Cien años de Revolución

IMANOL VILLA

Edward H. Carr señaló en su obra ‘La Revolución Rusa’, que lo ocurrido en 1917 constituyó el mayor acontecimiento del siglo XX. Y como buen historiador apuntó su convencimiento de que aquellos hechos que conmovieron al mundo tendrían la suficiente fuerza histórica como para mantener abierto un debate en el que la polarización de interpretaciones se le antojaba irremediable. Para algunos, la revolución bolchevique seguiría siendo un hito en la lucha por la liberación de la humanidad, mientras que para otros, la obra de Lenin y los suyos no sería más que un error histórico. No se equivocaba el historiador británico. Cien años después, el debate se mantiene muy vivo.

El historiador polacoestadounidense Richard Pipes abrió la caja de los truenos a mediados de los años ochenta del siglo pasado cuando planteó en su voluminosa obra, ‘La revolución rusa’, que los sucesos de octubre -noviembre en nuestro calendario-, no podían ser calificados como una revolución sino más bien como un golpe de Estado orquestado por una intelectualidad fanática que no pretendía otra cosa que alzarse con el poder y poner en práctica todo un experimento de construcción casi científica de una nueva sociedad. La gran cantidad de documentación con la que trabajó Pipes le llevó a concluir también que el origen del terror estalinista estaba fuertemente apoyado en el desprecio absoluto que Lenin mostraba hacia la vida humana. Así, el padre del sistema soviético se convertía en el principal responsable de uno de los hechos más crueles de la historia de la humanidad. Con todo ello, a finales de los años 80 del siglo XX, la línea historiográfica dominante pasó a señalar al régimen comunista como un sistema en el que el crimen político estaba en el centro de su naturaleza, dejando a un lado los análisis que apuntaban la revolución como un hito en el proceso de lucha por la liberación de las clases oprimidas. Ésta es en esencia la misma línea argumental del historiador británico Orlando Figes, para quien Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, fue un zar sanguinario, heredero de los peores hábitos autócratas.

Sin embargo, el debate sigue vivo. Caídos ya los mitos, la discusión sobre lo sucedido hace un siglo en Rusia evidencia en gran parte que la distancia temporal aún no es suficiente para abordar certeros análisis históricos. Quizás en esa línea desapasionada estaría el historiador español Julián Casanovas que en su libro ‘La venganza de los siervos’, muestra un escenario mucho más fiel y desapasionado que otros del momento. También es reseñable la obra de James Harris ‘El gran miedo’, muy novedoso a la hora de explicar los orígenes del terror rojo.

Con todo, el debate sigue abierto. Las obras sobre la revolución en Rusia son muchas aunque convendría que cien años después se releyera con tranquilidad y placer uno de los mejores libros escritos sobre el asunto: Diez días que estremecieron al mundo, de John Reed, un verdadero trozo de historia, de historia tal y como él la vio, la vivió y la sintió.

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