La banalidad de la estupidez

La única esperanza está en la inteligencia, en el conocimiento y en el aprendizaje... Necesitamos escuchar a los mejores y darles protagonismo

JOSÉ LUIS LARREAEconomista y doctor en Competitividad Empresarial y Territorial, Innovación y Sostenibilidad

Estamos viviendo tiempos de cambio y transformación en los que sentimos la necesidad de revisar los paradigmas -los modelos- con los que observamos la realidad, con los que la interpretamos y la construimos a través de lenguajes y formas de expresar lo que pensamos y sentimos. No resulta aventurado decir que los paradigmas que nos han traído hasta aquí resultan insuficientes para explicar el presente y proyectar el futuro. En este contexto, nos encontramos con crecientes dosis de ignorancia, necedad y estupidez.

La ignorancia, el desconocimiento de las cosas, forma parte de la batalla por el conocimiento. En realidad, cuanto más conscientes somos de lo que sabemos, más lo somos de lo que no sabemos. Indefectiblemente, al avanzar el conocimiento se amplia el campo de nuestra ignorancia. Desde esta perspectiva convivir con la ignorancia, como parte de un proceso permanente de aprendizaje, es algo inevitable. Lo fundamental para afrontar este desafío es la humildad y el sentido común; nada más lejos de esa ignorancia atrevida que se manifiesta sin decoro.

La ignorancia es respetable si ella misma respeta al conocimiento. El problema, como denuncia el escritor Javier Marías, es cuando la ignorancia es deliberada y se transforma en necedad, una expresión de la ignorancia de lo que se podía o debía saber. Como se podrá deducir, el gran ausente, en este caso, es el aprendizaje. El ignorante transformado en necio peca de hablar cuando debe callar, y es profundamente atrevido en un contexto como el actual, en el que las preguntas son tantas y tan profundas que los inteligentes se resisten a manifestarse. Decía Bertrand Russell (1872-1970) que «el mundo está lleno de ignorantes completamente seguros de todo, e inteligentes llenos de dudas». Esto produce el efecto devastador de generar un ambiente de mediocridad que se impone a la excelencia y se transforma en estupidez.

La estupidez se identifica con la falta de inteligencia y la necedad, pero adquiere tintes especiales cuando se proyecta en el plano de las relaciones sociales. Es una lacra que nos ha acompañado a lo largo de la historia, y que de la mano de la superficialidad y la ambición toma un especial protagonismo.

Carlo M. Cipolla (1922-2000) en su conocido ensayo sobre 'Las leyes fundamentales de la estupidez humana' alerta sobre el peligro de los estúpidos, porque «frente a un individuo estúpido, uno está completamente desarmado… «Para él una persona estúpida sería la que causa un daño a otra persona o grupos de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio. Son peligrosísimos, porque además no son conscientes de que lo son. Y eso es preocupante, pues, como dice Cipolla, «esencialmente, los estúpidos son peligrosos y funestos porque a las personas razonables les resulta difícil imaginar y entender un comportamiento estúpido… Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida y el trabajo, hacerte perder dinero, tiempo, buen humor, apetito, productividad, y todo esto sin malicia, sin remordimientos y sin razón. Estúpidamente». Algo así como la banalidad de la estupidez.

Lamentablemente en los últimos tiempos estamos rodeados de comportamientos estúpidos. Dos ejemplos: Trump y la crisis política en Cataluña. En ambos casos parece que nos encontremos ante escenarios distópicos alejados de la realidad. El problema es que la estupidez genera seguidores y aleja a las personas competentes. Paul Krugman advierte «que las personas competentes no quieren trabajar para Trump y, de todas formas, él y su círculo próximo tampoco las quieren». En el caso de Cataluña, la lucidez necesaria para resolver la crisis permanece oculta, desaparecida, ante la fuerza imparable de comportamientos estúpidos. Realmente preocupante. El sentido común debería ser un buen antídoto contra la estupidez pero brilla por su ausencia. Será por lo que ya apuntaba René Descartes (1596-1650) cuando decía que «el sentido común es la cosa mejor repartida del mundo, pues todos creen tener tanto de él, que hasta los más difíciles de contentar en otras materias, no quieren más del que tienen».

La única esperanza está en la inteligencia, el conocimiento y el aprendizaje. El conocimiento provoca conciencia de la ignorancia y respeto por el aprendizaje. Y el protagonismo de esta esperanza la tienen las personas inteligentes. Una de estas personas nos acaba de abandonar. Se trata de Jorge Wagensberg, físico y pensador. Tuve el honor de tratarle y aprender de él. Su legado es rico, sugerente y apasionante, y sus aforismos son un verdadero regalo, que encierran un profundo destilado de inteligencia, llenos de agudeza y sentido del humor. Finalmente, sucumbió a 'la enfermedad de la vida'. En uno de sus geniales aforismos, definió la vida como «esa enfermedad mortal de transmisión sexual»… Sugerente, con humor, un toque de picante y, sobre todo, lleno de sentido.

Necesitamos escuchar a los mejores y darles protagonismo. Necesitamos más cipollas y wagensbergs, que nos hagan pensar y nos ayuden a afrontar el pesado presente con una sonrisa. Un poco de buen humor no estaría nada mal.

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