La cruz de Pagoeta

MIKEL GOENAGACoordinador de EA de Gipuzkoa y concejal de EH Bildu en Zarautz

El 3 de junio de 1935 un hombre abandonó urgentemente los trabajos de colocación de la cruz del monte Pagoeta, cuando le avisaron de que su hijo estaba a punto de nacer. Ese niño se convertiría en el «alcalde de Gipuzkoa», Imanol Murua.

La cruz de Pagoeta, ese símbolo tan añorado en Zarautz, tendría la misma edad que Imanol, fallecido hace ahora diez años. La cruz dejó marca física en la cima del Pagoeta, de la misma forma que Imanol dejo su impronta en la sociedad zarauztarra y guipuzcoana, por su ejemplar recorrido por la vida pública.

Nacido en una época convulsa -aita, gudari; ama y hermanos en el exilio; viviendo en el caserío familiar de la amona- comenzó a trabajar a los ocho años, como cady en el golf de Iñurritza. Esas condiciones adversas forjaron la personalidad de Imanol Murua, que posteriormente comenzó a trabajar de profesor en los Antonianos. Su bautismo político llegó en el tardofranquismo, fue en el Ayuntamiento de Zarautz, y tuvo un objetivo muy concreto: crear la ikastola, que se inauguró en 1976. Posteriormente, fue concejal y alcalde; diputado de Cultura y diputado general.

Murua dejó poso en las instituciones por las que pasó debido a su carácter, fuertes convicciones y honradez. En la época de Gúrtel y los máster comprados, es difícil entender el nivel de honradez y coherencia que mantuvo Imanol Murua durante su vida política y las consecuencias que pagó por ello.

Imanol Murua, el hombre tranquilo al que le gustaba jugar al golf y salir a pescar en su txalupa, sufrió una presión inaguantable en la época del debate sobre el recorrido de la autovía de Leitzaran. Y se mantuvo inflexible, actuó en coherencia y de acuerdo con su conciencia.

Tantos años después, recordar el negro episodio de la autovía de Leitzaran es recordar la historia de traiciones del PNV y el juego de Herri Batasuna frente a la coherencia de Imanol. En aquella época, Murua mantuvo una postura ética en la que se negó a avalar el cambio de trazado de la autovía, convencido como estaba que sería prevaricar y, más aun, engañar a la sociedad guipuzcoana cambiar el mejor recorrido, el más seguro y sostenible por el defendido por la campaña de algunos grupos ecologistas y lamentablemente prostituido por ETA.

Imanol Murua hubiese sido diputado general por tercera vez si hubiera accedido a cambiar el trazado y él lo sabía porque HB trasladó a EA su disposición a facilitar su continuidad al frente de la Diputación en esos términos. El PNV, sin embargo, aceptó una modificación express del trazado, asegurándose que los votos de HB no irían a EA y formando gobierno con el PSE. Cosas de la vida, la misma fórmula de gobierno que sufrimos en estos momentos en Gipuzkoa y en Zarautz.

La historia de Gipuzkoa sería diferente si la coherencia y ética de Imanol Murua fueran moneda común en la política. Pero no hay muchos como él. Y es que Imanol no era de los que iban por el camino fácil, su radical pacifismo le llevó otra vez a sufrir presión -esta vez del mismísimo Ejército español y también de la Justicia- cuando se negó a colaborar con la Armada para facilitar el reclutamiento de mozos para la mili, en plena época de auge del movimiento insumiso previo a la abolición del servicio militar obligatorio.

Otro momento duro en la vida institucional de Murua fue el asesinato de José Ignacio Iruretagoyena, concejal popular de la Corporación que presidía, y él volvió a dar la talla con un intachable discurso ético y su actitud democrática en defensa de los derechos humanos.

Estos días, en el aniversario de su muerte, EA de Zarautz recuerda a este hombre que dejó su impronta en muchos rincones del municipio y reivindica sobre todo aquello que no se ve: su honradez, su concepción de la política como servicio público y su coherencia en las condiciones más adversas en lo político y en lo personal. Necesitamos más personas como Imanol.

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