Bajo el signo de la Cruz

Nuestra Diócesis se dispone hoy, Miércoles de Ceniza, a iniciar la Cuaresma... El mensaje de la cruz navega contra corriente, pero lo que está en juego es el mismo concepto de Dios

OSÉ IGNACIO MUNILLAObispo de san sebastián

Hoy, Miércoles de Ceniza, nuestra Diócesis se dispone a iniciar la Cuaresma bajo el signo de la Cruz. Por una parte, llega a nuestra catedral del Buen Pastor la imagen del Santo Cristo de la Agonía, esculpida en 1622 por Juan de Mesa. Se trata de una de las mejores tallas de la imaginería barroca española que se venera en la parroquia de San Pedro de Bergara, y que, después de un tiempo de restauración y exposición en Sevilla, retorna a casa. El próximo domingo, día 18, la imagen será acogida en Bergara. Hasta entonces, del 14 al 16, celebraremos un triduo en honor al Santo Cristo de la Agonía en nuestra catedral de San Sebastián.

Por otra parte, a partir del 4 de marzo, llegará a nuestra Diócesis la emblemática Cruz de Lampedusa, ante la que el Santo Padre hizo uno de los primeros gestos de su Pontificado, mostrando su solidaridad con todos los inmigrantes que arriesgan sus vidas en el Mediterráneo. Esta cruz tan significativa para la vida de la Iglesia y del mundo recorrerá durante toda la Cuaresma numerosos colegios, parroquias, servicios de Cáritas, etc.; presidirá concentraciones y encuentros; nos acompañará en la tradicional subida a Aránzazu, y la despediremos en la celebración del Domingo de Ramos en la Catedral.

¿Cuáles son las similitudes y diferencias entre ambas cruces? La segunda, la Cruz de Lampedusa, en su materialidad, es una cruz sin Cristo. Y la primera, el Cristo de la Agonía de Juan de Mesa, es ante todo y sobre todo, una imagen del Crucificado, a punto de entregar su vida por la redención del mundo.

En el Catecismo aprendimos que la cruz es la «señal» del cristiano. Dicho de otro modo, la cruz es un «signo», cuyo significado estamos llamados a descubrir y Dios quiere revelarnos. Es un signo formado por dos «palos», uno horizontal y otro vertical. La Cruz de Lampedusa simboliza de forma especial la dimensión horizontal de la cruz: la solidaridad con el sufrimiento del mundo. Por su parte, el Cristo de la Agonía de Bergara subraya la dimensión vertical de la cruz, su sentido trascendente: Jesucristo ofrece su vida al Padre por la redención del mundo.

Josemari Alemán Amundarain

La Cruz de Lampedusa nació de la sensibilidad del papa Francisco hacia el drama de la inmigración en el Mediterráneo, siendo construida con dos travesaños de un cayuco naufragado. Decía San Juan Pablo II que existen cuatro actitudes posibles ante el mundo: el conformismo, la oposición, la no participación y la solidaridad. Solo la última es digna del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios; solo la solidaridad es capaz de superar la ley de la selva a la que nos aboca la búsqueda egocéntrica del bienestar. Ocurre, sin embargo, que la solidaridad es mucho más que un concepto atractivo y políticamente correcto. La solidaridad es muy comprometedora. Nos implica y nos complica (aunque finalmente nos simplifica). Decía el papa Francisco que la solidaridad sigue tres pasos: «hacerse cargo», «cargar» y «encargarse». Es posible que un planteamiento tan frontal pueda darnos miedo. Tal vez tendríamos que reconocer que nos ronda el temor de que la solidaridad nos reste, en vez de sumar. Nada más lejos de la realidad, ya que nada es verdaderamente nuestro hasta que lo compartimos. Una alegría compartida es doble alegría; y una pena compartida, media pena.

Por su parte, el Cristo de la Agonía de Juan de Mesa, subraya la trascendencia del misterio de la cruz. Jesucristo ha realizado el milagro de transformar el sufrimiento -consecuencia del pecado- en un instrumento para la redención del mismo pecado. Nuestra miseria ha quedado clavada en la cruz, tal y como lo expresaba con gran belleza San Bernardo de Claraval: «Cuando las manos de Cristo fueron clavadas en la cruz, él clavó también allí nuestros pecados».

Vittorio Messori, un conocido periodista que entrevistó varias veces a San Juan Pablo II, decía: «No hay otra respuesta al problema del mal, que la cruz de Jesús, en la que el mismo Dios sufrió el último suplicio. Solo esta respuesta elimina el escándalo de un Dios tirano que se divierte con los sufrimientos de sus criaturas, porque propone a la vista de todos un escándalo todavía mayor». Pues bien, si la pasión de Cristo ha sido el medio para nuestra redención; entonces, estamos llamados a entender que el ofrecimiento de nuestro sufrimiento unido a la cruz de Cristo, se convierte en nuestra colaboración a esa misma redención.

Soy consciente de que el mensaje de la cruz navega contra corriente. Pero lo que está en juego es el mismo concepto de Dios. De hecho, la ‘New Age’ pretende sustituir a Dios por la felicidad. Una pretensión absurda, ya que sin causa no hay efecto, por lo que sin Dios no hay felicidad. A lo cual añado que sin cruz no hay gloria. Como ha solido repetir el papa Francisco: «Todos quieren resucitar, pero no todos quieren hacerlo por el camino de la cruz».

En resumen, la Cruz de Lampedusa y el Cristo de Juan de Mesa no son divergentes sino convergentes: se encuentran en su intersección, mientras que se abren a los cuatro vientos. Son la señal del amor redentor de Dios hacia el mundo, y, al mismo tiempo, son la llamada a nuestro compromiso de amor con los desheredados de la Tierra.

Recuerdo que en la película de Mel Gibson sobre la Pasión, hay una escena en la que Jesús besa el madero en el que va a ser crucificado, ante la perplejidad de un soldado romano que le llama necio… ¿Necedad o sabiduría? Os invito a besar con fe, durante la Cuaresma, esta ‘señal’ del cristiano; porque solo cuando lleguemos a amar la Cruz, nuestra cruz se convertirá en una cruz sin cruz.

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