construcción de un fanático

EDORTA ELIZAGÁRATE | MIGUEL GUTIÉRREZProfesor asociado de Psiquiatría y Catedrático de Psiquiatría de la UPV-EHU

Ante una sociedad conmocionada por los atentados de Barcelona surge la pregunta: ¿Por qué jóvenes occidentales se convierten en terroristas? Se han aducido elementos de carácter económico, de deriva social o pertenencia a sectores depauperados propios de exclusión social. Quizás debamos pensar que en estos casos concurran también elementos psicológicos relacionados con vacíos existenciales por una parte y, como recientemente señalaba el periodista e historiador Ramón Jiménez Fraile, con procesos identitarios, más que con elementos constitutivos de enfermedad.

En el caso de Barcelona hay un componente de fragilidad mental, que explica que estos jóvenes hayan llegado a sacrificar sus vidas por ideologías que meses antes les eran indiferentes. La construcción de la identidad propia, el ser uno mismo, es un fenómeno complejo que requiere tiempo e intensidad. Todos sentimos en fases de nuestra vida y especialmente en nuestra juventud momentos de confusión y de indecisión, momentos que son incómodos y determinan la búsqueda de coherencia y sentido de nuestra existencia. El encuentro religioso en esos momentos puede ser bajo forma de secta, en este caso la comunidad en torno al imán de Ripoll y su interpretación rigorista del Corán, que ofrece una ideología simplificada y una interpretación absoluta del mundo. Ese comunitarismo sectario construye la realidad a partir de un imaginario ficticio. Se presenta un mundo luminoso separándolo del mundo existente, y lo que es peor, negándolo y manifestando voluntad de destruirlo.

Se podría entonces hablar de dogmas y de fanatismo, de construcciones personales frágiles, inmaduras, egocéntricas que necesitan certezas que les impidan contemplar su nadería de sujetos. El lema volteriano sobre los fanáticos, «piensa como yo o muere», es de triste actualidad. La lucha de estos contra los que pensamos que las creencias trascendentes son un derecho, pero no una obligación constituye la base del fanatismo. Y si hablamos de fanatismo hablamos también de identidad como constructo teórico y estructura personal. La identidad, en su concepción moderna, no remite a la memoria, a la historia, a nuestras raíces, sino que está al lado de la subjetividad y la producción de sentido que trabaja con elementos heredados, pero reformulándolos sin cesar. No tenemos una sola historia sino mil historias dentro de nosotros, con incoherencias, con contradicciones, con incertidumbres. Las concepciones esencialistas y el integrismo parten de ideas de identidad inmutables, fijas y estables, cuando está admitido que el proceso sano de construcción de identidad se caracteriza por su apertura y variaciones permanentes, de presente y de futuro.

En las sociedades abiertas, el individuo tiene ante sí un elenco amplio de productos, de ideas, de personas, de principios morales. En ellas no existen marcos colectivos, a menudo religiosos, que proporcionan respuestas comunes. Así en un modelo de sociedad abierta, el desarrollo individual es en principio un sujeto y sus opciones. La identidad como continuidad de nosotros mismos. Tenemos pertenencias diversas y si nuestro juego de identidades es rico desarrollamos una personalidad más fuerte, mejor estructurada. Si por el contrario es pobre, somos más vulnerables ante rigideces totalitarias o fundamentos esencialistas que conducen hacia la violencia, el odio y el rencor como motores de existencia. Estas creencias esencialistas y reductoras proporcionan tranquilidad a individuos desorientados y construyen identidades colectivas totalitarias y belicistas. Se fomenta la violencia cuando se cultiva el sentimiento de identidad supuestamente única, inevitable, con frecuencia beligerante y ello constituye a menudo un componente del enfrentamiento sectario.

Amartya Sen habla de identidades del fanático como identidades cerradas, inasequibles a la persuasión y dotadas de deberes absolutos, algo que recuerda el mundo paranoide. Señala este autor que los fanáticos tienen «la ilusión de un destino», la más peligrosa de todas porque es la más consoladora para las almas errantes en la época de la gran globalización. Y no nos referimos solamente a interpretaciones islamistas fundamentalistas y esencialistas sino a movimientos sectarios y xenófobos en Europa del este, en Austria, en Hungría, en los movimientos supremacistas blancos, en la 'primavera francesa', que no tenía nada de francesa, en la mirada torva de grupos de estética nazi que surge en un patético olvido de memoria histórica, etc. Es el cóctel de religión, naturaleza y tradición que impregna la identidad fundamentalista. Y si bien la historia no se repite de la misma manera, los procesos identitarios están en la base del fundamentalismo, ya sea éste racista, integrista islámico, cristiano o nacionalista.

Entre las tesis mantenidas por los multiculturalistas, (diálogo entre grupos religiosos, relaciones amistosas entre diferentes comunidades, diálogo de civilizaciones) y la islamofobia pensamos que descuidar la pluralidad de nuestras filiaciones e ignorar la necesidad humana de elección y razonamiento, haciendo caso omiso de las muchas maneras diferentes en que las personas se relacionan entre sí, solo puede conducir al progreso del fanatismo.

Ante todo esto, valores como autonomía, libertad personal y mirada crítica serán los mejores baluartes contra la ofensiva reduccionista identitaria. Es por eso que, citando a Kaufmann, «más que nunca, necesitamos en toda la sociedad sujetos autónomos, libres (y si se puede ilustrados), ya que sólo la razón crítica puede combatir.

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