Cataluña, crónica desde el abismo

Desde el inicio del ‘proces’, y gracias al pensamiento suicida de unos y al inmovilismo de otros, hemos caído por el precipicio, en un descenso vertiginoso

JESÚS PRIETO MENDAZAAntropólogo y escritor

He mantenido, desde hace más de un año, que la dinámica irresponsable de la Generalitat que desembocó en la bochornosa sesión del 6 de septiembre en el Parlament de Cataluña anunciaba un viaje hacia el abismo. También he denunciado inacción por parte del presidente Rajoy, sin negar la legalidad de sus decisiones -cuestión esta nada irrelevante en un Estado de Derecho- , ya que la búsqueda del diálogo por parte del Gobierno central me pareció poco entusiasta. Y así llegó el 1 de octubre y se consumó una tragedia en la que perdimos todos, Cataluña y el resto de España.

El camino hacia el precipicio se fue haciendo irreversible entre declaraciones de independencia efímeras, activación del artículo 155, fuga de empresas y resucitación de sectores de la sociedad catalana que habían permanecido silenciados (como Societat Civil Catalana), amén de grupos del nacionalismo español que creíamos felizmente desaparecidos. Tan sólo después de la convocatoria de elecciones para el 21 de diciembre, curiosa circunstancia esta, pareció que la cordura volvía a su ser y el ‘seny’, tantas veces reivindicado, se instalaba de nuevo entre los catalanes. Creo que el Gobierno de España, y el papel del delegado en Cataluña, Enric Millo, ha sido fundamental; había procurado actuar con suma prudencia en los últimos días. Sin duda, se valoró la negativa imagen que las cargas policiales del primero de octubre le reportaron en el ámbito internacional, por un lado, y también los requerimientos realizados por las autoridades europeas para actuar desde el principio de legalidad, pero con proporcionalidad, por el otro.

Y en estas estábamos, con un descenso de la tensión considerable en calles y política; con independentistas, autonomistas, constitucionalistas, anticapitalistas y dubitativos a punto de apuntarse todos al carro de las autonómicas (o… eso creía) prenavideñas, y haciendo declaraciones del tipo: «bueno, no es lo que prometimos pero… si eso luego ya se verá». Nos las prometíamos felices e incluso el Ibex 35 parecía creer que el llamado ‘suflé catalán’ se desinflaba un tanto, pero todos estábamos en un error. Primero la tocata y fuga del president Puigdemont a Bruselas, que parecía quedar como una comedia bufa y poco más, y ahora el encarcelamiento del exvicepresidente Oriol Junqueras y de ocho exconsellers ha hecho que los acontecimientos se precipiten, una vez más, por el camino del desatino y la irracionalidad.

Josemari Alemán Amundarain

Hemos de respetar la decisión judicial, sin ninguna duda, pero aun así considero que es un grave error por dos razones fundamentales: Y lo es en tanto y cuanto contribuye, primero, a tensionar una situación que parecía reconducirse tanto en el ámbito catalán, como en el español y también en el internacional. Y, en segundo lugar, porque da alas a la mejor baza que tiene todo movimiento de raíz nacionalista: su victimismo. Es probable que, convocadas de nuevo las emociones alrededor del altar de la patria, el discurso de la represión del cruel Estado español contra la desvalida Cataluña se generalice y puedan aparecer fisuras en la unidad mostrada por Europa hasta ahora; las declaraciones de la primera ministra escocesa, Nicola Sturgeon, o las del presidente de Flandes, Geert Bourgeois, pueden ser un peligroso precedente. Ciertamente el separatismo catalán es una patata caliente para una Unión Europea que, en gran medida, se configuró como tal para huir del peligro de los nacionalismos que la asolaron tanto en los prolegómenos de 1914 como de 1939, pero está por ver su reacción ante un hecho como el que se confirmó el jueves en la Audiencia Nacional, la encarcelación de políticos, y no sería improbable que pida al Gobierno de Mariano Rajoy, como ya hizo el presidente del Consejo Europeo Donald Tusk, «utilizar la fuerza de los argumentos en vez de los argumentos de la fuerza».

Decía Henry Ford que «llegar juntos es el principio. Mantenerse juntos, es el progreso. Trabajar juntos es el éxito». Pues bien, nada de esto parece cuajar en esta vieja piel de toro que desde que el llamado ‘procés’ comenzó su desafío constante -y gracias al pensamiento suicida de unos y a la exasperante inmovilidad de otros- vuelve a caer por el precipicio, en un descenso vertiginoso que ya nos ha costado dinero, fracturas de los afectos y nadie puede predecir que más.

Pablo Neruda, haciendo un llamamiento fraternal, escribía: «Sube a nacer conmigo, hermano». Quizás el poeta chileno desconocía nuestra esencia profundamente cainita, sí, la misma que hace que en vez de nacer juntos para conseguir salir de la crisis prefiramos morir separados, emborrachados de ardor patrio, acercándonos ya al fondo del abismo, de ese abismo que desde hace un mes parece ser infinito.

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