Hacer el bien

Hacer el bien

JOSÉ IGNACIO CALLEJA PROFESOR DE MORAL SOCIAL CRISTIANA

La verdad que si leyera mil y un artículos de juristas y expertos sociales, ya no escribiría del mismo modo. Más aún, la lectura de casi todo sobre algo termina en la parálisis del pensamiento. Porque esto es lo primero: cuando el conflicto estalla hasta ser insostenible, la primera víctima es la verdad. ¿A quién la importa la verdad a estas alturas?

Pues sí, a mucha gente nos importa la verdad a estas alturas. Gente ni mejor ni peor que otra, pero con mucho respeto por la verdad posible, la verdad con historia diaria a sus espaldas, la verdad que me puede convenir o no en su resultado, pero que acepto, caiga quien caiga. Este terreno de la verdad es muy resbaladizo y pegajoso; premoderno, dicen muchos, pero, ¡ay!, cuánto habríamos ganado si la verdad de la democracia la viéramos en reglas equitativas y compartidas, personas democráticas en su hacer y valores éticos universales en la conciencia.

Casi todos pensamos en qué barbaridades han cometido los otros para llegar hasta aquí. Ni en Catalunya ni en España se admite ya el «distingo, valoro y concreto». Lo llaman equidistancia a este lado del Ebro y franquismo disfrazado según te acercas a Barcelona. Equidistancia, franquismo, fascismo, totalitarismo y el resto de los conceptos armados, son eso, violencia moral y una pereza intelectual que ofende. Habiendo una razón histórica, una ley, una bandera y una manifestación mayoritaria a mi favor, ¿qué más necesito para tener razón?

A estas alturas es imposible cambiar la opinión de nadie sobre lo que está pasando, pero el déficit democrático que arrastramos es desmedido. Los especialistas de la cosa entre nosotros dijeron que un procedimiento democrático compartido era suficiente y propio para resolver los conflictos de un país. No vieron a tiempo que cuando se trata de conflictos de identidad es necesario algo más que un buen procedimiento legal. Y es que, si no eres mío y como yo, ¿por qué habré de respetarte como un ciudadano igual a mí? Porque lo dice la ley. Y entonces arrasa este argumento: la identidad es prepolítica, la democracia de la ley viene después. Si no hay identidad, todo lo demás se desvanece; las constituciones son un artificio formal. Mentira, pero se piensa así.

Vinieron después otros especialistas de la cosa y con sensatez dijeron que la democracia necesita de valores sustantivos que la definan. Antes que la identidad, en la identidad y después de la identidad, están las personas, iguales y dignas siempre, nunca instrumentos o cosas, incondicionalmente respetables en sus vidas y libertades, y responsables unas con otras en cualquier lugar del mundo que se encuentren. Son valores que exigen de la democracia un procedimiento con un fin sustantivo que lo sostiene, valores por los que me obligo a respetar ese camino y a toda la gente que lo recorre. Sin valores sustantivos, por más que discrepemos en su fundamento religioso o laico último, el procedimiento democrático como ley común está amenazado irremediablemente de dudas. ¿Por qué lo respetarán quienes no se vean reconocidos en esa ley como sujetos absolutos según su identidad nacional? ¿Por qué lo harán? Por miedo, debilidad, conveniencia o costumbre. Si fallan éstos, todo se hunde en su interior.

Y vienen por fin otros especialistas de la cosa, no muchos, y con pinta profesores a la vieja usanza dicen que la democracia son personas con conciencia ética democrática. Sí señores, conciencia ética democrática, ciudadanos que respetan a los otros en su identidad y en el fundamento de sus valores, pero que se comprometen con la calidad democrática en sus posiciones públicas. No hablo de santos, ni de perfectos, ni de héroes, sino de ciudadanos normales que valoran lo elemental: no se puede gobernar con una trayectoria de corrupción a la que sólo le falta un juez menos dócil que lo pruebe; no se puede masacrar al país con una crisis bancaria que no tiene prácticamente responsables que abonen su deuda; no se pueden dar lecciones de democracia entre nacionalismos de la misma madre ideal; la judicatura en sus más altas instancias dicen que es la correa de transmisión de los partidos; dicen que en la prensa sucede otro tanto; y en el ministerio del Interior y del ejército, la posiciones globales sobre la democracia son muy frágiles; no se puede gobernar y planificar el acceso al poder y el futuro con las encuestas de opinión por cabecera; no se puede dejar de la lado la prioridad de los clases sociales más débiles y desprotegidas al elegir gastos y cuidar el empleo; no se puede gobernar una autonomía e ir falseando el proceso democrático interno de mayorías y minorías claras y libres, para mí, el mayor fallo del Gobierno de Catalunya; no se puede uno escudar en la emergencia de los ataques del adversario para colarlo todo en la ley, sin ley, pactando, vendiendo, comprando, manipulando, que es lo que yo creo que viene haciendo el gobierno español.

En fin, si todavía alguien puede mediar, que lo haga. Mi aportación no es echarme a un lado. Es comprometerme en respetar los procedimientos democráticos compartidos, exigiendo que sean equitativos; es comprometerme con unos valores sustantivos de la vida en común que llamamos derechos humanos de todos, míos o suyos; y es comprometerme con una acción personal democrática: no quiero nada logrado con la fuerza ni trampeando para ser mayoría donde no lo soy; quiero juego limpio y si es posible, solidario, en cualquier pueblo y nación de España. Tiene que haber mucha gente así, seguro.

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