Corrupción en juego

EDITORIAL

La detención de Ángel María Villar deja en evidencia tres décadas de gestión opaca al calor del fútbol a la que se atribuyen ahora graves ilícitos penales

La detención ayer del que parecía eterno presidente de la Federación Española de Fútbol (RFEF), Ángel María Villar, y de su hijo Gorka, como presuntos cabecillas de una trama de enriquecimiento ilícito a costa, entre otras maniobras, de la rentabilidad que ofrecen los éxitos y el prestigio de La Roja, señala directamente a quien siempre había logrado salir airoso de las sospechas y recelos que generaba su poder deportivo. Al tiempo que vuelve a dejar al descubierto las miserias y corruptelas que rodean al mundo del balón bañado en sumas multimillonarias.

Las investigaciones de la UCO de la Guardia Civil, prolongadas durante más de un año y cimentadas en conversaciones telefónicas de contenido al parecer muy comprometedor para los arrestados, salpican también al vicepresidente económico de la federación y a varias de sus divisiones territoriales, perfilando una red de intereses común a otros sumarios de corrupción en los que confluyen la posición relevante de los investigados y la oportunidad de amasar cantidades apreciables de dinero por la vía de la comisiones y/o del saqueo del erario. Es el puzle que conforman las acusaciones que pesan contra Villar y su vástago: administración desleal, apropiación indebida, corrupción entre particulares, falsedad documental y alzamiento de bienes. A ambos se les imputa haber obtenido 'mordidas' de la celebración de partidos de la selección española y de haber comprado el favor de algunas federaciones afines para garantizar la hegemonía del hasta ayer intocable presidente de la federación.

De acreditarse, los dos reproches penales son gravísimos: el primero supone pervertir en beneficio propio lo que significa La Roja para millones de aficionados dentro y fuera del país; el segundo habría adulterado la legítima liza por dirigir la RFEF. No cabe atribuir responsabilidades genéricas ni al dinero que mueve el fútbol ni a cómo se gestiona, porque eso es injusto y tiende a exonerar de las culpas estrictamente personales que puedan haber contraído Villar y el resto de detenidos. Pero sí resulta tan inquietante como contraproducente la condescendencia con que tiende a observarse lo que ocurre con un deporte que concita un masivo respaldo social.

La investigación sobre Villar permitirá esclarecer si solo hubo permisividad hacia el oscurantismo de sus tres décadas al mando del balompié español o si existió algo más: desidia, tolerancia e incluso complicidad del entramado institucional hacia sus prácticas eventualmente irregulares. Junto a ello, aficionados y no aficionados deberían reaccionar ante este tipo de ilícitos con el mismo rigor que aplican ya a otros episodios recurrentes de corrupción.

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