Las costumbres

Las costumbres
SANTIAGO AIZARNA

De la costumbre de amar' (tan vulgar como común y personal según se mire) escribió un buen relato Doris Lessing, escritora británica a la que le nacieron en Persia, que vivió su juventud en Rodesia y a la que le hicieron sabedora de habérsele concedido el Nobel en 2007 en las escaleras de su casa cuando volvía a ella de regreso de hacer la compra (una estupefactiva foto que dio la vuelta al mundo). De 'la costumbre de amar' a la de vivir no hay diferencia: la consecuencia clara está en que todo es costumbre.

Viene a cuento esta digresión en tiempos como éstos de profusa entonación próximos a la Navidad en las que, más o menos, todos nos vemos involucrados de alguna manera bien sea en costumbres culinarias que se nos volvieron tan clásicas que parece que nada hay que pudiera sustituirlas, séase con platos de degustación de productos procedentes de mar o tierra (oceánicas o de corral o de matadero en lo sólido como de viñedos, cavas, etc, en lo líquido), las recetas que se guardan con esmero, la cocina en un primer plano recordando la animalidad de nuestro estómago; ser y esencia aun con el grupo de los vegetarianos que siempre se ha sabido que ese juego dual entre espíritu y cuerpo solo tuvo lugar en andamientos no se bien si tan candentes como decadentes.

Bien se sabe también que otros juegos correspondientes a estos días un tanto icónicos como irónicos, habría que buscarlo en los difíciles senderos de la convivencia humana, tales como loterías y otros colutorios a los que se añadiría, por esta vez, unas urnas dicen que transparentes (que no parecieran ser los más indicados) así como floridos senderos por donde transitaba según confesiones propias, el poeta con su tambor, que es ése otro terreno de los parabienes, felicitaciones, etc, siéntase o no la sobrecarga de la amistad o el amor, pues que ambos a dos proceden de la misma raíz aunque también para esta otra regalía mejor sería también recurrir al costumbrismo que todo lo enjareta en sus dominios sin que importe ni poco ni mucho el sentimiento en vivo, que lo que de verdad importa siempre será la costumbre a destajo en el mejor de los casos, que si en el peor fuera, asomaría con tan mustia voluntad de correspondencia que hasta se nos chamuscara el genio; otrosí de musiquillas de más o menos remota infancia que vuelven y vuelven y vienen a volver (que este ritornelo ya nos presagia resonancias calafateadas de villancicos); sabores y hasta olores que persisten aun para los que perdimos olfato si alguna vez lo tuvimos (que lo dudo); letra y tonada muy allá en el fondo de las meninges aun para los que nunca tuvimos oído y dimos gracias por ello (no sé a quién) que, ¡qué mejor oído que ir paladeando el silencio!

'Vivir -ya se sabe, como nos lo dejó por escrito en su mejor prosa que escribiera Azorín- 'es ver pasar: ver pasar allá en lo alto, las nubes. Mejor diríamos: vivir es ver volver. Es ver volver todo un retorno perdurable, eterno; ver volver todo -angustia, alegrías, esperanzas-, como esas nubes que son siempre distintas y siempre las mismas, como esas nubes fugaces e inmutables», palabras adecuadamente colocadas en su correspondiente lugar para hilar la escena matrimonial y patrimonial de la sucesión en el altar de las ofrendas discursivas el entronque sucesorio de Calixto y Melibea sobre el plinto de la memoria inolvidable aun contra el chantaje del Alzheimer.

Para mejor acordarnos de éstas y otras peripecias, lo más recomendable sería no dar ardite a semejantes cavilaciones y, para el trance, no sé si mejor o peor ponerse delante o no ante el señuelo de los calendarios que, aunque sin duda alguna con mucha peor prosa que la de Azorín, disentiríamos igualmente de lo que vivir sea o se supone, que, para quien esto escribe es estarse enfermo desde el mismo momento de su nacimiento de una dolencia letal, y eso cuando las circunstancias resultan ser buenas que, bien es verdad que todo puede ir a peor en cualquier tiempo y lugar.

Sustituyendo la aserción por la imagen, cualquiera pudiera pensar que vivir es ir poniendo, uno encima de otro, cuantos calendarios hemos ido acumulando a lo largo (o corto) de nuestra vida y, junto con ellos, si hemos sido lo suficientemente precavidos, algunas páginas de diario personal o hasta íntimo, con las respectivas balas con las que se nos ha embestido, que esto, en definitiva, habrá sido vivir, es decir, calendariar -pido perdón por el neologismo nefando- nuestra existencia, y para restaurar o superar en cierto modo el papirotazo inclemente incurso en sus dobleces al igual que ese resquemor de impotente intento de venganza que un nuevo calendario nos supone y, para disimularlo, dotarlo de panorámicas insuperables en las que se lucen los mejores fotógrafos.

De las costumbres ¡líbrenos, Señor! nunca elevará el chamán su oración por estar él mismo de tal guisa establecido y conformado, tan informado, que sabe que son las costumbres las convenientes en arrastrar y arrostrar en cualquier momento que hubiere necesidad de usarlas.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos