Buenismo e islamofobia

JESÚS PRIETO MENDAZADoctor en la Universidad de Deusto

En el actual contexto, sobrecogido por el último zarpazo del terrorismo islamista en Cataluña y atónito por la imagen dada el sábado en la manifestación de Barcelona, se impone reivindicar un nuevo concepto que ha de encontrar en la ciudadanía crítica y democrática su base fundamental. Cuando hablo de democracia no me refiero a un constructo abstracto sino a aquellos hechos sociales o instituciones gracias a los cuales la convivencia democrática puede ser disfrutada en la práctica todos los días: gobierno, política, educación, justicia, religiosidad, laicidad, sanidad, economía, policía, medios de comunicación, ejército, etc.

Sin caer en el reduccionismo, el terrorismo yihadista está generando en Europa tres corrientes de opinión diferenciadas. Por un lado, una creciente corriente islamófoba, azuzada por un nacionalismo exacerbado que aprovecha con evidente éxito la situación de debilidad de la UE y de su identidad. Ya no son sólo las manifestaciones xenófobas de partidos filonazis o ultraderechistas, sino que las redes sociales se han convertido en un vehículo eficaz para una injusta equiparación: todos los musulmanes son islamistas, no se integran, son absolutamente incompatibles con nuestra cultura occidental. Al respecto, el experto de la Universidad de Lieja Marco Martiniello (Ikuspegi 2007) nos dice que «sería demasiado simplista dividir la sociedad europea en dos grupos: el cosmopolita o el nacionalista-racista. No obstante, el acceso a una educación sesgada, la dislocación social, la marginalidad económica, combinadas con el colapso de ideologías predominantes (como el declive del comunismo), explican, hasta cierto punto, el surgimiento de identidades étnico-nacionales restrictivas en ciertos sectores». El terrorismo yihadista transnacional busca precisamente este tipo de respuesta.

La segunda corriente de opinión sería la que he definido como ‘buenista’. Los asesinatos en las Ramblas o Cambrils son debidos a la injusta situación de explotación y marginalidad en la que viven numerosos jóvenes magrebíes; o bien a la geopolítica de EE UU, la UE o España; o quizás a los oscuros intereses del sionismo; o al capitalismo y neoliberalismo occidental; o a la foto de las Azores unida la dictatorial actitud de Rajoy contra el ‘procés’; etc. Observo, con estupor, en este grupo a movimientos de izquierda y asociaciones que comparan la radical crueldad del imán de Ripoll con la del sacerdote de mi parroquia y, cuestionando la ‘ejecución’ de los terroristas por parte de los Mossos, exigen que no se limiten en nombre de la seguridad movimientos en aeropuertos y estaciones, que la policía no vigile mezquitas, que no se coloquen bloques de hormigón de forma preventiva en ferias, que no se controlen fronteras, que se derriben todas las vallas y que se implementen políticas de ‘amor’ frente al odio de los terroristas, tan víctimas ellos (victimarios) como quienes pagaron con su vida (víctimas). Pienso en el júbilo indisimulado con el que cualquier integrante de una de estas células debe acoger estos discursos en el seno de la sociedad recientemente atacada. De nuevo Martiniello nos invita a evitar la demagogia al afirmar que Europa no puede renunciar a la humanidad para con migrantes y refugiados, pero que esos movimientos deben ser regulados de forma inteligente por los estados.

La tercera corriente, lamentablemente no la más mediática ni mayoritaria, es la que bebe de datos y experiencias contrastadas, documentadas y reflexionadas desde la investigación social. Existe en nuestro entorno, español, europeo y norteafricano, una amplia representación de expertos en terrorismo islámico, tanto del mundo universitario e investigador como del de seguridad, que deben ser escuchados por las instituciones para, alejados de cualquier forma de visceralidad, combatir la amenaza terrorista con políticas eficaces tanto en el campo policial como en el social. Y esta vía no renuncia ni a la humanidad (es decir al trato humanitario y al respeto escrupuloso a las políticas de asilo a refugiados desde la irrenunciable perspectiva de los derechos humanos) ni a la necesaria defensa de nuestra sociedad frente a la ofensiva asesina. Voy a ser radical al afirmar que ni nuestros gobernantes ni nosotros como sociedad debemos otorgar el mismo crédito a las explicaciones de un erudito como Fernando Reinares, del Instituto Elcano, que a las vertidas en Facebook o Twiter por cualquier activista de una ONG que, con una más que discutible buena fe, se opone a la expulsión de un combatiente de ISIS en Siria bajo la acusación de «práctica racista» y ofrece como solución a la amenaza terrorista eliminar todos los ejércitos, suprimir policías represivas, votar en un referéndum secesionista u ofrecer la Mezquita de Córdoba al islam. Se impone la inteligencia, nos va mucho en ello, y ni la islamofobia ni una visión edulcorada de la amenaza salafista podrán ayudarnos a conseguir ese espacio común de convivencia deseable.

En uno de los informes ‘Eurydice’ se recuerda que desde el tratado de Ámsterdam (1-5-1999) la integración de la población inmigrante es una de las responsabilidades de la UE y los sistemas educativos de la misma la mejor herramienta para lograrlo. Han pasado casi dos décadas desde entonces y es evidente que los éxitos conseguidos no deben ocultar lo mucho que queda por hacer. La aparente facilidad con la que algunos jóvenes musulmanes han hecho saltar por los aires ese concepto de integración representado por el paradigma de la ‘sociedad intercultural’, no debe animarnos sino a reflexionar sobre el mismo, no para denostarlo, sino para corregirlo, enmendarlo, mejorarlo y protegerlo. Esa debe ser la vía elegida, desde la unidad, pues caer en la islamofobia o en el ‘buenismo’ no hará sino retrotraernos a periodos anteriores de sufrimiento y oscuridad.

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