Callejón sin salida

ALBERTO SURIO

Las elecciones catalanas se plantearon casi como un derbi futbolístico y el resultado refleja esa lógica plebiscitaria, con una polarización que han rentabilizado Inés Arrimadas, de Ciudadanos, y Carles Puigdemont, vencedores de unos comicios que se han llevado a cabo bajo un altísimo voltaje identitario. El 21-D ha venido marcado por este factor emocional, los secesionistas han logrado hilvanar un relato eficaz basado en el agravio victimista y en una evidente excepcionalidad. con graves causas penales abiertas por la Justicia. Y la formación de Albert Rivera ha sabido construir el ‘contrarrelato’ con empuje. Para una parte de la sociedad catalana, los cuentos se han impuesto a las cuentas. Y para la otra mitad, totalmente al revés.

La confrontación ha alimentado a los dos polos, en detrimento de ERC y de otras opciones intermedias de la tercera vía. Los independentistas consiguen la mayoría absoluta en escaños, y podrán volver a gobernar, pero la mayoría de los votos sigue siendo no independentista y contraria al artículo 155.

Puigdemont rentabiliza el ‘exilio’ en Bruselas y el orgullo nacionalista herido en detrimento de ERC. Pero el triunfo soberanista se ve condicionado por el triunfo de C’s, que debiera suponer un frenazo en el proceso hacia la secesión al margen de la legalidad de la anterior legislatura. Los independentistas no pueden obviar la existencia de una sociedad partida, en la que una parte relevante -sobre todo en Barcelona- ha puesto los pies en pared frente a la ruptura. Es el secesionismo el que debe ahora hacer un esfuerzo por ampliar mayorías y restañar heridas. La fragmentación forzará un difícil diálogo y la elección de Puigdemont como nuevo president será un camino lleno de escollos de todo tipo.

La victoria de C’s, que ha engullido por completo al PP, pone de relieve la cristalización electoral de una mayoría social crítica con el procés, sobre todo gracias a la afluencia masiva a las urnas de la Cataluña metropolitana. El unionismo ha conseguido un triunfo agridulce como reacción al independentismo, que, a la vez, es mayoritario. Un laberinto extraordinariamente complejo.

La rebelión del cinturón industrial de Barcelona se ha convertido en el principal secante de un independentismo unilateral abocado a chocar contra el principio de realidad y el muro de la legalidad constitucional. Ese sufragio que se movilizaba en las generales, pero no en las autonómicas, ha acudido esta vez a las urnas. Frente a la Cataluña interior, profundamente nacionalista, la Cataluña más urbana y más mestiza, que ha sacado su identidad compartida a pasear sin complejos y no ha desconectado de España.

El millón de votos de Ciudadanos empodera a Rivera y abre una veta vulnerable para Rajoy. El desenlace catalán confirma la persistencia de un serio problema político no resuelto en Cataluña y complica su hoja de ruta. Y tampoco sirve a Pedro Sánchez. La mediocre subida del PSC revela que ese catalanismo moderado y fagocitado por la disputa debe esperar a épocas mejores. Malos tiempos para la lírica de la reconciliación. Saber que ni las victorias ni las derrotas son definitivas sonaba ayer a triste consuelo en el PSOE.

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