Cuatro puertas para Durango

PATXI ZUBIZARRETAESCRITOR

Puesto que carezco del don de la ubicuidad, este año no podré acercarme a Durango. Pero tampoco puedo quejarme porque, ahora que enmudece el día, el agua tibia del balneario de Panticosa me abraza mientras contemplo cómo cae la nieve sobre esta terraza. Las sombras de las enormes montañas que me rodean hacen que me sienta como un jilguerillo sin plumas y una asociación de ideas dictada por los recuerdos recientes me trae a la memoria la emocionante película 'Handia', de Aitor Arregi y Jon Garaño: las personas que contemplaron al gigante de Altzo debieron de sentir un sobrecogimiento parecido al mío aquí y, paradójicamente, aquel hombretón que parecía no terminar nunca tuvo que sentir un estremecimiento igual en la escena en la que se adentra en la inmensidad del mar. La corriente de agua dulce que me envuelve trae a mi memoria las palabras de Karen Blixen: «La cura para todo es siempre el agua salada: el sudor, las lágrimas o el mar».

Desconozco el motivo por el que evoco ahora aquel poema de Eduardo García que señala las cuatro puertas que guardamos en nuestro interior; quizá sea porque somos seres añorantes y nunca terminamos de estar donde estamos, ni del todo en Panticosa ni del todo en Durango...

1. La puerta del instante prodigioso: recuerdo vívidamente la primera visita que el escritorzuelo que yo era entonces, cuando vivía veinticinco horas al día, realizó a la feria del libro y disco con su primera novela bajo el brazo (hoy me esfuerzo en ocultarla y no dejar rastro de ella...). Más tarde conocí las ferias del libro de Turín o de Fráncfort, y pude experimentar en mis carnes la teoría de la relatividad: lo que hasta entonces me parecía inmenso apenas era un grano de arena en el mundo editorial... Pero seguí disfrutando del instante prodigioso, descubrí mi epifanía particular, hace unos años, gracias a la visita al Duranguesado que me obsequió Jon Irazabal, de la asociación Gerediaga. Mi memoria se recrea en el recorrido que hicimos a Goiuria, el balcón con esa vista privilegiada sobre Durango, frente al Anboto; en la misteriosa necrópolis de San Juan de Momoitio; en Garai y, especialmente, en el conjunto Juradero de Gerediaga, donde descubrí los doce asientos de piedra correspondientes a los representantes de las anteiglesias de la Junta de la Merindad del Duranguesado, y el central donde se sentaba el Merino o Teniente Corregidor; visitamos también la cárcel de Astola y la impresionante torre palaciega de Muntsaratz, y finalmente recogimos todos esos instantes maravillosos en una especie de mapa, en el librito 'Merioaren ibilbidea' (La ruta del Merino), que nos ofrece un resquicio para acceder a nuestro pasado.

2. La puerta de la infancia recobrada: me recorre un escalofrío húmedo cuando la única persona que me acompañaba en los baños se retira y se embute en su albornoz blanco; me inquieta sentirme observado por alguien, quizá por alguna bestia: puede que el lobo que encarna nuestros miedos y temores, y que tan exquisitamente reflejó Juan Kruz Igerabide en su cuento 'Jonas eta hozkailu beldurtia' (Jonás y el frigorífico miedoso). Al carecer del don de la ubicuidad, desde aquí no puedo hacerme ni con ese ni con el libro 'Bi otso zuri' (Dos lobos blancos) de Antonio Ventura, 'Otsoaren begia' (El ojo del lobo) de Daniel Pennac o con el cuento de Jack London 'Bizitzaren legea' (La ley de la vida), traducido en la antología Ipuin gogoangarriak de Iñaki Aldekoa, que vuelve a presentarnos al lobo aterrador. En cualquier caso, desconozco si los regalaría como he hecho en tantas ocasiones o los releería avariciosamente...

3. La puerta del jardín de los deseos: Un libro puede ser el mejor de los regalos, un jardín -o un bosque- que se lleva en el bolsillo. Si dispusiera por un rato del don de la ubicuidad, este año no sabría por qué puerta decantarme: si por la que ofrece la ansiada novela 'Horma' de Anjel Lertxundi o por la de 'Goldsmithen ikaslea' de Joxean Agirre, que es como leer a Max Frisch y Ramon Saizarbitoria juntos; no sabría si dejarme atrapar por los relatos de Arantxa Iturbe ('Honetara ezkero') o los de Eider Rodríguez ('Bihotz handiegia'); aunque también me tienta la última traducción de Amélie Nothomb, 'Hodien metafisika'...

4. La puerta de la nada imponderable: Durango también puede ser un lugar talismánico donde podemos encontrarnos con excéntricos personajes involucrados en la industria de lo inútil: allí no encontraremos el último grito en máquinas herramienta, ni en alta tecnología, ni nos sorprenderán robots de última generación; por el contrario, se nos ofrece la posibilidad de abrir la puerta del club de los negocios raros, por decirlo con palabras de Chesterton, donde se reúnen creadores empeñados en pergeñar proyectos ilusorios, que apenas nos ofrecen algo más que mirar las cosas desgastadas bajo un prisma diferente o nuevo, incluso en el caso de quienes que traspasaron la ultimísima puerta: este año Mikel Laboa nos espera en el último disco de Delorean y Koldo Izagirre recoge la mejor poesía de Xabier Lete en su antología 'Elurra ikusi dut'. Y ahora, que apenas nevisquea, a pesar de no poder estar en dos lugares a la vez, me embarga la placentera idea de que los libros siguen ofreciéndonos la posibilidad de abrir cuatro puertas y de vivir dos veces. Me han hablado de otro gigante que nació en Sallent de Gállego, un tal Arrudi. Seguro que algún libro cuenta su historia.

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