Cenizas

SANTIAGO AIZARNA

En la oración matutina del hombre moderno -que es ‘la de la lectura de los periódicos’ según Hegel, como nos comunicaba Emmanuele Carrère en su crónica-reportaje de ‘Cuatro días en Davos’ -(‘Conviene tener un sitio adonde ir’, Editorial Anagrama, 2017)- puede irse enterando uno de temas varios. De tan alta envergadura a veces que hasta rozan empíreos. Mientras que, por el lado bajuno, pueden avistarse memeces que tanto estremecen. Para completar esa información hegeliana, habría que saber en dónde y cómo situaba Hegel (cuya lectura me es más ajena de la que quisiera) la oración vespertina: en esa hora que, en nuestra infancia nos hacía soñar con angelitos; más tarde, supongo que por efectos de la testosterona sobrante, con angelazas; y, al final, con especímenes de la caterva de Rascayú, en voz y letra, tengo idea de las de Bonet de San Pedro que establecía relaciones, al parecer tan distantes no siéndolo tanto, con Satchmo y con aquel relato insuperable de Faulkner y otras historias necrófilas con sede en Cuba.

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Ahora, ya en tiempo de carnaval -que me entero a través de consultar ‘El Calendario Zaragozano’, que me da como propina dos frases estimulantes del refranero español como que ‘en febrero loco ningún día se parece a otro’ y ‘lluvias y nieves en febrero son augurio lisonjero’ junto con el consejo de Francis Bacon de que ‘La verdad es la hija del tiempo, no de la autoridad’, y otro de Anaxágoras (500-428 a.C.) filósofo presocrático, maestro entre otros de alumnos notorios como Tucídides, Eurípides, y hasta de Sócrates mismo, que nos dice que ‘Si me engañas una vez , tuya es la culpa; si me engañas dos, es mía’- con dicho calendario, como todos los años que esto me ocurre y son muchos, en vez de disfrazarme y salir a la calle vestido de andoba errante y enmascarante, doy en recordar esas historias de pesadumbre a la vez que de gloriosa estirpe como la de ‘Una rosa para Emily’ faulkleriana a la que antes aludía, la de esa Emily Grierson, que escribió el tal William con pluma singularmente dorada de aquel pasado que para los viejos ‘no es un camino que disminuye sino, al contrario, una ancha pradera no tocada jamás por ningún invierno’; de ‘un cuarto de escaleras arriba’ de su casa ‘que nadie había visto en cuarenta años y que ‘habría que forzar’, una ‘profunda sonrisa sin carne’, ‘un traje doblado’, ‘dos zapatos mudos’, etc, etc, y, sobre todo, ‘el largo sueño que dura más que el amor, que vence incluso la mueca del amor’ y, lo que quedaba ‘inseparable de la cama en que yacía’, ‘sobre la almohada de al lado de él se extendía ese liso revestimiento del paciente polvo en espera’; que, en hablando de polvo o de polvos, ya estamos en lo de ‘Memento homo, quia pulvis es, et in púlverem reverteris‘, que refuerza si cabe, con dedo señalador, el ‘pulvis et umbra sumus’ horaciano, y con esa frase hemos llegado a las estribaciones del aciago miércoles que es como un tajo de guillotina a las bellas carnavaladas del Arcipreste que, por esa razón misma hubiere que sacar del plúteo el breve tomo del ‘Libro del Buen Amor’ (y ya no digo deleitarnos sino hasta refocilarnos en la maravilla de su lectura), a la par que, siendo ahora la ceniza la protagonista, cómo no girar la memoria y acordarnos, muy especialmente, de aquella señora reina, Artemisa de Caria, hija de Ádamo y mujer de Mausolo, el del Mausoleo -cuya historia lo cuenta Aulo Celio según Juan de Zabaleta (1610-1670?)-, cronista de Felipe el IV, quien dejó escrito en prosa diamantina en su ‘Errores celebrados’, que ‘Los mármoles relumbraban en espejos, codiciosos de muchas estatuas. El pórfido se entristecía de verse bisado en escalones. El bronce se variaba en figuras. La plata se enredaba en filigranas. El oro se dilataba en techumbres. Desde el alabastro se despeñaban las fuentes y recogían las más alabastro’ una reina la tal Artemisa quien, enamorada hasta la intránima de su marido, mandó erigir, y así se erigió un mausoleo en Éfeso que fue la tercera maravilla del Viejo Mundo, tan exquisitamente concebido y tan artísticamente realizado, pero que, pese a ello, no contenta Artemisa a la que el amor le borbotaba incontenible, ‘fue tan fina con su marido que las cenizas en que quedó abreviado el cadáver las echó en una copa de agua y se las bebió’, que es aquí donde entra en liza la agraz crítica zabaletana que arguye que ‘¿dónde podían estar estas cenizas peor que en su estómago ni de dónde podían salir más abominables? Porque estuviesen en su cuerpo pocas horas, ¿las quiso echar en el desprecio para siempre? Por saber que las tenía consigo un breve espacio de tiempo, quiso no saber dellas en su vida’.

‘Si la tierra se convirtiera en sustancia propia, era haber hecho parte de su corazón las cenizas de su marido, pero no pudiendo ser alimento del cuerpo humano, fue tomar una enfermedad para sí y darles una tacha a las cenizas’, que ‘una de las razones porque entierran los cuerpos muertos es porque no se les coman los brutos’, que ‘lo mismo fue tragarse las cenizas que no sepultarlas’, que, aunque ‘La intención buena bien puede disculpar las acciones malas, pero no las puede librar de aborrecibles’.

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