Biografías urbanas

SANTIAGO AIZARNA

Aunque conservaren su identidad y hasta su mismidad o su intimidad, será nuestra percepción tan personal la que multiplicará esos lugares de los que se habla por fabuloso número o legión. De ahí que se venga a hablar de ciudades de enjundias tan especiales como me han venido como a asaltar estos últimos días (en señalamiento difuso como para nueva recordación) de esta ciudad de San Sebastián (que no añadiré 'de mis pecados' porque en ella tengo la sensación de no haber pecado tanto como hubiera querido como con todo lugar y toda ciudad, como toda persona piensa, creo).

Digamos que hasta fundacionalmente como en el caso de la América de Walt Whitman y sobre la ciudad de Nueva York de su protagonista novelesco Jack Engle; digamos de esas 'ciudades literarias', tan gratamente sorpresivas que se nos asoman por reportajes de revista ('Mujer Hoy': El Nueva York de Susan Sontag, El Londres de Virginia Wolf), ciudades que se han masculinizado al verterse o convertirse en lugares) y que nunca se cesaría en cogerlos o recogerlos en números sólo superables por gotas marinas o planetarios de estrellas; podríamos añadir miles o millones como el París de 'la generación perdida', 'El Praga' de Kafka o de Jan Neruda, etc, etc, etc; digamos esas (éstas) otras referencias de más cercana proyección como 'el San Sebastián de los años 60-70' procedentes de dos libros que me ha sido posible leer ahora mismo: el 'Tan lejos de Ushuaia', de Jorge González Aranguren (reparo así y pidiendo perdón, no por mi culpa, grandísima culpa golpeando mi pecho por la amputación en estas páginas de su segundo apellido el más blasonado sin duda de los dos que él usa, como los occidentales acostumbramos a estampar para acreditarnos, en el comentario que hacía de ése su libro en estas páginas y que lo coloco en el llano desierto del yerro o desliz que dan en jugar diablillos siempre insomnes y tan juguetones a gogó); y el otro libro (que hasta 'de gualdrapas' diría) que se me ha hecho llegar procedente de las manos y diría que hasta del corazón de una dama que ha tenido que ver mucho con esa edición haciéndome recordar a aquel amigo cojitranco llamado Amable Arias que, todos los días atravesaba las calles más importantes de esta su ciudad de acogida y de vida, con sus ágiles muletas y que, dan, dan, muleteaba y muletea ahora en mi memoria con este libro que tanto de él y de sus inconmensurables trabajos habla, y que se titula 'El teorema de la Anamnesis. La barrera contemplativa' (Eolas ediciones).

Vienen a decir estas letras aquí escritas y como «de propulsión a chorro a la memoria se me sirven), que ninguna ciudad es la misma, ningún lugar el mismo a las distintas miradas» (que no sé si encaja aquí y cómo pero me da por recitar, sin remedio y hasta sin desdoro, aquel decir poético de Machado, don Antonio, de «el ojo que tú ves no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve», que es así como restablecemos el equilibrio de un amasar de dos identidades configurándose en miles o millones según los ojos que lo contemplan.

Porque no difícil sino imposible sería que solamente dos de las mil visiones que una sola ciudad ofrece, se conjugaran. Las citas, si para algo sirven, es para que muerdan como gozques hambrientos, y nada más que con hacer resucitar cualquier entorno ciudadano, la memoria (ésta que siempre está expuesta al tiro criminal del impío asesino Alzheimer), me arroja, como hueso a roer, aquel comienzo de escritura tan personal del más personalista de los escritores que en España escribieron, un tal llamado Gabriel Miró, que tomó la pluma y empezó escribiendo que «camino de su heredad de alquiler, se le aparece a Sigüenza el recuerdo de una rinconada de Madrid» y que «las ciudades grandes, ruidosas y duras, todavía tienen alguna parcela con quietud suya, con tiempo suyo acostado bajo unas tapias de jardines» y que «asoma el fragmento de un árbol inmóvil participando de la arquitectura de una casona viejecita», que «Por allí se internaba muchas veces Sigüenza», que «La rinconada le dio su goce a costa del cansancio de la ciudad» y terminaba el párrafo diciendo que «allí se escaparía cuando quisiera, llenándose el corazón y los ojos de todo aquello, como si se llenara, de prisa, los bolsillos».

Despojo la visión igualitaria por la dispersa y multifacética. Ni el San Sebastián de Jorge González Aranguren y de Amable Arias coinciden, siendo la misma ciudad y vivida en un mismo tiempo, que también los tiempos como las ciudades, siendo como sean, coinciden, pero más que no.

Para mejor saberlo, bastara que cayera en nuestras manos algunas de esas revistas que algunas localidades en fiestas dan en publicar, la última de ellas ésta de 'Oarso 2017 Errenteria' (por sus Magdalenas) que se me hace llegar, con más de sesenta colaboraciones (que son más de sesenta maneras de ver un lugar desde su quicio) y desde donde se me proyectan hasta sombras de amigos desaparecidos este mismo año como Antxon Obeso y Adolfo Leibar, de trato tan entrañable.

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