La crisis catalana y el fin del péndulo

MIGUEL SARALEGUI

Desde que Santiago de Pablo y Ludger Mees publicaron la historia del PNV con el título de ‘El péndulo patriótico’, esta imagen se ha convertido en un cliché útil para explicar la relación de este partido con España. El péndulo se movería del extremo soberanista al autonomista. El soberanista reclamaría la independencia del País Vasco como proyecto último, cualquier otro plan solo sería aceptable de modo táctico como paso a esa independencia total futura. En cambio, el autonomista no consideraría necesario establecer un proyecto político acorde a la particularidad vasca. Incluso si el autonomista puede considerar interesada la relación con España, la estrategia no conduciría inevitablemente a la ruptura.

El guión del péndulo parece haberse cumplido en estos últimos años: al soberanista Ibarretxe lo sustituyó el autonomista Íñigo Urkullu. A pesar de que es posible atribuir una identidad soberanista o autonomista a cada una de las grandes figuras del nacionalismo vasco, este movimiento pendular es constitutivo de cada uno de sus miembros. La brillantez de la metáfora reside en que ambos extremos del péndulo describen a todo peneuvista, incluyendo los vaivenes, sinceros o no, de su fundador.

Esta naturaleza dual, más constitutiva que interesada, ha hecho del PNV y del Gobierno Vasco un negociante formidable con la Administración central desde el comienzo de la Transición. La posibilidad de ser entendido como solo autonomista permitía que, cuando un vencedor no alcanzaba la mayoría absoluta, el PNV se viera como el aliado natural. Evidentemente, si el PNV solo hubiera sido soberanista o si el autonomismo se hubiera percibido como una máscara frágil, la negociación habría resultado más difícil. Por otra parte, la cara soberanista también daba una ventaja. El lado soberanista establecía un límite a la negociación, el cual la convertía en perpetua, ya que cualquier resultado que no se materializase en independencia podría juzgarse como un premio de consolación.

Como ningún otro acontecimiento desde la Transición, la crisis catalana afecta a la identidad pendular del PNV. En primer lugar, ha dejado claro cómo responderá el Estado ante un plantón soberanista. Hasta la Declaración Unilateral de Independencia del 10 de octubre de 2017, existían dudas razonables sobre cómo reaccionaría el Estado central. Ibarretxe renunció a su plan en el preciso momento en que la legalidad ya no le permitía ir más allá. El nacionalista más radical que criticó al exlehendakari por su tibieza tiene ahora la certeza del desastre, político y económico, que hubiera supuesto una conducta unilateral. Si antes de la DUI, el 155 vivía en un limbo difuso hasta para el constitucionalista más experto, hoy sabemos cómo funciona y qué consecuencias posee. Si la aplicación del 155 no es una reforma constitucional, sí es al menos un apéndice muy significativo, hasta ahora desconocido, de la Constitución de 1978. Se trata de una decisión costosa y grave para el Estado central, la cual, sin embargo, será tomada hasta por un político, como Rajoy, sin ninguna afinidad con las emociones fuertes.

La crisis catalana afecta al PNV por un segundo motivo, más relevante al tener que ver con su proyección electoral. El PNV es un partido con una historia paralela con el nacionalismo catalán, de quien, sobre todo en los momentos iniciales de su historia, recibió inspiración y formación. Si la CiU que inició el procés con Artur Mas como líder, se hubiera robustecido o hubiera mantenido la hegemonía sobre la sociedad catalana, alguna cabeza soberanista del PNV podría haber exigido un comportamiento similar. Más allá de que hubiera constituido un descalabro para el País Vasco, podría haberse convertido en un éxito para el PNV. ¿Qué nos revela el proceso independentista? Confirma un viejo principio de la teoría revolucionaria: quienes comienzan las revoluciones se quedan anticuados rápidamente.

Esta situación afecta a la identidad soberanista. Ya no existe la posibilidad de jugar con una amenaza difusa, pues el soberanismo conoce ahora las consecuencias reales y costosas de una decisión unilateral. Ante la ejecución de un plan soberanista, el Estado intervendrá mejor o peor, las empresas se marcharán, el Gobierno nacionalista se quedará marginado de Europa. El soberanismo ya no sirve ni siquiera como disposición táctica, salvo para partidos marginales, constitutivamente parciales, no para un partido de sociedad como el PNV. Gracias a sus dos almas, esta situación no es dramática para el PNV, incluso si sabe que deberá renunciar a votantes independentistas duros. Debe actualizar su identidad, ser consciente de que el soberanismo ya no es una posibilidad, ni siquiera como fondo para una negociación con Madrid. Se trata de una decisión coherente con su historia, pues en el País Vasco siempre prefirió gobernar con el PSOE. El PNV seguirá siendo un péndulo: el ADN no se cambia. Sin embargo, deberá aceptar que el bienestar del País Vasco y su futuro como partido hegemónico pasa por amarrarse al extremo autonomista.

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