La caída del muro

Reconocer el principio de realidad es el primer mandamiento del sentido común que muchos en Euskadi han tardado demasiados años en asumir

ALBERTO SURIO

Recordar el asesinato de Miguel Ángel Blanco es escarbar cada uno de nosotros en la memoria, que es tan sensible como la piel. Evocamos qué hacíamos aquellos días fatídicos de julio de 1997 como si reabriésemos un álbum de emociones. Aquella cuenta atrás marcó el principio del fin. Hace 20 años éramos más jóvenes pero sufríamos con aquella Euskadi de sangre, plomo y funerales que parecía que iba a eternizarse en el tiempo como una pesadilla, sin luces en un maldito túnel.

El tiempo ha transcurrido para nosotros y para quienes ejercieron la violencia, anclados a un fanatismo ideológico que arrasó conciencias, muchos de ellos reclusos condenados por graves delitos de terrorismo. También para aquellos que perdieron a sus seres queridos, asesinados y arrebatados de forma arbitraria e injusta, y que tienen que llevar esa 'mochila' de por vida. Hace casi seis años que ETA dejó las armas. La mayoría de sus presos ha dado ahora luz verde a la aceptación de la legislación penitenciaria para explorar posibles vías de reinserción. Este mensaje hubiera escandalizado a más de uno hace 20 años. Es posible que los abogados de los presos busquen con empeño en el diccionario todos los términos novedosos que puedan esquivar determinado lenguaje. Hay palabras que hieren como púas porque hay pasados que pesan mucho y son dolorosos. Pero la decisión que han adoptado tras su debate interno demuestra que el pragmatismo está ganando en un mundo hermético durante años. En algún momento alguien reflexionará en voz alta sobre los estragos morales de tanta atrocidad. El gesto del alcalde de Errenteria, de EH Bildu, pidiendo perdón a tres víctimas de ETA de este municipio «por no haber estado a la altura de las circunstancias» es un paso importante en esa dirección cargado de un potente simbolismo.

El posibilismo que implica este proceso -una especie de '¡rompan filas!'- responde, en última instancia, a la aceptación tardía del más elemental principio de realidad que durante demasiado tiempo se negaron a asumir. El final de la violencia fue como la caída del muro y todo un sistema de ortodoxia e intransigencia se ha venido desplomando después aunque falta, todavía, el último movimiento, la palabra tabú: la disolución. En todo caso, lo que se está haciendo ahora es lo que en su momento hicieron otros. Una revisión crítica del pasado y un reconocimiento del daño causado. A algunos se les tildó en su día de 'traidores' por parte de quienes hoy se han embarcado en su misma apuesta, claro, con décadas de retraso. Con estos antecedentes, parece sensato que el lehendakari Urkullu pida al presidente Rajoy que acometa un giro en la política penitenciaria que incluya el acercamiento de presos. En el País Vasco existe una mayoría clara en esa dirección, que defiende también la aplicación de libertades condicionales para los reclusos gravemente enfermos. Cualquier gobernante inteligente sabe que combatir los rescoldos pasa por atacar también las raíces del odio para que no se reproduzcan.

Es probable que el PP se resista a revisar su estrategia y que emplee las excusas de que un sector de las asociaciones de víctimas puede poner el grito en el cielo y que no quiere indisponer a la derecha dura, que se excita con facilidad y que puede inflamar una campaña a la contra. Los populares esgrimen la polémica que generó la excarcelación de Uribetxeberria Bolinaga como un argumento en contra de cualquier cambio. Además, la tentación de quietismo del PP es uno de los riesgos de la psicología de Rajoy. Aguantar y esperar a que los problemas se resuelvan solos. Pero también es posible que, en lugar de desaparecer, comiencen a pudrirse. La radicalización catalana, taponando las espitas de salida de la olla a presión que es el soberanismo, es sintomática de que esperar a que escampe no siempre da buenos resultados. En el País Vasco ignorar ese principio de realidad es pan para hoy y hambre para mañana. Muchos que se sublevaron contra la barbarie terrorista hace 20 años son los primeros en pedir que no se cometa un error tan imperdonable.

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