Comisiones de pandereta

EDITORIAL

La labor de investigación del Parlamento no logra resultados y se convierte en muchos casos en una astracanada

Las reuniones ayer en el Congreso de la comisión de investigación sobre la financiación del PP y en el Senado, cámara en la que el PP tiene mayoría absoluta, de la comisión contraprogramada por este partido sobre la financiación de los partidos en general, desembocaron en una sensación decepcionante. Esta última reunión terminó como el rosario de la aurora: los portavoces del PSOE, Podemos y Ciudadanos acabaron abandonando la cámara después de que la presidenta, la popular Rosa Vindel, no les permitiera desarrollar sus intervenciones; la rigidez teatral de quien moderaba el debate tenía una clara intención destructiva, lo que no significa que los demás actores de la representación tuvieran necesariamente afanes mucho más constructivos. Paralelamente, en el Congreso, la comisión genuina, creada para investigar la financiación del PP, partido envuelto en un escandaloso torrente de incriminaciones en numerosos procesos penales, naufragó también con la comparecencia de los extesoreros Rosendo Naseiro, Ángel Sanchís y la actual titular del cargo, Carmen Navarro. El interrogatorio de Naseiro, de 82 años y con problemas de audición, fue digno de una astracanada. Y ni sus declaraciones ni las de Sanchís, quien reconoció haber pagado alguna vez el recibo de la luz del partido, aportaron claridad alguna. Navarro se escudó en que acaba de llegar, como quien dice, y su tarea es poner orden en el presente. Las comisiones parlamentarias de investigación tienen profundas raíces como herramientas de control del poder; en los EE UU, la primera vez que el Congreso recurrió a una de ellas fue en 1791 para conocer las causas de la derrota del ejército en territorio indio. Tales instancias, que en EE UU son eficaces y disfrutan de amplias facultades para el desarrollo de la investigación. Sucesivas comisiones del Congreso desentrañaron el Watergate y desembocaron en la renuncia de Nixon, por ejemplo. En nuestro país, el fracaso de tales comisiones ha sido proverbial, en descrédito de un parlamentarismo en que sus señorías no siempre parecen ser conscientes de que representan a la ciudadanía y la soberanía nacional.

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