Correcalles secesionista

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ

Millones de ciudadanos volverán a asomarse hoy a la realidad catalana conteniendo el aliento sobre si el Parlament de mayoría secesionista proclamará la república o no. Sobre si Carles Puigdemont amagará con recular, como hizo durante buena parte de la extenuante -otra más- jornada de ayer-; sobre si se producirá una fuga de votos contra la DUI en el bloque separatista; sobre si el Gobierno se inclinará por un escarmiento -al que debería renunciar aunque sea como tentación- o si jugará con congelar la aplicación del 155 una vez lo apruebe el Senado y en función de las circunstancias; o si... vaya usted a saber, porque todo lo imaginable y lo que no caben desde hace tiempo en Cataluña. No es que la crisis, como reza el lugar común, haya desterrado la política del momento más delicado para la democracia española desde la Transición. Es que la política, entendida como el arte de lo posible, ha muerto en la gestión diaria de la huida hacia delante emprendida por Junts pel Sí y la CUP desde que el 6 de septiembre optaron por desbordar la legalidad estatutaria y constitucional. La épica y el pretendido romanticismo del viaje hacia la Ítaca republicana se han transformado en un incontrolable correcalles. Correcalles en los despachos del Palau y del Parlament, donde se puede pasar en un mediodía de convocar elecciones a volver a colocar sobre la mesa la DUI . Y correcalles en el asfalto barcelonés, cuajado de militantes independentistas que combaten la ansiedad fuera de sus casas desde hace semanas. Con Cataluña erigida en un laboratorio de sentimientos a flor de piel, Puigdemont, independentista desde que llevaba pantalón corto, ha tenido ya la ocasión de verle las orejas al lobo que tilda de traidores y ‘botiflers’ a todos los que osan moverse mínimamente haciendo zozobrar la frágil comunión soberanista.

La ausencia de una mayoría social irrefutable, el desdén hacia la ley y el frenesí en la adopción de pasos trascendentales para el presente y el futuro de los catalanes han devaluado el ideal de la independencia, al margen de lo que ocurra hoy o no con la DUI. La activación del ignoto 155 representa tal mutación que dejará rastro en el modelo territorial concebido en 1978. Pero el modo en que Junts pel Sí y la CUP están tratando de llevar adelante sus objetivos depaupera la república catalana como un sueño viable, sostenible, incluyente y limpio de los peores vicios de la España a la que se denuesta. No es Cataluña un espejo sin mácula para el independentismo vasco, más bien al contrario: lleva adherido un evidente peligro -los vascos no están hoy por las políticas de alto riesgo- para las pretensiones de la izquierda abertzale de erigirse en alternativa de poder. El lehendakari y quienes dirigen la nave del PNV atisbaron el peligro de la sobreexcitación desde la multitudinaria Diada de 2012. Corre una inquietud palpable y creciente en las filas peneuvistas por la forma en la que Puigdemont va quemando tierra sin que florezca nada a su paso, mientras en el Gobierno de Urkullu ha arraigado la convicción de que cada vuelo catalán sobre el abismo hace aún más valiosa y protegible la estabilidad de Euskadi.

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