Cataluña y el bien común

El papa Francisco es patriótico, pero se muestra frío con los nacionalismos: el pueblo se piensa desde un proyecto compartido que busca la convivencia

PEDRO ONTOSO

El calendario litúrgico de la Iglesia católica, el adviento, se ha cruzado con el calendario político de Cataluña, una percha oportuna para la reflexión. Así lo han pensado los obispos de la Conferencia Tarraconense para sumarse al debate del ‘procés’ y urgir una solución justa a la situación de bloqueo, «que sea mínimamente aceptable para todos, con un gran esfuerzo de diálogo desde la verdad, con generosidad y búsqueda del bien común». El bien común es el concepto totem que atraviesa la Doctrina Social de la Iglesia, invocada cada vez con más frecuencia para bendecir o demonizar la acción política. En Cataluña hay un problema político de primer orden, en efecto, pero quienes más sufren las consecuencias de la parálisis son los colectivos menos favorecidos. Precisamente, porque no se ha tenido en cuenta ese objetivo.

En un pequeño librito de reciente aparición ‘El papa del pueblo’ (PPC), la periodista de ‘Liberation’ Bernardette Sauvaget conversa con el filósofo argentino Juan Carlos Scannone, que pasa por ser ‘el teólogo’ de Francisco. En la obra también se cita a Lucio Gera, otra de las fuentes intelectuales del pontífice. Se habla mucho de la teología del pueblo. «Hoy, Cataluña quisiera separarse de España. Hay un pueblo catalán que quiere su propio Estado. Para ser un pueblo no solo se necesita una historia y una cultura comunes, sino también un proyecto de bien común, una voluntad que busca la convivencia», se lee. Es evidente que en el proceso soberanista se ha producido una descomposición de las instituciones y una ruptura de la convivencia. Y se ha preferido el martirio, otro concepto muy cristiano.

Quizás por eso no sea de extrañar «la frialdad» con la que se ha mostrado Bergoglio frente al nacionalismo catalán, según la interpretación de Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de San Egidio, mediadora en innumerables conflictos. El profesor italiano, que tiene acceso permanente a los despachos pontificios, ha declarado que el papa «es patriótico, pero frío con los nacionalismos, a los que considera uno de los males del mundo». Se refiere más, sin duda, a los nacionalismos exacerbados que espolean el populismo en esta época de deslegitimaciones políticas.

Lo cierto es que el Vaticano no ha entrado al trapo y se ha mantenido al margen, aunque sí ha predicado el diálogo. Lo ha hecho a través del secretario de Estado (el equivalente al primer ministro), Pietro Parolín, entrevistado en la revista ‘Catalunya cristiana’, con motivo de su número 2.000. «Corresponde a las partes involucradas analizar la situación de desencuentro político», señaló el ‘número dos’ de la Santa Sede –que cuenta con información de primera mano–, antes de requerir una «reflexión con honestidad y sinceridad a todos los actores políticos y sociales». Una reflexión a fondo. Lo mismo que han pedido ahora los obispos catalanes.

Una reflexión que ha hecho, por ejemplo, Manuel Castells, en su ensayo ‘Ruptura. La crisis de la democracia liberal’ (Alianza Editorial). El politólogo enmarca la cuestión catalana en un cóctel en el que predominan la crisis económica, la extensión de la corrupción, el colapso de la representación política y el crecimiento de los movimientos sociales. Los ciudadanos se repliegan en su identidad propia. «Se refugian en su nación, en su territorio, en su dios», dice el autor de la trilogía ‘La era de la información. Y en situaciones de movilización nacionalista, «la nación prevalece sobre la clase en la definición del proyecto político». Véase Escocia. También el escritor belga David Van Reybrouck, en su libro ‘Contra las elecciones, Como salvar la democracia’ (Taurus), cree que la gente tiene que ser escuchada y se muestra a favor de los referendos, pero antes -añade- hay que educar a la gente, sin manipularla, para evitar un voto emocional. Véase el ‘Brexit’.

Castells sostiene que del sentimiento de rechazo al ‘cepillado’ del Estatut y la indignación contra las políticas de austeridad surgió un potente movimiento social «que vio en el soberanismo una posibilidad, casi mítica, de volver a empezar. Lo que representó en España el 15-M contra la crisis tuvo su expresión en Cataluña en un movimiento independentista cada vez más radical». Ese movimiento se articuló luego en torno a Òmnium Cultural y la Asamblea Nacional de Catalunya, que fue federando movimientos cívicos. En su vertiente política radical generó los Comités de Unidad Popular (CUP). Más y Convergencia intentaron liderar esa fuerza canalizándola hacia las elecciones. Pero fracasaron y después se les fue de las manos. Hubo una huida hacia delante hasta que se llegó a un punto de no retorno.

En el libro de Castells hay una aportación interesante sobre la autodestrucción de la legitimidad institucional por el proceso político. No se refiere a la cuestión catalana, pero se podría aplicar a Carles Puigdemont, porque se centra en la personalización de la política. «Es en torno al liderazgo posible de una persona que se construye la confianza en la bondad de un proyecto. Siendo así, la forma de lucha más eficaz es la destrucción de esa confianza a través de la destrucción moral y de imagen de la persona que se postula como líder», escribe. Con Puigdemont habría que hablar de autodestrucción.

El candidato de Junts per Catalunya, educado en ambientes monásticos y abanderado del compromiso ético, tiene estos días un modelo en Pere Casaldáliga, el obispo catalán de la Teología de la Liberación, al que le gusta citar. «Aunque nos quieran derrotados, nuestra causa es invencible», copia Puigdemont. «No volveré a Cataluña, mi causa está aquí», anunció hace unos años el misionero claretiano. ¿Dónde está la causa del expresident? A sus 90 años, Casaldáliga resiste en el pueblo amazónico de Sao Félix do Araguaia, en el Mato Grosso brasileño, tras una vida de defensa de los derechos de campesinos e indígenas. Diez malarias y decenas de balaceras después. Nada que ver con un retiro dorado en Waterloo.

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