las carreras

El P. Loyola yo creo que tenía la suerte de estar siempre enfermo. Esto le permitía librarse de una serie de trabajos que, a mí al menos, no me hubiese gustado nada tener que hacer

las carreras
SANTIAGO AIZARNAEscritor y periodista

Carreras ya se sabe que hay muchas. Si singularizamos ya es otra historia. De las carreras, lo primero que se me viene al recuerdo con solo oír la palabreja, es la charla mensual con el P. Loyola. El P. Loyola yo creo que tenía la suerte de estar siempre enfermo. Esto le permitía librarse de una serie de trabajos que, a mí al menos, no me hubiese gustado nada tener que hacer. Eran trabajos que tenían que ver con la enseñanza. Tener que ir a un aula donde fondeaban unos cincuenta pupitres ocupados por jovencitos estudiantes, me da la impresión ahora, contemplada la escena con anteojos de larga distancia, que debía ser algo como echarse a una piscina llena de pirañas. ¿Y todo para qué? Para ir soltando las mismas solfas de todos los días de este calendario que era, poco más o menos, como el calendario del año pasado y el del anteanterior y el del que será el año que viene y así sucesivamente. Una vuelta y revuelta de hechos, historias, fórmulas, etc, que flotaban siempre negligentes en el más hondo de los aburrimientos y ante lo cual, el hecho y derecho de las pirañas era lo de menos.

Lo del P. Loyola, por esta privación de ese tan oneroso trabajo, era un auténtico privilegio a mi entender. Otra cosa muy distinta pudiera ser para el P. Loyola para su psique, para sus posibles delirios en el caso de no querer seguir siendo un enfermo. A este propósito recuerdo al enfermo de Azorín, a quien, con exquisita crueldad, Azorín le describe escribiendo su Diario, que inicia, curiosamente diría, un 15 de noviembre (en este caso de 1898) y cuya primera página está llena de lamentos, los de la tristeza del vivir en suma, de qué es la vida, de para qué vivimos, de los sueños de gloria, del fallecimiento aún más que desfallecimiento de las esperanzas, de la inanidad, de lo pueril como suena lo de la ‘fama póstuma’, un comienzo como de castañuelas que pudieran ser tan lúgubres que su repiqueteo nos pudiera rasgar la piel del alma en caso de qué piel tuviera ese angosto espacio de espiritualidad que nos hemos concedido a nosotros mismos queriendo establecer de esta manera una distancia con la animalia vulgar y conservar de esta manera, cerrando los ojos a nuestra realidad auténtica, un cierto grado de exquisiteces sensoriales que conviene suponer que los animales no tienen.

Pero me temo que esta mi cháchara, aunque me pareciere tan enjuta, me haya extraviado en la razón de por qué me acuerdo en primera línea, cuando de carreras se habla, del P. Loyola que, como al comienzo decía, siempre estaba enfermo y eso le valió para librarse del trabajo de las aulas, aunque no por eso dejó de tener su nexo de unión con los alumnos, unos jóvenes estudiantes que, todos los meses pasaban, uno por uno, por su cuarto de enfermo.

Y ¿qué ocurría cuando esos alumnos, mensualmente, pasaban por el cuarto del P. Loyola y tenían su rato de charleta (lo llamo así no por desaire al encuentro ni mucho menos sino por todo lo contrario, por lo confianzudo que resultaba) con él? ¿Qué es lo que en aquel cuarto ocurría? ¿De qué se hablaba? ¿Y qué tiene que ver ese cuarto y ese P. Loyola para que yo me acuerde globalmente de todo ello cuando oigo sonar en mis ya casi sordos oídos el término carreras, esa palabreja?

Pues es que, la relación entre el cuarto del P. Loyola y las carreras tiene más enjundia y sabor de lo que pudiera parecer a simple vista, porque resulta que durante esa charleta el P. Loyola (que es posible que contara con la beatitud de los enfermos per se, aparte de otras satisfactorias virtudes que sin duda le moraban y le iluminaban ) llevaba siempre la voz cantante en un ritornelo que me resultaba acongojante que, para bien saber de ello, sería preciso elucubrar en el hecho de en qué angustias no se nos sumerge el alma cuando se hace mención continua de lo que no se quiere oír, porque lo que el P. Loyola hacía, constantemente, machaconamente, con la fuerza con que un herrero gigante bate con su martillo el rusiente hierro, era preguntarnos ‘qué queríamos ser cuando fuéramos mayores’, qué profesión, qué carrera nos gustaría elegir, una pregunta que, para gentes como yo, desnortados, abúlicos, sin capacidad para tomar ninguna decisión para el futuro, sin ambiciones, resultaba ser tan estupefaciente y hasta de una crueldad antológica y nada eucarística.

Dicho lo cual, supongo que nadie tendrá dificultad en entender qué fantasmas me despierta esa palabreja de las carreras pese a que, en las muchas que he tomado parte, los resultados me han sido de muy holgadas victorias que, en vez de otorgarme medallas que colgar, sea donde sea, me han sabido más bien a bebedizo arsenical, y tan amargo, lo cual me lleva a considerar aún a mi primera victoria en la primera carrera de mi vida en la que, pese a ser sin duda alguna victorioso, el amargo sabor de esa victoria nunca he podido erradicarlo en toda mi existencia y ahí sigue y creo que seguirá hasta mi definitiva extinción, más o menos haciendo parecidas contemplaciones mentales que el enfermo de Azorín.

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