Lo banal

F. L. CHIVITE

Cada vez estoy menos convencido de que los años te hagan más lúcido pero una cosa sí sé: tienes que satisfacer tu propia chifladura, es decir, tienes que alimentar y dar aire a lo que de verdad te apasiona. Por tres motivos: primero, porque probablemente sea lo mejor que tienes. Segundo, porque nadie va a hacerlo por ti. Y tercero, es más tarde de lo que crees. Saber esto es importante porque tiene mucho que ver con la felicidad. No hay que ser fuerte siempre. Eso es un mito estúpido. Y esforzarse en aparentar virtudes y capacidades que no se poseen es otro de esos errores absurdos que abundan hoy en día. Yo por estas fechas empiezo a necesitar instalarme en la debilidad, en la lentitud, en la contemplación. Siempre me pasa lo mismo a principios de julio: esta especie de laxitud ligeramente escéptica mezclada con una pizca de nostalgia y unas gotas de mala intención. Necesito dejar atrás el trabajo, cambiar cosas de sitio, leer libros raros. Dice Karl Von den Steinen: «Cuando los bakairi están descontentos con su jefe abandonan la aldea y le dicen que siga gobernando solo». Pero hoy no quiero hablar de los aburridos políticos. Uno necesita empezar a respirar de otra manera. Sacudirse toda esa ansiedad ambiental, ¿para qué tanto agobio, para qué tanta prisa? La precipitación es fría y al final lo desune todo. Mientras aún eres joven piensas que con la edad madura llegará la verdadera sabiduría. Pero no es así. El que siempre ha sido imbécil, de viejo lo será aún más. Lo que llega con los años, en todo caso, es una especie de cordial indiferencia a la hora de aceptar la turbiedad y la aspereza de la vida, la mezcla de sustancias impuras, los motivos ocultos e inconfesables. Me dicen que todos los actos humanos tienen un sentido económico y que actuamos siempre buscando un interés. Pero tampoco lo creo. Quizá el calor alienta el egoísmo y la pasividad, no lo sé. Pero, por otro lado, une y serena. Tiene algo que sienta bien. «Hoy en día Europa se asemeja a un teatro en cuyo escenario se exhiben cotidianamente sobre todo acreedores y deudores», dice Nuccio Ordine en el prólogo de su maravilloso manifiesto 'La utilidad de lo inútil'. Pero la economía, el interés, el beneficio no lo son todo. También hay que prestar atención a los llamados asuntos secundarios. Los aparentemente menos importantes. Los vulgares. La mayor parte de las veces son los únicos que nos causan verdadera alegría. O verdadero dolor. No olvidar comprar aceitunas, por ejemplo. Aliñadas o machacadas, las que sean. Darse una vuelta por el mercado, distraídamente. Con el teléfono apagado. ¿Realmente se puede ser feliz en esta vida sin aceitunas y esas cosas?

Cada vez estoy más convencido de la utilidad de lo superfluo, de la importancia de lo secundario y de la trascendencia de lo banal.

Fotos

Vídeos