Capítulo de mínimos para el posterrorismo

MARTÍN ALONSO ZARZA

Hace unos días nos enterábamos de que la abuela nazi había sido detenida; no por haber causado daño físico a nadie sino por continuar mostrando su adhesión a una doctrina criminal. Poco después de que ETA anunciara su jubilación, Jon Mirena Landa sostenía: «Se les pide una retractación ideológica (…), a mi juicio, inaceptable (…). También los presos tienen derecho a la libertad de opinión, ideológica y de pensamiento».

Hay quien se estará preguntando a qué viene ahora hablar de estas cosas. La propia pregunta ilustra hasta qué punto la narrativa dominante ha conseguido separar el caso vasco de la corriente que se ocupa de la violencia ideológicamente legitimada y para la que se exige una confrontación social cabal (Umerziehung, desnazificación, desradicalización). La necesidad de ajustar cuentas con el pasado deriva de esa tradición normativa que resume Walter Kemp: «desarmar las mentes es tan importante como desmantelar las armas». De modo que la puerta al futuro exige «exhumar las fosas psicológicas» que sirvieron de justificación para victimar. Difícilmente se puede aspirar a construir un futuro decente, iniciar una nueva fase, si no se tiene una visión justa sobre el legado de vidas y biografías devastadas.

Al principio está el lenguaje. Cita Tony Judt al Orwell «que reprendió a sus contemporáneos por utilizar el lenguaje para mistificar en vez de informar». Tomemos el ejemplo del, digamos, semiperdón en el primer comunicado de ETA. ¿Son las actitudes, entre el exhibicionismo y la apología, del ritual del 4 de mayo compatibles con la disposición de quien pide perdón? ¿Se preguntaron los oficiantes por el efecto en las víctimas a las que, suponemos, se dirigía la petición?

Pero más determinante para el diagnóstico es el perdón que no se pidió; y que se completa con la reivindicación del trabajo realizado para haber despertado a ese pueblo aletargado; lo que, según Barbaya Loyer, directora del Institut Français de Géopolitique, «sitúa a la organización en el panteón de la historia nacional vasca». Este punto es crucial porque difícilmente podrá afirmarse que hemos pasado a algo distinto si no se ha desautorizado el utillaje ideológico por quienes, además, se arrogan la representación del pueblo.

Se ha acuñado el término sociodicea para dar cuenta de las justificaciones sociológicas del mal causado. La sociodicea etarra descansa en dos discursos complementarios: el sabinismo de la nación oprimida (colonizada, impedida, secularmente sojuzgada) y el gudarismo: la tesis de que la Guerra Civil fue una agresión de España contra Euskadi. El simbolismo de Gernika condensa el doble significado (foralismo originario y martirio franquista) y por eso es el emblema del concepto medular de la sociodicea abertzale, el 'conflicto'. La rentabilidad política del 'conflicto' es inagotable: evacúa la responsabilidad por el pasado (para el que sirvió de justificación), ampara la legitimidad de sus sucesores y asegura unas condiciones ventajosas de partida en la nueva ruta. Hay que decir con toda claridad que no se pueden incluir en el mismo menú la salida de ETA por la puerta de atrás y la entrada de las reivindicaciones de ETA por la puerta principal, la descarga del lastre y el despegue reivindicativo blanqueado. Porque la condicionalidad -la interdependencia entre violencia y reivindicaciones políticas destiladas del victimismo- es parte central del legado, de la hipoteca del 'conflicto'.

La cuestión de la condicionalidad es crucial: las sociodiceas convierten el mal en necesidad y las víctimas en deuda sacrificial. Las víctimas de ETA han sido ese precio necesario, por eso no hay espacio para el perdón, más allá del oportunismo del kit lingüístico de conveniencia. Antes era paz (aceptemos el eufemismo) por normalidad, ahora es fin de ETA por el nuevo pack (marco institucional, presos…). Como apunta Barbara Loyer, el lenguaje sobre la nueva etapa es una rejilla interpretativa «que comporta la legitimación de actores y proyectos geopolíticos», lo cual está muy lejos de la «neutralidad» que invocan «diversos actores internacionales». No disminuirá la legitimación apuntalando la misma sociodicea.

Es obvio que hay que convivir con lo que hay; no lo es menos que hay que aspirar a lo que debería haber: el pedestal para una justicia restaurativa. Mientras tanto, si no hay mimbres éticos para llamar al pasado por su nombre, la exigencia primera es evitar sumar daño al daño, con ceremonias como las de estos días, con homenajes a los no arrepentidos, con estatuas como la de Bayona. (¿Imaginamos a la paloma simbólica posada sobre el aspa de una esvástica, o sobre el yugo y las flechas?). Hay otras cosas de las que hablar, claro; pero conviene empezar por el principio (ético). Las víctimas no amenazarán ni dañarán a nadie. Parecerá esto pleonástico. Pero no debe olvidarse que fue el victimismo sabiniano-gudarista el soporte legitimador de los victimarios. Por mantener en la memoria la justa medida de las palabras. «Se ha padecido mucho en nuestro pueblo»; son palabras incalificables y lacerantes del primer comunicado de ETA. La abuela nazi las firmaría. Pero Yoyes, desde su ventana, no. Acabar lo pendiente antes de pasar a lo siguiente.

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