La Cataluña del 78 ya no existe

Análisis

No hay más vías que el PP y el PSOE asuman la posibilidad de un referéndum pactado

Xabier Gurrutxaga
XABIER GURRUTXAGA

La web de El Diario Vasco informaba ayer al mediodía con el siguiente titular: «Los catalanes logran votar pese al gran despliegue policial». Creo que esta afirmación resume bien lo acontecido en la jornada electoral. Frente a la fuerza coactiva del Estado, una parte muy importante de la sociedad dejó claro nuevamente que quiere votar, aunque no lo hayan podido hacer todos los que querían hacerlo. El ‘imperio de la ley’ no ha podido imponerse en Cataluña como quería el Gobierno de Rajoy y los que le han prestado el apoyo.

En la consulta del 9-N, pese a estar prohibida, el Gobierno central y el Poder Judicial entendieron que era mejor ser permisivos para no crear un problema de mayor envergadura utilizando la fuerza coactiva de la ley. El fundamento de tal decisión era sólido jurídicamente, pues los poderes del Estado, al no reconocer la consulta, tampoco tenían que preocuparse de los efectos jurídicos de un acto suspendido. Obviamente la actitud permisiva tenía un peligro de naturaleza política, consistente en que el9-N pusiera de manifiesto un problema con unas dimensiones mayores de las que irresponsablemente se habían negado. Aunque Rajoy inicialmente despreció los resultados afirmando que la inmensa mayoría de los catalanes se habían quedado en casa, conel paso de los días interiorizóque lo sucedido suponía un problema indigerible pues más de 2.300.000 personas, prohibición por medio, habían participado en la consulta. La lección era que no se podía volver a permitir.

Nunca hicieron una reflexión seria de lo que estaba pasando en la sociedad catalana, de los profundos cambios habidos. Las instituciones españolas, las formaciones constitucionalistas, los grandes medios de comunicación, actuaron irresponsablemente al situar el problema en ámbito partidario, como si fuera un problema creado artificialmente por el nacionalismo. Se ignoró imprudentemente que la mitad de los catalanes estaban ya inmersos en un proceso de desconexión mental y política con la idea de España. Pero lo que es más grave, se despreció la enorme vis atractiva que tiene en la ciudadanía el argumento democrático del ‘queremos votar’ y que en Cataluña alcanza al 80% de la población. En estos momentos no hay más vías para encauzar el problema que el PP y el PSOE asuman la posibilidad de un referéndum consultivo pactado para conocer la voluntad de los catalanes, como proponía el magistrado Rubio Llorente.

Es cierto que la estrategia soberanista se enfrenta con un problema serio de legalidad, que difícilmente puede solventar por la vía de los hechos. Pero el problema más grave es de orden político y democrático. Las aspiraciones democráticas no ven cuestionada su legitimidad por su falta de encaje en la legalidad. La responsabilidad del buen político es saber si esas aspiraciones son o no demanda de una mayoría de una comunidad.

La jornada de ayer mostró de nuevo la dimensión social y política del problema. Aunque los horizontes próximos se muestran desconocidos para el soberanismo, de la batalla librada ayer salió mejor parado que el Estado, especialmente ante los catalanes y la opinión internacional. Al mundo democrático se le hace muy difícil aceptar la intervención de los policías, en muchas ocasiones abusiva, para impedir que la gente pueda votar. Quien no quiera ver esto, probablemente no quiera conocer lo que está sucediendo en la sociedad catalana. La Cataluña que votó masivamente la Constitución de 1978 ya no existe. Una nueva está surgiendo.

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