BALFOUR, CIEN AÑOS DESPUÉS

CARLOS LARRÍNAGASAN SEBASTIÁN Historiador

El 2 de noviembre de 1917 se hizo pública una manifestación del Gobierno británico, publicada en la prensa a los siete días, en la que se anunciaba su apoyo al establecimiento de un ‘hogar judío’ en Palestina, entonces un territorio que pertenecía al Imperio Otomano. Corría la Primera Guerra Mundial y los Estados Unidos habían decidido intervenir del lado de los aliados (Francia, Reino Unido y Rusia), que hasta la fecha habían llevado el peso de la conflagración contra la coalición formada por Alemania, Austria y la Sublime Puerta. La declaración que hizo famoso al ministro de Asuntos Exteriores de la época, Arthur James Balfour, se incorporó en una carta dirigida al barón Rothschild, multimillonario y líder judío inglés, para su transmisión a la Federación Sionista de Gran Bretaña e Irlanda. No obstante, hay que recordar que el favor de Londres a la posible llegada de judíos a Palestina databa de mediados del siglo XIX, si bien se intensificó a principios del XX y máxime en el transcurso de la Gran Guerra. La idea era contar con el sostén de los judíos del mundo entero (comprendidos los de los imperios centrales y también los estadounidenses, por ejemplo) en semejante contexto bélico.

Con todo, el memorándum contenía un aspecto que tenemos que considerar fundamental, pues se insistía en que no se haría nada que pudiese perjudicar «los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina». Es decir, que había una referencia implícita a los árabes, mayoritariamente musulmanes, aunque también los había cristianos. En este sentido, no debemos olvidar que en 1908 los judíos en la región constituían alrededor del 10% de la población. Incluso, al hablar de Palestina, tampoco estaban claros los límites a los que se referían. Sencillamente porque, bajo la soberanía de Constantinopla, no había constituido una entidad administrativa propia. La realidad era que tanto Londres como París aspiraban a extender su influencia en ese área en caso de ganar la contienda, de suerte que la idea era la desmembración del Imperio turco. A este respecto, el acuerdo secreto entre Mark Sykes y François Georges-Picot del l6 de mayo de 1916 implicaba el reparto entre Reino Unido y Francia de las posesiones otomanas del Próximo Oriente, reservando una gran porción de Palestina para el primero.

Sin embargo, antes de que se concretase la proposición de Balfour y al tiempo que se negociaba con los sionistas, el Alto Comisionado Británico en Egipto, sir Henry MacMahon, se carteaba a finales de 1915 con el jerife o regente de la Meca, Husein ibn Alí, dando lugar a un compromiso mediante el cual Londres apostaba por secundar una rebelión árabe frente a los otomanos a cambio de reconocer la independencia del Hiyaz, al noroeste de la península arábiga. Es decir, se estaba prometiendo el reconocimiento de una nación árabe, quedando fuera, eso sí, la mayor parte de la Siria actual. Los árabes se sublevaron, en efecto, y lucharon del lado de los británicos, siendo proclamado el nuevo estado en 1916. Pero un estado lejos de ser un país panárabe como hubiese deseado el mencionado Husein ibn Alí. En verdad, franceses y británicos tenían otros planes para Oriente Próximo tras la Primera Guerra Mundial, cual era su repartición tras el convenio Sykes-Picot, lo que supuso, evidentemente, una traición a la causa árabe. Aderezada con la proclamación de Balfour.

En efecto, tras el conflicto bélico, Gran Bretaña ejerció su mandato sobre Palestina, Transjordania e Irak y Francia sobre Líbano y Siria. De suerte que, bajo la tutela británica, las llegadas de judíos a suelo palestino fueron en aumento, por lo que no tardarían en manifestarse las primeras protestas de los árabes, que poco a poco empezaron a sentirse amenazados. Las revueltas de Jerusalén en 1920, Yafo en 1921 o el pogromo de 1929 hacia los judíos de Hebrón fueron muy significativos y pusieron de manifiesto una situación insostenible entre ambos grupos. Por supuesto, el panorama empeoró sensiblemente con la llegada de Hitler al poder en 1933 y la huida de muchos judíos de Alemania y del centro de Europa hacia Tierra Santa. Fenómeno que continuó a lo largo de esa década y, en especial, tras la Segunda Guerra Mundial. El objetivo, patente ya desde los años veinte, era la construcción de un Estado judío, en detrimento de los intereses de los habitantes árabes de la zona, que pronto vieron con malos ojos tal posibilidad. Hasta el punto que la ONU decidió en 1947 la partición de Palestina en dos entidades, algo que no fue aceptado por los árabes, declarándose al año siguiente el Estado de Israel, saltándose la posibilidad de una solución consensuada. A partir de ese momento se abría una nueva etapa en Próximo Oriente marcada por una confrontación abierta entre árabes y judíos, por un proceso de colonización que perdura hasta hoy en día y con unas progresivas políticas de apartheid que cada vez nos recuerdan más a la Sudáfrica de los peores tiempos del racismo. Y es precisamente aquí donde nos hallamos al presente, por mor de una aplicación poco meditada de una exposición hecha en un contexto determinado (durante la Primera Guerra Mundial) y con una gestión del problema nefasta de los poderes británicos, que no supieron dar respuesta adecuada y justa a unos intereses tan discordantes.

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