Chantaje emocional

ERC tiene la llave de la política catalana: o vuelta a la sobreactuación y al colapso o reconocimiento de la pluralidad

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

La presentación de Carles Puigdemont como candidato a presidir la Generalitat, con el respaldo mayoritario independentista del nuevo Parlament de Cataluña pero pendiente de declarar ante la Justicia española, pone de relieve hasta el extremo la deriva surrealista en la que ha entrado la política catalana y sus perversos efectos en España. Ojalá la apuesta por recuperar el autogobierno institucional planteada por el nuevo presidente del Parlament, Roger Torrent, sustituyese a la política basada en el órdago y en la fantasía de ficción. Sin embargo, la candidatura de Carles Puigdemont lanza una señal clara que no va en la dirección de asumir los principio de realidad y legalidad. Más bien, al contrario, refleja el chantaje emocional que ejerce el expresident desde Bruselas en su intento de manejar los hilos del proceso.

La inviabilidad de una investidura telemática o a distancia, que será automáticamente recurrida ante el Tribunal Constitucional y suspendida, podría abrir la puerta a la presentación de un plan B, por ejemplo, con la candidatura de Elsa Artadi, muy próxima a Puigdemont. A no ser que el expresident decida regresar a España para forzar una situación límite, algo que no parece previsible. En este supuesto improbable, sería detenido para declarar ante el magistrado del Tribunal Supremo, que le ha encausado por graves delitos (rebelión y sedición, entre otros) y que tendrá que decidir si, se diera el caso, autoriza al candidato a presentarse a la sesión de investidura, como en los años 80 ocurrió con el entonces aspirante de Herri Batasuna, Juan Carlos Yoldi, que era preso preventivo de ETA y cuya presencia temporal en el Parlamento Vasco como aspirante a lehendakari fue avalada en su día por el Tribunal Superior de Navarra.

Puede que la mayoría independentista quiera llevar simplemente hasta el extremo el juego de la candidatura de Puigdemont como un mero farol. La inviabilidad legal de una investidura a distancia descubre en el empecinamiento de los independentistas una nueva maniobra de enroque, otra huida hacia adelante para ganar tiempo y quitarse presión. Descartado que el expresident decida regresar, ser detenido y encarcelado de forma preventiva, Puigdemont y su núcleo duro apuestan por explotar la propaganda victimista y el sentimiento de ofensiva y humillación para, además, librar la batalla de la opinión en el corazón de Europa. Utilizaron la misma táctica en octubre mediante una declaración de independencia más virtual que real, que no tuvo el reconocimiento internacional y que se movió más en el territorio de la gesticulación para romper con España, pero que lo consiguió finalmente fue romper Cataluña.

La mayoría independentista duda aún sobre el necesario cambio de chip para abrir un nuevo ciclo político basado en el realismo. Gran parte de la presión recae en Esquerra Republicana, que quiere ensanchar con los comunes la actual mayoría soberanista, lo que a su vez le genera fricciones con el equipo de Puigdemont y con la CUP. El dilema está en manos de ERC, atravesada entre el temor a aparecer como el ‘traidor’ a la causa y la necesidad de cambiar de estrategia.

Si el independentismo juega a mantener un procés inviable, sin mayoría social para ello, sin aprender de los errores del pasado, las cosas irán a peor. Y se seguirá dando munición ideológica a la derecha más españolista para ganar la batalla de las clases medias y urbanas. Si Emmanuel Macron logró ser el dique de contención de la ultraderecha francesa, Albert Rivera intentará jugar el mismo papel frente al secesionismo. Lo más inquietante hoy es que quien ofrezca una solución apaciguadora y política para Cataluña tiene algo asegurado: un alto riesgo de perder las elecciones. Ese es el drama de fondo. Los más radicales juegan este derbi de emociones nacionalistas, una partida de poder que demuestra la incapacidad para gestionar la complejidad de los problemas, que es la esencia de la madurez. En la política y en la vida.

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