Contra las cuerdas

MANUEL MONTERO

El ndependentismo catalán ha entrado en una fase insurreccional y va alcanzando sus propósitos desestabilizadores. La democracia está en el peor momento de sus cuarenta años. Una y otra vez las iniciativas independentistas están teniendo éxito mientras los defensores de la Constitución van a la contra, perdiendo posiciones.

Vale de ejemplo lo sucedido el domingo pasado. Los independentistas lograron convertir el referéndum-farsa en la escenificación de un pueblo en lucha, saldando la jornada con un éxito político de primera magnitud y audiencia internacional, manipulaciones al margen. Consiguieron hacer creíble la imagen de un pueblo masacrado por el Gobierno, sin más pecado que sus ansias democráticas. A ojos del telespectador ha dejado de contar la mayoría de catalanes marginados por sus gobernantes. Está calando la especie retorcida de que la legalidad es relativa y debe ceder ante quien proclama que actúa por la democracia.

Asombra la disciplina y organización de la jornada de lucha, 1-O: la instrucción para ocupar centros electorales y formar grandes colas, la desaparición de la imaginería independentista -tras años de salir a la calle con esteladas una y otra vez, en especial en las 'jornadas patrióticas'-, la inexistencia de conatos agresivos de los antisistema, complemento habitual en las movilizaciones catalanas. Hay organización... y hay obediencia, pues hubo multitudes que siguieron las instrucciones.

En el otro lado están quienes deben defender la Constitución: la imagen desazona profundamente. Por lo que se vio, la transformación del referéndum en otro tipo de demostración política cogió in albis al Gobierno. Se habían vertido advertencias, y parecía obvia al menos desde el día anterior, pero la desobediencia de los Mossos pareció cogerle por sorpresa y no sabemos si improvisó el operativo policial, pero dio esa impresión. El referéndum había ya fracasado, pues desde que se anunció 'el censo universal' el montaje ya no tenía ninguna credibilidad, no pasaba de pucherazo cutre. No le importó al Gobierno, que envió a las fuerzas de orden a cumplir su encargo en el guión, papel 'represores del pueblo'.

Desde que hace cinco años empezó esta historia, el Gobierno ha ido siempre a remolque. En ningún momento ha tomado la iniciativa. El mismo domingo parecía conformarse con asegurar que no se había producido un referéndum, dada su ilegalidad, pero eso se sabía ya. Sorprende su aparente ignorancia sobre los efectos de la escenificación que estaba en marcha. ¿No se enteran nunca de nada? ¿Cómo es posible que compraran las urnas-cachibache a una empresa china, las trajeran a España, las distribuyeran 'clandestinamente' sin que se percataran los servicios de 'inteligencia'?

Hemos tenido mala suerte: la principal agresión que ha recibido la democracia española nos ha cogido con un Gobierno incompetente. Quizás no sea azar sino que haya relación causa-efecto. El Gobierno ha demostrado una ineptitud galáctica. Está a verlas venir, a veces de mero comentarista. No está defendiendo debidamente la democracia, pues no basta tener razón, sino que su responsabilidad es evitar la agresión al sistema constitucional. ¿Vale dejar hacer cuando se incumple la legislación, el Parlament se carga el Estatuto de autonomía y las autoridades autonómicas llaman a delinquir? ¿Sólo cabe estar a la espera? Es posible que sus temores radiquen en que cualquier medida salga mal y le caiga la intemerata, pero los gobiernos están para gobernar, no para escribir artículos de opinión.

La otra pata el régimen constitucional, otra que tal: la actuación del PSOE en esta crisis es de las que hacen época. Por ejemplo: la víspera del referéndum/insurrección, Sánchez echaba en cara a Rajoy su preferencia por usar los tribunales para gestionar la crisis catalana; dos días después, ante la eventualidad de la aplicación del artículo 155, López aconseja que sólo actúe el Tribunal Constitucional. ¿En qué quedamos? Juegan a la equidistancia, como si atisbasen la posibilidad de llegar al poder y esto les interesase más que contener la quiebra política.

¿Seguirá la misma tónica si el martes (o así) proclaman la independencia? ¿El PP se contentará con mostrar su disgusto, sin más, y el PSOE oteará a ver si pesca en río revuelto?

Los partidos de gobierno no se muestran capaces de afrontar una crisis de esta envergadura. No es que esperemos que se conviertan en estadistas (¡ay!), pero que al menos cumplan. Rajoy actúa como si no quisiera meterse en líos. No está y se le espera, pero no llega. Del PSOE puede la imagen de que busca réditos electorales. Se queda en su invocación al diálogo, tramposa, falaz... y escapista, mientras no sepamos de qué quiere hablar. ¿Del Día de la Independencia?, ¿de una Comunidad de Estados Ibéricos para las Olimpiadas y el mundial?, ¿sobre las condiciones independentistas para recuperar un amago de normalidad?, ¿del estatus político de los no nacionalistas en la Cataluña independiente?

Los promotores del 'procès' no son unos linces, salvo en el victimismo. ¡Están asombrados por la fuga de bancos, tras haberlos espantado! «Se van a los Países Catalanes y no a Madrid», se consuela Junqueras, sorprendiendo a quienes pensaban que ya era imposible un grado más en las boberías. Con capacidades tan limitadas han sido capaces de poner contra las cuerdas a un Estado democrático. Nuestros dirigentes carecen de liderazgo, no saben qué hacer y temen que les llamen fachas. Seguiremos en caída libre, mientras se mantengan la incapacidad de anticipación y la desunión democrática.

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