Es la comunicación

JUANFER F. CALDERÍN

Cuando el rey Felipe VI intervino en televisión dos días después de la consulta ilegal llevada a cabo en Cataluña, 12,4 millones de espectadores le escucharon a través de treinta canales. Minutos después de que el monarca cerrase su discurso, la Generalitat, de forma selectiva, ya había colocado su réplica en reputados medios de comunicación internacionales. El mimo que el Govern de Carles Puigdemont ha tenido con su comunicación exterior no sólo ha canalizado la atención mediática internacional, sino que hizo sonar las alarmas del Gobierno de España. La razón es una: las palabras construyen marcos interpretativos, y esos marcos generan asociaciones mentales que definen y delimitan la realidad. Quien impone su marco, asienta la verdad pública. Gana. Así de fácil. Por eso el lenguaje y los medios de comunicación toman una importancia capital en el momento histórico en el que Cataluña y el resto de España se encuentran sumidos.

Como evidenciaron los investigadores Carina Cortassa, Andrés Wursten y Gonzalo Andrés en 2014, las representaciones recogidas o construidas por los medios de comunicación marcan y configuran la experiencia de la realidad de los públicos y elaboran vínculos de las audiencias con dicha realidad. El Govern lo sabía y por ello se colgó de un modelo conocido pero tremendamente efectivo en comunicación pública, un modelo mediante el cual se construyen identidades colectivas: el modelo héroe, víctima, villano.

«Queremos votar» o «votar es democracia» se han convertido en argumentos de base para quienes desde cualquier espectro político, independentista o no, defienden la legitimidad del ‘procés’ o, al menos, disculpan sus formas. Pero frases supuestamente redondas e inocentes como esas no se asumen espontáneamente por la ciudadanía, sino que se activan en ella, se edifican de forma artificial en atención a estrategias pautadas y encaminadas a generar identidades colectivas. A generarlas agitando marcos interpretativos que condicionen la percepción de las audiencias.

En cualquier narrativa, en virtud del modelo de activación en cascada desarrollado por el académico norteamericano Robert Entman, cuatro actores pueden ofrecer marcos interpretativos que dominen la interpretación de la realidad. Lo hacen en este orden en función de su capacidad: el Gobierno o la Administración, las elites políticas, los medios de comunicación y, por último, el público. El Govern de Puigdemont, haciendo uso de su capacidad y posición, generó sus marcos distribuyendo los roles inherentes en cualquier narrativa: el héroe, el villano, la víctima y la misión. El héroe es el protagonista de la historia, alguien que se mueve por justicia o lealtad. Es el encargado de desarrollar la misión o tema central de la trama política. El villano representa los atributos negativos propios del que impide una misión supuestamente legítima. Contra el villano se construye la misión de la trama. Finalmente, la víctima, a la que hay que salvar y proteger porque en torno a ella se establece el conflicto narrativo.

Argumentos como «queremos votar» o «votar es democracia» son conceptos simples y de fácil asunción para cualquiera. Integrados en el marco propuesto por el independentismo, apelan al sentido común buscando la adhesión intuitiva de los públicos -votar no es algo agresivo, sino amable-. A continuación proponen un villano, alguien que no hace lo que intuitivamente sería correcto -Mariano Rajoy-, algo que favorece que este último se vea forzado a responder y, por tanto, a entrar en el debate asumiendo un marco ajeno y descontextualizado. Así, los límites de la discusión son definidos por quien la genera. Y quedan fuera del debate cuestiones primordiales que, de ser tenidas en cuenta, desactivarían o alterarían el marco, cuestiones como el respeto a la ley, clave en la constitución del término «democracia».

Hoy el independentismo ha conseguido activar su visión de la realidad en más de dos millones de ciudadanos catalanes. Si bien todos ellos han asumido una verdad pública, no todo está perdido. No lo está porque, como explicó el padre de la microsociología Erving Goffman, los marcos interpretativos no son definitivos y están sometidos a revisiones. Eso sí, siempre de la mano de herramientas capaces de revertir el modelo héroe, víctima, villano.

Arnaldo Otegi, histórico promotor de una narrativa que subordina la libertad y los derechos humanos a la consecución de objetivos políticos, dijo esto en referencia a Cataluña hace escasos días: «El régimen está más débil porque sólo le queda la fuerza y ha renunciado a la seducción». Lo que Otegi dice, y acierta, es que en Cataluña la respuesta judicial -importante y necesaria para instaurar la legalidad y la convivencia- nunca se basta a sí misma si no se presenta batalla en el terreno del relato público. No sólo a nivel internacional. También, y sobre todo, en Cataluña, donde para generar una verdad pública es necesario que, en una trama en la que el pueblo catalán es la víctima, el héroe se convierta en villano y el supuesto villano en la solución. Y esto sólo sucederá si el independentismo catalán se ve forzado a entrar en el debate público asumiendo un marco interpretativo cuyos límites hayan sido definidos por quien genere una nueva discusión.

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