Comprar esclavos en Libia, ¿cómo hemos llegado a esto?

JUANJO SÁNCHEZ ARRESEIGORHistoriador y especialista en mundo árabe

Libia sufre un verdadero caos, la anarquía más absoluta, la ausencia completa de autoridad central que proporcione unas garantías mínimas frente a la violencia arbitraria de cualquier imbécil que pueda reunir unos cuantos hombres armados. Resulta estremecedor saber que se realizan subastas de esclavos a plena luz del día pero lo realmente espeluznante es que los ciudadanos corrientes acudan a esas subasta para adquirir trabajadores o sirvientes para sus tierras, sus negocios, sus viviendas, la tienda de la esquina, etc. A partir de los datos que conocemos, podemos extrapolar que ahora mismo hay cientos de miles de esclavos en Libia, lo que implica no solo numerosos criminales que se dedican a este inmundo tráfico, sino un número muchísimo mayor de personas teóricamente honradas y pacíficas, el vecino del 2ª Izquierda por así decirlo, que compran esclavos con toda normalidad como si comprasen patatas o zapatos.

La dictadura de Gadafi esterilizó políticamente Libia. Bajo su despotismo personal no existía ninguna clase de instituciones que pudieran vertebrar el país. Tampoco existían poderes fácticos -aristocracia, grandes empresarios, un clero organizado- capaces de asumir el control cuando el líder supremo faltase. Ni siquiera el ejército cumplía este papel. Desprestigiado por sus humillantes derrotas frente a adversarios más débiles, como los chadianos, la revolución de 2011 lo desarticuló por completo.

Es necesario entender que el presente caos no se debe a la caída de Gadafi, sino al modo que Gadafi desgobernó Libia, como si fuera un rancho de su propiedad. Lo mismo ha sucedido en otros muchos países tercermundistas, tanto islámicos como de otras religiones.

Con ayuda occidental, Gadafi fue derrotado y linchado cuando intentaba escapar. No quedó nada de su régimen, pero los rebeldes eran una amalgama de bandas sin la más mínima organización ni cohesión. No había autoridad central efectiva y casi todo el mundo tenía un arma, pero es importante resaltar que entonces el Caos no llegó. Se formó un Congreso General Nacional que fue reconocido por la comunidad internacional. En junio de 2014 se celebraron elecciones libres para una Cámara de Representantes de 200 escaños. Por extraño que parezca, este fue el momento en que todo se fue al garete y la culpa la tuvieron sobre todo los propios libios.

En cuanto se supieron los resultados de las elecciones, algunos diputados, sobre todo islamistas, se negaron a aceptar su derrota y formaron un gobierno disidente en Trípoli, mientras que el gobierno internacionalmente reconocido se instalaba en Tobruk. Era la guerra civil pero todavía no era el caos. Sin embargo la ambición y la falta de escrúpulos de los políticos libios solo eran superadas por su incompetencia. Cada bando se ha disuelto en múltiples facciones y partidas que se dedican sobre todo a la extorsión y al bandidaje, aunque algunas nacieran con fines más honestos de autodefensa local.

Las intervenciones exteriores azuzaron el caos pero en ningún caso lo crearon. Francia, Egipto y los Emiratos Árabes Unidos apoyaron al gobierno de Tobruk mientras que Sudán y Qatar apoyaron a los de Trípoli, que a su vez contaban con ciertas simpatías de Italia. El Estado Islámico aprovechó la situación para instalar una sucursal en el Este de Libia, pero las facciones leales a Tobruk lograron aplastarlos. La diplomacia mundial no ha permanecido ociosa de manera que sobre el papel se han firmado acuerdos de paz que fusionaban ambos gobiernos. En la práctica, los acuerdos de paz provocaron una escisión violenta entre los de Trípoli. Eso favoreció el avance militar de los de Tobruk, que hoy controlan la mayor parte del país.

Mientras, las mafias que organizaban la emigración ilegal se están centrando en Libia porque las fronteras son fáciles de cruzar, mientras que los demás países refuerzan las suyas sin cesar. El tráfico de esclavos va a incrementar este sucio negocio pero en teoría por poco tiempo, pues el general Halifa Haftar, líder militar del gobierno de Tobruk, parece a punto de controlar todo el país y restaurar el orden. En la práctica Haftar no es más que un aventurero cuya fuerza política se basa en el poder militar, que a su vez depende de unidades militares plagadas por el nepotismo y el clientelismo tribal, más una serie de milicias sobre las que no posee control efectivo. Por lo tanto carece de medios para restaurar el orden. Si el general Haftar se convirtiese en el nuevo dictador, eso podría ser una solución a medio plazo, pero la experiencia con Gadafi y otros déspotas nos demuestra que acabaría resultado ser una solución falsa. ¿Qué hacer entonces?

Occidente debería intervenir para forzar la convocatoria de nuevas elecciones, pues ya han pasado cuatro años y medio desde las últimas. De ahí surgiría un ejecutivo y un parlamento que elaborarían una constitución. Mientras tanto los ejércitos occidentales actuarían como el músculo de este gobierno legítimo, desarmando a todas las milicias de buen grado o por la fuerza. Una vez creados un ejército y una policía profesionalizados, los libios habrán escapado del caos. Luego es factible que todo acabase involucionando hacia algún tipo de autocracia, pero eso será responsabilidad de los propios libios. ¿La alternativa? Que la situación actual se prolongue durante años o incluso décadas.

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