víctimas y sus apparatchik jelkides pergeñan un preámbulo de nuevo Estatuto con todo el sabor rancio y reaccionario de una nacionalidad homogénea, eterna, exclusiva y excluyente. Puede ser retórica, pero ya hemos jugado con esos fuegos antes y hemos resultado abrasados. Las sociedades se fracturan y los incendiarios de fuegos verdaderos encuentran respaldos innecesarios.

Los populares y su gobierno en España se sostenían en el inmovilismo hasta el final definitivo de ETA. Ya se ha producido. Pueden añadir ahora como exigencia el reconocimiento de su culpa, pero todo el mundo sabe que sus decisiones quedan al albur de necesidades globales en Madrid y de intermedios virtuosos que no espanten a grupos refractarios (nacionalistas y Ciudadanos). Los socialistas dieron pasos favorables a una nueva política penitenciaria, pero en este tema tampoco se les tiene muy en cuenta.

Y, sin embargo, las cosas deberían rodar a medio plazo de otra manera. La izquierda abertzale debería acercarse al «suelo ético» que le espera en el Parlamento vasco si pretende ganar respetabilidad tras medio siglo respaldando el terrorismo. El PNV debería desvelarnos de una vez si su Euzkadi tiene más que ver con el recuerdo de las víctimas o con la gasolina ideológica que las convirtió en tales: o una Euskadi plural o la homogeneizada que pretendió ETA. Ya le vale de deambular y despistar. El Partido Popular debiera abrirse a la evidencia de que políticas como la dispersión o el rechazo de plano a la reinserción ya pertenecen a un tiempo preventivo acabado. De hecho, todo parece que la evidencia se abre paso. Los socialistas, como avanzados, podrían hacer un esfuerzo fijando los límites y posibilidades de políticas de memoria pública, de reinserción y acercamiento de presos, de estrategias educativas para evitar la repetición del mal fanático, de reconocimiento y reparación de las víctimas. Podemos podría acompañarlos en ello.

El día después acumula muy diversos flancos. Están los urgentes y los importantes. Los primeros siguen afectando a los más tocados por la violencia: de las víctimas a los victimarios presos o huidos, de la clarificación de los casos no resueltos al sometimiento a las exigencias aceptadas del Código Penal para su hipotética reinserción. Los segundos tienen que ver con el tipo de sociedad que pretendemos construir. El recuerdo de las víctimas y la apuesta por el nunca más pueden ser una piedra angular de ese nuevo Estatuto, pero puede serlo alternativamente el completo olvido de ese pasado y el desvanecimiento de su historia, su memoria y la responsabilidad particular y colectiva por el mismo. Esa elección, necesaria, lleva a un Preámbulo y a un articulado característico de una sociedad que es, se pretende y defiende su pluralidad interna o de otra que apuesta por la homogeneidad, el ensimismamiento y la comunidad fósil. Al final, algunos tendrán que elegir de una vez y desnivelar la balanza, porque jugar a dos barajas acaba por no ser eternamente posible.

En todo caso, y aunque el axioma invitaba a no moverse en tiempos inciertos, todos deberíamos, en el marco del Estado de derecho, hacer un ejercicio de apertura a nuevas posibilidades, a respuestas diferentes para tiempos diferentes. Eso sí, con toda la prudencia del mundo. En esto también, el gato escaldado huye del agua fría.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos