La Boétie

El nuevo absolutismo ya no necesita sofocar ninguna rebelión. Nos ha convencido de que vivimos en el mejor de los mundos posibles

ÁLVARO BERMEJO

Una de las grandes alternativas al dolce far niente veraniego pasa por visitar los esplendorosos centros de ocio cultural que jalonan la cornisa cantábrica desde San Sebastián a Santiago de Compostela. La 'ruta jacobea' del turismo ilustrado tiene paradas obligadas en el Guggenheim de Bilbao, en el Centro Botín en Santander, en el Niemayer de Avilés y así sucesivamente. Nada que ver con su paralelo mediterráneo donde, si bien no faltan rutas Dalí-Gaudí, impera el modelo Port Aventura. Sumemos el hervor de fiestas patronales, quincenas musicales, verbenas populares, semanas grandes y, cómo no, los oportunos trofeos veraniegos para que la fiesta no decaiga.

En uno de sus últimos ensayos Murray Rothbard se preguntaba si el nuevo axioma de nuestro tiempo -Divertirse hasta morir-, no sería una versión posmoderna del panem et circenses, y recomendaba una lectura urgente de 'La Boétie'. Confieso que del pensador bordelés no sabía gran cosa. Apenas que su gran amigo, Montaigne, sólo consiguió publicar su 'Discurso sobre la servidumbre voluntaria' veinticinco años después de su muerte. Ahora sé por qué. Apenas comencé a leerlo descubrí, no ya a un gran autor del XVII, sino al más lúcido de nuestros contemporáneos.

¿Manipulación de las masas, teorías conspiranoicas, el Gran Ubú mutado en el Gran Hermano? Nada de eso. La Boétie disecciona en su ensayo la mente del homo ludens, feliz de conquistar su servidumbre a cambio de su libertad. Un siglo antes que Rousseau, el bordelés prefigura el verdadero contrato social de nuestro tiempo. Se cimenta en la tiranía del ocio non stop, en la idiotización complaciente de las masas, en un concepto de cultura vuelto espectáculo y pirotecnia narcótica. «Estos eran los medios empleados por los tiranos de la Antigüedad para adormecer a sus súbditos sin necesidad de desenvainar sus espadas», escribe La Boétie. Y a renglón seguido añade lo verdaderamente novedoso, entonces como hoy: «El pueblo no es un gentil inocente ni una víctima, sino cómplice de aquellos que le conducen felizmente al establo o al matadero».

El nuevo absolutismo ya no necesita sofocar ninguna rebelión. Se ha adelantado a cualquier posibilidad insurreccional convenciéndonos de que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Y lo más divertido de todo: el ciudadano-masa, esa suma de soledades sin ilusión -Guy Debord-, participa encantado de su propia alienación. Con una salvedad que nos hace aún más ridículos: ni en la Roma de Calígula se pagaban tantos impuestos.

Fotos

Vídeos